NAIROBI – En el transcurso de dos años, la idea de una “economía verde”, con sus vínculos con el desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza, ha pasado de ser una idea interesante a ser uno de los dos temas prioritarios de la próxima Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible o Río+20.
Puede que haya muchos que se pregunten si la de “economía verde” es simplemente una expresión de jerga agradable o una vía verdaderamente nueva hacia un siglo XXI sostenible, con reducidas emisiones de carbono y eficiente en materia de recursos. ¿Es fundamentalmente el abandono de los modelos de desarrollo del pasado que proclaman sus defensores o un simple caso más de traje medioambiental del emperador?
Tal vez pueda encontrarse la respuesta en algunas de las extraordinarias transiciones que se están produciendo en los sectores eléctrico y energético de todo el mundo. Por ejemplo, muchos se burlan de la idea de que la energía solar pueda ser otra cosa que un nicho de mercado para entusiastas o algo oneroso e inútil a lo que han dado un bombo exagerado unos idealistas medioambientales. En 2002, un fondo privado de inversión en acciones calculó que las instalaciones anuales de paneles solares fotovoltaicos podrían alcanzar los 1,5 gigavatios en 2010. En realidad, en 2010 se instalaron 17,5 gigavatios, un 130 por ciento más que en 2009 y se prevé que este año las instalaciones fotovoltaicas aumentarán tal vez en 20,5 gigavatios, con lo que la capacidad mundial ascenderá a unos 50 gigavatios: el equivalente de unos quince reactores nucleares.
Todo ello está sucediendo no sólo en economías desarrolladas como Alemania, España y los Estados Unidos, sino también en países como Bangladesh, el Brasil, China, la India, México y Marruecos. De hecho, según cálculos de IMS Market Research, en 2015 más de 30 países participarán en esa revolución solar que está surgiendo.
Nada de ello ha ocurrido por casualidad. Algunos países se han apresurado a adoptar la dimensión energética de una economía verde y han introducido las políticas y los incentivos públicos necesarios. Ha aumentado considerablemente la capacidad manufacturera, con lo que en los dos últimos años los costos se han reducido a la mitad. De hecho, los precios de los paneles fotovoltaicos volverán a reducirse a la mitad este año.
La construcción de una central eléctrica nuclear puede requerir entre diez y quince años en construirse y la de una central eléctrica de carbón unos cinco años. Sin embargo, las centrales solares de tamaño mediano de entre cinco y diez megavatios/hora tardan sólo unos tres meses entre la fase de planificación y la de construcción. Con el advenimiento de la tecnología para el suministro eléctrico inteligente y la fijación de precios en el mercado, la energía solar fotovoltaica parece estar en condiciones de aportar soluciones fáciles de aplicar y ampliables.
La Agencia Internacional de la Energía calcula que, para lograr el acceso universal a la electricidad en 2030, se necesitarán unos 33.000 millones de inversiones anuales suplementarias en el sector eléctrico. Parece mucho dinero, en particular en plenas crisis económica y financiera que siguen afectando a grandes zonas del mundo, pero en 2010 tan sólo la nueva inversión en energía solar fotovoltaica ascendió a unos 89.000 millones. También afluyeron miles de millones de dólares de inversiones para los parques eólicos, las instalaciones geotérmicas y muchas otras tecnologías de fabricación de energías renovables.
Los brotes verdes de una economía verde están apareciendo en todo el sector eléctrico, impulsados por las preocupaciones por el cambio climático, la contaminación atmosférica y la seguridad energética, además de por el deseo de producir nuevos tipos de industrias competitivas y creadoras de empleo. Se pueden ver también en el aumento de las industrias de reciclaje en Corea del Sur o en la inclusión de los bosques en la planificación social y económica de Indonesia. El imperativo de Río+20 es el de acordar una diversidad de políticas avanzadas que se puedan aplicar en parte o enteramente para acelerarlo.
En el próximo Consejo de Administración/Foro Ambiental Mundial en el Nivel Ministerial del PNUMA, que se celebrará en Nairobi (Kenya), lanzaremos una contribución sin precedentes a ese debate con la publicación de Transición a una economía verde. En este informe se analiza cómo una inversión mundial del dos por ciento del PIB en la economía verde podría desencadenar un crecimiento económico y resultados sociales positivos, sin por ello dejar de mantener la huella planetaria de la Humanidad dentro de límites sostenibles.
En particular, las opciones catalíticas para diez sectores –desde la agricultura, la pesca y los bosques hasta el transporte y la construcción– son tan pertinentes para los países en desarrollo como para los desarrollados y tanto para las economías dirigidas por el Estado como para las más impulsadas por el mercado.
Siempre habrá quienes sonrían, escépticos, ante la mera idea de economía verde y desechen semejantes transiciones transcendentales. Ya es hora de que se pongan los número sobre la mesa y se demuestre que tan sólo los avances en materia de energía solar están empezando a demostrar que están equivocados.


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