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El gran Tea Party norteamericano

NUEVA YORK – ¿Quiénes eran esos norteamericanos que agitaban banderas, vitoreaban, gritaban, cantaban y rezaban que se reunieron en Washington DC el último sábado de agosto en una concentración para “restablecer el honor” de Estados Unidos? Esta juerga de patriotismo libre de impuestos fue ostensiblemente no partidaria (de lo contrario, no podría haber sido libre de impuestos). El principal organizador y orador fue Glenn Beck, el presentador de radio y televisión populista de derecha, que prometió restaurar no sólo el honor de la nación, sino también los “valores norteamericanos”.

La otra estrella fue Sarah Palin, la querida de las multitudes populistas del Tea Party, que comenzó por rendirle respeto a Martin Luther King Jr. Porque fue ahí, en ese mismo lugar y en esa misma fecha, que él pronunció su discurso “Tengo un sueño” en 1963. A continuación, Palin rápidamente pasó a dar un extenso discurso celebratorio sobre el heroísmo de los soldados estadounidenses que “pelean por la libertad” en el extranjero.

Pareció una transición extraña –y, para muchos, ofensiva: de la gran petición de King por los derechos civiles a los clichés sentimentales de Palin sobre el ejército. Pero no fue lo único extraño sobre este evento, al igual que sobre todo el movimiento Tea Party en sí mismo. Este último brote de populismo norteamericano está financiado por algunos hombres extremadamente ricos, entre ellos un par de multimillonarios petroleros llamados David y Charles Koch, que están a favor de recortar los impuestos para los súper ricos y abolir los subsidios del gobierno para los pobres, como la Seguridad Social o el plan de atención médica del presidente Barack Obama.   

Esta agenda podría parecer egoísta, aunque entendible desde el punto de vista de un multimillonario petrolero. Pero, ¿quiénes son todas esas personas que vitorean fervorosamente por el sueño del multimillonario, justo en el mismo día del aniversario del discurso de Martin Luther King? Estaban casi uniformemente vestidas de blanco, eran básicamente de mediana edad para arriba y, en su mayor parte, la riqueza les era ajena.

La mayoría no tiene título universitario. Muchos dicen tener miedo de perder sus empleos. Sin duda a varios de ellos les costaría mucho pagar los costos astronómicos de las facturas de atención médica en Estados Unidos sin asistencia del gobierno. En otras palabras, se beneficiarían de los programas financiados por el Estado que los patrocinadores del Tea Party quieren abolir.

Y sin embargo, allí están, acusando de “socialismo” a la legislación de atención médica de Obama, o a un mínimo aumento de los impuestos para el 1% más rico de la población. Para ellos, “socialismo” significa “europeo”, o simplemente “no-norteamericano”. A diferencia de los patrocinadores del movimiento, las multitudes que cantan “¡USA! ¡USA!” no parecen motivadas por el propio interés económico. 

Es posible que  muchos norteamericanos todavía estén tan convencidos de que todo aquel que trabaja mucho terminará siendo rico que respalden cualquier cosa que favorezca a los multimillonarios. Pero es más factible que las bases del populismo estadounidense estén motivadas por algo más. El populismo en todas partes está impulsado por el miedo y el resentimiento: miedo a no tener poder, estatus o privilegios, y resentimiento frente a quienes –las elites liberales educadas, los extranjeros que supuestamente nos quitan nuestros empleos y los musulmanes, judíos, negros o inmigrantes ilegales- parecen disfrutar de beneficios no merecidos.

Estos miedos y resentimientos existen en todas partes, ahora más que nunca. Pero no se expresan de la misma manera en todos los países. Los norteamericanos rurales, que viven en vastas planicies, desarraigados y aislados del mundo exterior, tienen una historia de expresar su anhelo de comunidad e identidad mística reuniéndose en grandes números en iglesias y carpas, escuchando las grandes sentencias de mercachifles carismáticos. Sarah Palin y Glenn Beck son herederos de una larga lista de oradores y políticos que hicieron fortunas agitando a las masas ansiosas, prometiéndoles el Paraíso en la Tierra o, al menos, un lugar en el Cielo.

En el caso de la concentración de Beck en Washington DC, el vínculo con la historia de las iglesias rurales y las reuniones religiosas de “resucitación” fue explícito. Estados Unidos, después de “deambular en la oscuridad… hoy empieza a volver la mirada a Dios”, declaró Beck, en el típico estilo de un evangelista televisivo.

Parte de la especialidad de estos demagogos consiste en combinar patriotismo, libertad y Dios. Este es el mito de Estados Unidos, la tierra de los libres bendecida por Dios. Detrás de las palabras del orador “no partidario” que pronunció Beck sobre restablecer el honor y los valores estadounidenses había un mensaje que todos en la multitud entendían: los elementos no-norteamericanos como las elites liberales de Nueva York y Washington, los demócratas y otros socialistas sin Dios le habían robado a Estados Unidos su honor y sus valores.

Después del evento, Beck dio una entrevista, en la que criticó a Obama –no por sus políticas impositivas, sino por tener las creencias religiosas equivocadas-. Obama, dijo, cree en la “teología de la liberación”, lo cual significa que debe ser un “socialista”, y por ende un no-norteamericano.

Eso es también a lo que Palin se refiere cuando les dice a sus multitudes del Tea Party que son los “verdaderos norteamericanos”, dando a entender que todos los norteamericanos que no están de acuerdo con sus opiniones no lo son. Son extraños que no tienen derecho a gobernar el país.

El éxito del movimiento Tea Party puso nerviosos a muchos demócratas (y a algunos republicanos sobrios). Hay llamamientos para que los demócratas respondan. No es algo imposible. Los políticos demócratas también tienen una tradición populista. Hablar de Dios, libertad y nación no es algo exclusivo de los radicales de extrema derecha o de los republicanos. Franklin D. Roosevelt sabía cómo inspirar patriotismo entre los trabajadores. John F. Kennedy era bueno vendiendo el sueño americano. Lyndon B. Johnson tenía el toque común de las zonas rurales de Texas.

Barack Obama es de la zona urbana de Hawaii pero tiene todos los dones retóricos de un orador a la antigua. Desafortunadamente, también tiene varias desventajas distintivas: fue educado en dos universidades de elite, su segundo nombre es Hussein y su padre era negro. Cualquiera de estas características sería un estorbo en un momento de creciente populismo, pero la combinación de las tres es letal. El movimiento Tea Party –una agenda económica para los ricos enmascarada como la salvación de los norteamericanos blancos que le temen a Dios- lo sabe demasiado bien.

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