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El dilema de la intervención

CAMBRIDGE.– ¿Cuándo deben intervenir militarmente los estados para detener atrocidades en otros países? La pregunta es de larga data y ha recorrido un largo camino. De hecho, ahora está de visita por Siria.

En 1904, el presidente estadounidense Theodore Roosevelt sostuvo que «en ocasiones, algunos crímenes se cometen en escalas tan vastas y con horrores tan peculiares» que es necesaria una intervención armada. Un siglo antes, en 1821, mientras los europeos y estadounidenses debatían sobre la necesidad de intervenir en la lucha por la independencia griega, el presidente John Quincy Adams previno a sus compatriotas estadounidenses contra «ir al exterior a buscar monstruos que destruir».

Más recientemente, luego de un genocidio que costó casi 800 000 vidas en Ruanda en 1994, y la masacre de hombres y niños bosnios en Srebrenica, en 1995, muchas personas prometieron que ese tipo de atrocidades nunca debería volver a ocurrir. Cuando Slobodan Milošević comenzó una limpieza étnica de gran escala en Kosovo, en 1999, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas adoptó una resolución reconociendo la catástrofe humanitaria, pero no logró consensuar una segunda resolución para intervenir, dada la amenaza del veto ruso. En su lugar, los países de la OTAN bombardearon Serbia, en un esfuerzo que muchos observadores consideraron legítimo, pero ilegal.

Luego del hecho, el entonces secretario general de la ONU, Kofi Annan, creó una comisión internacional para recomendar formas en que la intervención humanitaria podía reconciliarse con el Artículo 2.7 del Estatuto de la ONU, que respeta la jurisdicción local de los Estados miembros. La Comisión concluyó que los Estados tienen la responsabilidad de proteger a sus ciudadanos, y que se debe ayudarlos con medios pacíficos a lograrlo, pero que si un Estado ignora esa responsabilidad y ataca a sus propios ciudadanos, la comunidad internacional podría considerar la intervención armada.

La idea de una «responsabilidad de proteger» (RDP) fue adoptada de manera unánime en la cumbre mundial de la ONU de 2005, pero los eventos subsiguientes mostraron que no todos los Estados miembros interpretaron la resolución en la misma forma. Rusia ha sostenido continuamente que solo las resoluciones del Consejo de Seguridad, no las de la Asamblea General, constituyen leyes internacionales vinculantes. Mientras tanto, Rusia ha vetado una resolución sobre Siria en el Consejo de Seguridad y, en alguna medida irónicamente, Annan ha sido nuevamente reclutado para una campaña, hasta ahora inútil, que busca detener la matanza allí.

Hasta el año pasado, muchos observadores consideraron la RDP como, en el mejor de los casos, una esperanza infundada o un noble fracaso. Pero en 2011, mientras el coronel Muammar el Gadafi se preparaba para exterminar a sus oponentes en Bengasi, el Consejo de Seguridad invocó la RDP como fundamento para una resolución que autorizaba a la OTAN el uso de fuerzas armadas en Libia. En Estados Unidos, el presidente Barack Obama tomó la precaución de esperar las resoluciones de la Liga Árabe y el Consejo de Seguridad, evitando así los costos al poder de persuasión estadounidense que sufrió la gestión de George W. Bush cuando intervino en Irak en 2003. Pero Rusia, China y otros países sintieron que la OTAN explotó la resolución para urdir un cambio de régimen, en vez de sencillamente proteger a los ciudadanos en Libia.

De hecho, la RDP está más relacionada con luchas sobre la legitimidad política y el poder de persuasión que con las leyes internacionales vinculantes. Algunos abogados occidentales sostienen que implica la responsabilidad de combatir genocidios, crímenes de lesa humanidad y de guerra según las diversas convenciones de leyes humanitarias internacionales. Pero Rusia, China y otros países se rehúsan a proporcionar una base legal o política para acciones como las que tuvieron lugar en Libia.

Existen otros motivos por los que la RDP no ha tenido éxito en el caso sirio. Derivada de la tradicional teoría de la «guerra justa», la RDP no solo descansa sobre intenciones correctas, sino sobre la existencia de una perspectiva razonable de éxito. Muchos observadores resaltan la importancia de las diferencias físicas y militares entre Libia y Siria, que tornarían problemáticas las zonas sirias de exclusión al tránsito aéreo y terrestre. Algunos sirios que se oponen al régimen del presidente Bashar al-Assad, y señalan lo ocurrido en Bagdad en 2005, sostienen que lo único peor que un dictador cruel es una guerra civil sectaria.

Esos problemas son sintomáticos de otros mayores para las intervenciones humanitarias. Para comenzar, los motivos a menudo son diversos (Roosevelt, después de todo, se refería a Cuba). Además, vivimos en un mundo de culturas diversas, y sabemos muy poco sobre la ingeniería social y cómo construir naciones. Cuando no podemos estar seguros sobre cómo mejorar el mundo, la prudencia se convierte en una virtud importante, y las visiones desmedidas pueden implicar graves peligros. La política exterior, como la medicina, debe guiarse en primera instancia por el principio que sostiene «sobre todo, no hacer daño».

La prudencia no significa que nada puede lograrse en Siria. Otros gobiernos pueden continuar buscando convencer a Rusia de que será más conveniente para sus intereses cambiar el régimen actual que permitir la continua radicalización de sus opositores. Las sanciones más duras pueden continuar deslegitimando al régimen, y puede Turquía podría ser persuadida para tomar acciones más firmes contra su vecino.

Además, la necesidad de prudencia no significa que las intervenciones humanitarias fallen siempre. En algunos casos, incluso si los motivos son diversos, las perspectivas de éxito son razonables, y la miseria de una población puede aliviarse sin costos excesivos. Las intervenciones militares en Sierra Leona, Liberia, Timor oriental y Bosnia no resolvieron todos los problemas, pero mejoraron las vidas de sus habitantes. Otras intervenciones, como la de Somalia, no.

Las intervenciones recientes de gran escala en Irak y Afganistán, si bien no fueron principalmente humanitarias, han erosionado el apoyo del público a las acciones militares. Pero debemos recordar la historia de Mark Twain sobre su gato. Luego de sentarse sobre una estufa caliente, nunca volvió a hacerlo... pero tampoco volvió a sentarse sobre estufas frías.

Las intervenciones continuarán teniendo lugar, si bien ahora es más probable que sean más cortas, impliquen fuerzas de menor escala, y dependan de tecnologías que permitan intervenir desde una distancia mayor. En una época de ciberguerra y aviones no tripulados, el fin de la RDP o la intervención humanitaria es difícil de predecir.

Traducido al español por Leopoldo Gurman