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La decadencia final de Occidente

PARÍS – En 2040/2050, ¿hablarán los demógrafos de la soledad del hombre blanco?, como en tiempos se referían los historiadores a la “carga del hombre blanco” para calificar las llamadas “responsabilidades imperiales” de algunas naciones europeas?

La demografía no es una ciencia exacta. Innumerables predicciones alarmantes, desde la de Malthus hasta la del Club de Roma, han resultado equivocadas, pero, según un reciente y muy convincente ensayo publicado en la revista Foreign Affairs , se está produciendo una doble tendencia demográfica y económica que provocará cambios espectaculares a mediados de este siglo. El mundo occidental representará sólo el 12 por ciento de la población del mundo y los europeos quedarán reducidos al 6 por ciento. (En 1913, un año antes del estallido de la primera guerra mundial, Europa estaba ligeramente más poblada que China,) Económicamente, Occidente representará el 30 por ciento, aproximadamente, de la población mundial, nivel que corresponde a la proporción de Europa en el siglo XVIII y menor que en 1958, año en que representaba el 68 por ciento.

Lo que estamos presenciando es un regreso al pasado, en el que Occidente vuelva a ocupar sus lugar en el mundo antes del comienzo del largo proceso de decadencia histórica de China al comienzo del siglo XIX, El largo período de dominio mundial por parte de Occidente toca a su fin, impulsado y acelerado por sus propios errores y su comportamiento irresponsable. Estamos entrando en un nuevo ciclo histórico, en el que habrá, proporcionalmente, menos occidentales, más africanos y habitantes del Oriente medio y muchos más asiáticos, con mucha mayor importancia económica y estratégica.

Teniendo presentes esas cifras es como debemos considerar la decisión de Barack Obama de no asistir a la próxima cumbre europeo-americana, que debía celebrarse en Madrid en mayo. Resulta tentador usar una fórmula acuñada durante la Guerra Fría para calificar la evolución comparativa de los Estados Unidos y la Unión Soviética y aplicar el concepto de “decadencia competitiva” a la relación entre los EE.UU. y Europa. Unos Estados Unidos que pueden estar experimentando un proceso de relativa, si no absoluta, decadencia optan por pasar por alto a Europa, que, para ellos, ya ha dejado de ser un problema, en comparación con Asia o el Oriente Medio, y ofrece poca ayuda para buscar soluciones a los problemas que más molestan a los americanos.

De forma apresurada y excesivamente provocativa, hay quienes en los medios de comunicación americanos están empezando a hablar de Obama como “un segundo Jimmy Carter” y predecir que sólo gobernará un mandato. Lo más grave es la impresión de que el sistema político americano, con su incapacidad para transcender las divisiones partidarias y forjar un consenso nacional, se está volviendo cada vez más esclerótico.

Las instituciones políticas de los Estados Unidos han envejecido como las infraestructuras del país. Fueron ideadas hace más de dos siglos para un mundo mayoritariamente agrario. En la actualidad, necesitan enmiendas y rejuvenecimiento, pero puede que no sean posibles, dado el carácter sacrosanto que muchos americanos atribuyen a la Constitución.

En cuanto a la Unión Europea, el problema no es lo que ocurra en Madrid. El problema de la UE es en mucho mayor medida lo que sucedió en Copenhague el pasado mes de diciembre en la cumbre para “salvar el planeta” o lo que está ocurriendo ante nuestros ojos con la amenaza al euro que plantea la debilidad de algunos de sus Estados miembros y muy en particular Grecia.

Europa acudió a Copenhague con una posición común y responsable. La UE estaba “mostrando el camino” a otros grandes protagonistas y se comporto como la “buena alumna” de la clase mundial. Quedó preterida, pues los EE.UU. y China optaron pro disentir por encima de su cabeza. Europa debe comprender que no todo el mundo puede considerarla un modelo, si nadie la toma ya en serio como protagonista mundial.

Pero, ¿cómo van a tomar en serio los otros a quien no se toma en serio a sí mismo? La nueva Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores, la baronesa Catherine Ashton, intentó justificar su ausencia de Haití inmediatamente después de su terrible terremoto diciendo: “No soy ni una enfermera ni un bombero”. Pese a no tener esas aptitudes, la Secretaria de Estado de los EE.UU. no dejó de viajar al escenario de la devastación para mostrar su apoyo y preocupación.

Los americanos y los europeos, confrontados con transformaciones demográficas y económicas revolucionarias, deben comportarse de forma nucho más responsable. En lugar de pasar por alto a los otros (la forma americana) o lamentarse de un ego herido (la forma europea), deben afrontar las amenazas comunes que se les presentan a consecuencia de un proceso de mundialización que ya no pueden dominar.

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