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El mito de la meritocracia china

CLAREMONT (CALIFORNIA) – A veces los escándalos políticos desempeñan una función valiosa en la limpieza de gobiernos. Destruyen las carreras políticas de las personas de carácter dudoso. Más importante es que pueden echar por tierra mitos fundamentales para la legitimidad de algunos regímenes.

Así parece ser en el caso de Bo Xilai en China. Un mito político duradero que se hundió junto con Bo, el ex jefe del Partido Comunista del municipio de Chongqing, es el de que el gobierno del partido se basa en la meritocracia.

En muchos sentidos, Bo personificó el concepto chino de “meritocracia”: muy instruido, inteligente, sofisticado y encantador (principalmente para los ejecutivos occidentales), pero, después de su caída, surgió un panorama muy diferente. Aparte de su supuesta participación en diversos delitos, se dijo que Bo era un apparatchik despiadado, con un ego desmesurado, pero sin verdadero talento. Su ejecutoria como administrador local fue mediocre.

El ascenso de Bo al poder debió mucho a su linaje (su padre fue Viceprimer Ministro), a sus protectores políticos y a su manipulación de las reglas del juego. Por ejemplo, quienes visitan Chongqing se maravillan ante los altísimos rascacielos y las modernas infraestructuras construidas durante el mandato de Bo en ese municipio, pero, ¿acaso saben que la administración de Bo se endeudó por valor del 50 por ciento del PIB local para financiar un delirio de construcción y que una gran parte de dicha deuda no se llegará a pagar?

Lamentablemente, el caso de Bo no es la excepción en China, sino la regla. Al contrario de la impresión que predomina en Occidente (en particular, entre los dirigentes empresariales), el Gobierno actual de China rebosa de apparatchiks como Bo, que han obtenido sus cargos mediante el engaño, la corrupción, el clientelismo y la manipulación.

Una de las señales más evidentes del engaño sistémico es la de que muchos funcionarios chinos utilizan credenciales académicas falsas u obtenidas de forma dudosa para embellecer sus currículums. Como los logros educativos son un criterio para calibrar el mérito, los funcionarios se disputan los títulos superiores a fin de contar con una ventaja en la competencia por el poder.

Una abrumadora mayoría de dichos funcionarios acaba obteniendo doctorados (un titulo de licenciatura ya no sirve en esa carrera de armamento político) concedidos mediante programas de jornada parcial o en las escuelas de formación del Partido Comunista. De los 250 miembros de los comités permanentes de los Partidos Comunistas de las provincias, grupo selecto del que forman parte, entre otros, los jefes del partido y los gobernadores, sesenta alegaron haber obtenido títulos de doctorado.

Resulta revelador que sólo diez de ellos concluyeran sus estudios de doctorado antes de ser funcionarios gubernamentales. Los demás obtuvieron sus doctorados (la mayoría de economía, administración, derecho e ingeniería industrial) mediante programas de jornada parcial, al tiempo que desempeñaban sus funciones de atareados funcionarios gubernamentales. Uno consiguió obtener su título en tan sólo 21 meses, hazaña improbable, en vista de que en los programas de doctorado de la mayoría de los países tan sólo la asistencia a las clases, sin la tesis, suele requerir al menos dos años. Si tantos funcionarios superiores chinos  cuentan claramente con títulos académicos fraudulentos o dudosos sin consecuencias, podemos imaginar lo extendidas que deben de estar otras formas de corrupción.

Otro criterio común para juzgar el “mérito” de un funcionario chino es su capacidad para conseguir el desarrollo económico. En la superficie puede parecer un criterio objetivo. En realidad, el crecimiento del PIB es tan maleable como las credenciales académicas de los funcionarios.

La exageración de las cifras locales de crecimiento es tan endémica, que la suma de los datos de crecimiento de los PIB de las provincias es siempre superior a las del crecimiento nacional, una imposibilidad matemática, y, aun cuando no amañen las cifras, los funcionarios locales pueden trapichear con el sistema de otro modo.

Como ocupan un cargo durante un período relativamente corto antes de ser ascendidos (menos de tres años, por término medio, en el caso de los alcaldes), los funcionarios chinos están sometidos a una presión enorme para demostrar su capacidad de obtener resultados económicos rápidamente. Una forma segura de hacerlo es recurrir al apalancamiento financiero, normalmente mediante la venta de terrenos o utilizándolos como garantía para obtener grandes sumas de dinero de bancos estatales, con frecuencia deseosos de agradar, para financiar proyectos de infraestructuras en gran escala, como hizo Bo en Chongqing.

El resultado es el ascenso de esos funcionarios por haber conseguido un rápido crecimiento del PIB, pero los costos económicos y sociales son muy elevados. Las administraciones locales están cargadas de montañas de deudas e inversiones desperdiciadas, los bancos acumulan créditos de riesgo y los agricultores pìerden sus tierras.

Peor aún: como la competencia por el ascenso dentro de la burocracia ha aumentado enormemente, incluso las credenciales académicas falsas y las plusmarcas de crecimiento del PIB han llegado a ser insuficientes para el avance en la carrera. Lo que cada vez determina más las perspectivas de ascenso de un funcionario es su guanxi o contactos.

Según las encuestas hechas entre funcionarios locales, el clientelismo y no el mérito ha llegado a ser el factor más decisivo en el proceso de nombramientos. Para quienes carecen de guanxi, el único recurso es el de comprar nombramientos y ascensos mediante sobornos. En la jerga china, ese uso recibe el nombre de maiguan, literalmente “compra de un cargo”. La prensa oficial china rebosa de escándalos de corrupción de esa clase.

En vista de la degradación sistémica del mérito, pocos ciudadanos chinos creen que están gobernados por los mejores y más brillantes, pero resulta asombroso que el mito de la meritocracia siga tan vivo entre los occidentales que se han reunido con funcionarios con credenciales impresionantes como Bo. Ha llegado el momento de enterrarlo.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.