Thursday, April 24, 2014
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La gran ilusión

El más triste de los libros del estante de mi oficina es un viejo volumen publicado hace casi un siglo: se trata de The Great Illusion: A Study of the Relation of Military Power in Nations to Their Economic and Social Advantage , de Normal Angell, que intentó probar que la conquista militar era algo obsoleto.

El argumento de Angell era sencillo: en la totalidad de las modernas guerras industriales prolongadas, todos pierden. Los perdedores son quienes se llevan la peor parte, pero también los ganadores terminan peor que si se hubiese mantenido la paz. Muchos padres, hijos y esposos mueren, así como muchas madres, viudas e hijas. Se destruye mucha riqueza. Muchos edificios se convierten en ruinas. Las confiscaciones dañan el imperio de la ley, sobre el que descansa la prosperidad industrial del mundo moderno. Lo más que puede ser dicho, incluso por parte de los vencedores, es que son pequeños perdedores más que grandes perdedores. La guerra industrial moderna es, como lo puso la película de 1982 Juegos de Guerra , un juego muy peculiar: "La única manera de ganar es no jugar".

En la misma época en que Angell escribió, alguna gente argumentaba que la guerra era un medio importante para promover la prosperidad nacional; que la prosperidad comercial era fruto del poder militar. Angell se preguntaba cómo los políticos pangermanos de antes de la Primera Guerra Mundial podían creer que la prosperidad alemana requería de una gran flota de guerra, cuando la ausencia de ella no afectaba en nada la prosperidad de Noruega, Dinamarca u Holanda. Avizoraba la llegada de una era de estadismo racional, en que cada primer ministro y ministro de relaciones exteriores reconocería que, independientemente del tema en disputa, el arbitraje vinculante entre naciones era una mejor estrategia que la guerra.

Por supuesto, tenía razón en su apreciación de que la única manera de impedir que una guerra industrial moderna se convierta en una tragedia destructiva para todos era llegar rápidamente a un cese del fuego. Los gobiernos que consideran a la guerra agresiva como un medio de prosperar han sido escasos desde el término de la Primera Guerra Mundial: el gobierno del Imperio japonés que provocó la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico y los dos intentos de Saddam Hussein de apropiarse de campos petroleros ajenos son ejemplos que nos vienen inmediatamente a la mente. En un sentido, los gobiernos han aprendido la lección que predicaba Norman Angell.

Pero lo que hace a The Great Illusion el libro más triste del estante de mi oficina es que hemos encontrado otras razones para luchar en una guerra, y los años transcurridos desde que Angell escribiera su libro han presenciado las guerras más terribles y sangrientas de la historia. Hemos peleado en guerras para preservar la dominación colonial y para terminar con ella. Hemos visto guerras civiles. Hemos visto guerras ideológicas. Hemos sido testigos de guerras de exterminación como la de Hitler y los Nazis contra no sólo los judíos, sino los gitanos, los polacos y los rusos. Hemos visto guerras étnicas y guerras en las que se ha luchado para que los gobiernos dejen de asesinar a sus ciudadanos. De hecho, hemos presenciado más guerras religiosas que desde cualquier época posterior a la Guerra de los Treinta Años en Alemania, en 1648.

Y sin embargo, hay motivos para tener esperanzas. Desde el proconsulado de Julio César hasta 1945, lo más probable es que en todo momento hubiera al menos un ejército cruzando o a punto de cruzar o pensando en cruzar el Rhin en armas. Ahora no hay ninguno. Hace poco más de un siglo y medio, los Estados Unidos parecían querer ir a la guerra con la única superpotencia del mundo para tratar de convertir a Vancouver, en la Columbia Británica, en una ciudad gobernada desde Washington, D.C. en lugar de serlo desde Ottawa o Londres.

Vancouver es una ciudad encantadora, y me encantaría que los votantes de la Columbia Británica pertenecieran a los Estados Unidos, ya que pienso que serían una contribución muy saludable para el electorado estadounidense. Pero nadie piensa que esa es una idea por la que valga la pena pelear una guerra. Hace un siglo, era tan improbable que un político francés se manifestara a favor de la paz y el entendimiento con Alemania como que un político árabe de hoy en día se plantee a favor de la paz y el entendimiento con Israel.

Los académicos "realistas" en política exterior (que en cierto modo siempre me parecieron un grupo no muy realista) atribuían el fin del antagonismo francoalemán al hecho de que estas naciones tenían algo más grande que temer: Rusia, que era aterrorizante bajo Stalin, causaba temor bajo Kruschev y era preocupante bajo Brezhnev. Dejemos que se acabe la Guerra Fría, decían, y nuevamente veremos a Francia y Alemania desenvainando sus sables, porque esa es la tragedia de la política del poder internacional. Sin embargo, la Guerra Fría se terminó hace más de quince años y el conflicto militar entre Francia y Alemania parece hoy tan poco probable como uno entre Estados Unidos y Canadá.

Espero que sea el hecho de la interdependencia europea, una interdependencia cuidadosamente construida por Jean Monnet, Robert Schumann, Konrad Adenauer y quienes siguieron sus pasos, y no el recuerdo del horror de la Segunda Guerra Mundial lo que ha hecho que se desvanezcan los ejércitos que acostumbraban cruzar el Rhin con las armas en alto. Si es así, hay una oportunidad de que la era de la economía globalizada que esperamos hacer realidad sea una época más pacífica que el siglo veinte. Si no, es muy posible que Angell siga teniendo tanta razón como irrelevancia.

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