MOSCÚ - En Rusia, tras casi cada acontecimiento acecha la pregunta: ¿Quién tiene la culpa? En la tragedia que se cobró las vidas del Presidente polaco Lech Kaczynski y otras 95 autoridades polacas, podemos responder con certidumbre al menos en un aspecto: la historia la tiene.
Lo ocurrido es tan espantoso que parece una broma pesada, un diabólico complot de la KGB, una disparatada conspiración sacada de una película de James Bond... o una combinación de todo eso. Y, no obstante, el accidente que cubrió de luto a toda Polonia no fue ninguna de esas cosas. Esta tragedia que desafía toda explicación lógica confirma sólo una cosa: la crueldad del azar.
¿Qué habría pasado si la niebla no hubiera impedido un aterrizaje normal en el aeropuerto de Smolensko? ¿Si el avión no hubiera sido un Tupolev-154 ruso de 20 años de antigüedad, sino un modelo más nuevo y seguro? ¿Si el piloto polaco hubiera seguido la sugerencia del controlador ruso de tráfico aéreo que intentó desviar el avión a Moscú o Minsk?
Lamentablemente, la crueldad del azar también está al centro de los siglos de desconfianza entre Polonia y Rusia. La ironía (si es que hay alguna) es que esta tragedia golpeó en momentos en que la desconfianza, por fin, estaba dando paso a relaciones mejores y más orientadas al intercambio y a una mayor comprensión entre los dos países.
Tras negarlo por 70 años, las autoridades rusas (si bien no los rusos comunes y corrientes) estaban preparadas para admitir que el NKVD (precursor de la KGB) de José Stalin masacró a más de 20.000 oficiales, intelectuales y clérigos polacos en el cercano bosque de Katyn en 1940. De hecho, el Primer Ministro ruso Vladimir Putin, ex oficial de la KGB, invitó a su contraparte polaco, Donald Tusk, a conmemorar juntos la tragedia.
Sin embargo Kaczynski, que siendo miembro de Solidaridad en los años 80 luchó derribar el régimen comunista, sentía más desconfianza que Tusk hacia los rusos. Organizó su propia delegación para visitar Katyn, y se preguntó públicamente si los rusos le darían una visa. Ciertamente, no se invitó a ningún ruso.
Cuando al piloto del avión presidencial (irónicamente, fabricado por los soviéticos) se le aconsejó no aterrizar debido a la densa niebla, él -o quizás el presidente mismo- debe de haber desconfiado de la buena fe de los rusos. En lugar de ello, bien pueden haberse preguntado si los maliciosos hombres de la ex KGB que rodean a Putin querían arruinar la conmemoración de Katyn que Kaczynski había organizado.
Las sospechas y desencuentros entre rusos y polacos se remontan al siglo dieciséis, cuando Polonia era una potencia mucho mayor; de hecho, el Gran Ducado de Moscú era su patio trasero. A lo largo de los siglos ha habido guerras iniciadas por ambos bandos, y particiones de Polonia ejecutadas por los rusos, seguidas de intentos de rusificación en que el Imperio Cristiano Ortodoxo Ruso ha intentado controlar a una Polonia Católica "engañosa", "de labia fácil" y con la mirada puesta en Occidente.
Luego ocurrió la Revolución Bolchevique de 1917, a la que los polacos se negaron a unirse, y la milagrosa victoria del Mariscal Jozef Pilsudski sobre el Ejército Rojo a las puertas de Varsovia en 1920. En los años de entreguerras, Polonia y el naciente régimen soviético se miraron con los dientes apretados casi sin interrupción.
Cuando Stalin firmó el pacto Molotov-Ribbentrop con la Alemania nazi en 1939, tuvo en sus manos la oportunidad de invadir Polonia. La masacre de Katyn fue resultado directo de la orden de Stalin de eliminar a la elite polaca para decapitar a su sociedad y volverla más dócil.
Además, los soviéticos aprovecharon los sucesos de Katyn para romper relaciones con el gobierno polaco en el exilio, que se había asentado en Londres. Puesto que los líderes polacos se rehusaron a exonerar a los rusos, Stalin los acusó de colaborar con los alemanes para echar sobre los hombros de Rusia la responsabilidad por los crímenes nazis. Poco después se hizo realidad la idea de crear un régimen títere en Varsovia.
Si bien el Pacto Nazi-Soviético no duró mucho (Alemania invadió Rusia en 1941) no había salida para Polonia. Con la derrota de Hitler, una vez más pasó a ser parte de la esfera rusa, esta vez de los soviéticos.
Sin embargo, Polonia nunca dejó de luchar -y de ir a huelga- por la independencia. El ascenso de Solidaridad en los años 80 fue el primer y más duro golpe a un sistema soviético que se estancaba. El Papa Juan Pablo II, nacido en tierra polaca, cristalizó la "amenaza" anticomunista que ahora representaba Polonia para la Unión Soviética. El llamado del Papa a la libertad de culto en todo el mundo, incluidos los países socialistas, cayó mal a los ateos soviéticos (y a los rusos ortodoxos).
De hecho, a lo largo del siglo veinte la animosidad entre Polonia y Rusia se mantuvo siempre en un punto alto, y se manifestó no sólo en política, sino también en el ámbito cultural. Por supuesto, esto no hacía más que dar continuidad a un viejo patrón. Alexander Pushkin, Nicolai Gogol y Fiodor Dostoievsky tenían una mala visión de los polacos, llamándolos "fríos", "distantes" y "manipuladores", y viendo siempre a Polonia como un país que se pone del lado de Occidente en lugar de alinearse con sus hermanos eslavos. De hecho, la amistad de Pushkin con Adam Mickiewicz acabó agriamente tras la insurrección polaca de 1830 contra el régimen zarista.
La animosidad era tan profunda que, cuando ambos países ya no eran comunistas y Rusia buscaba reemplazar su feriado del 7 de noviembre -que conmemoraba la Revolución Bolchevique-, ésta escogió el 4 de noviembre, aniversario de la victoria de los boyardos rusos en 1611 sobre el Rey polaco Segismundo y su breve ocupación de Moscú.
Ahora en Varsovia y Moscú se habla de que la segunda tragedia de Katyn podría abrir las puertas a una nueva era en las relaciones bilaterales. Tal vez sea así, pero vienen al caso las palabras del ensayista polaco Stanislaw Jerzy Lec: "Se pueden cerrar los ojos a la realidad, pero no a los recuerdos".


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