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Las raíces burguesas de la Revolución de Túnez

PARÍS – Túnez, uno de los 22 miembros de la Liga Árabe, está sumido en una crisis severa y profunda, si bien posiblemente tenga una resolución favorable. Es el país más pequeño del norte de África, pues su superficie es de 163.000 kilómetros cuadrados –más o menos el doble de la de Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo– y tiene una población de 10,5 millones de habitantes.

Además, tiene mucho encanto y moderación en cuanto al clima, la historia y la cultura. En tiempos fue el pilar del dinamismo cultural y la influencia de la República y del Imperio romanos. Fue la primera región africana cristianizada, la tierra de San Agustín y la fuente principal del evangelismo católico en África. Originalmente, era sobre todo bereber y fue conquistada por los árabes e islamizada y durante siglos fue una colonia de la Sublime Puerta y, por tanto, turca.

Pasó a ser un protectorado francés, no una colonia –como en el caso de la vecina Argelia– en el siglo XIX. Esa diferencia explica la preservación, relativamente mayor, de las estructuras sociales y las tradiciones locales de Túnez.

Tras lograr la independencia en 1956, Túnez adoptó una constitución republicana de estilo francés, que estableció un sistema de gobierno presidencial. El primer presidente, Habib Burguiba, fue el dirigente del movimiento de liberación, que se alzó con la victoria mucho más rápidamente –y de forma mucho menos violenta– que su homólogo de Argelia. Burguiba, dirigente muy occidentalizado, mantuvo el carácter secular del Estado que heredó de Francia, así como muchos de sus vínculos económicos con Occidente (en particular, con Francia, naturalmente), de forma mucho más decidida que Argelia, después de conseguir la independencia.

Algunos escasos intentos por parte de grupos marxistas de tomar el poder a los largo de los años fracasaron. A diferencia de otros países africanos o de Oriente Medio, Túnez siguió siendo en gran medida un país de libre empresa, que permitió cierto desarrollo industrial. En los últimos años, ha llegado a ser el principal exportador de productos industriales de África, al obtener mejores resultados incluso que Sudáfrica y Egipto.

En 1987, la salud del anciano Burguiba se deterioró demasiado para que pudiera continuar en su cargo. Su ministro de Interior, Zine el Abidine Ben Ali, una vez que fue nombrado Primer Ministro, no tardó en lograr que se declarara a Burguiba incapacitado y lo desalojó de la presidencia.

El nuevo dirigente ya se había hecho notar por haber reprimido el movimiento islámico, política que intensificó después de pasar a ser Presidente. Los ciudadanos tunecinos no musulmanes y seculares –y una gran parte de la opinión mundial, Francia en particular– se lo agradecieron. Excusaron la brutalidad que entrañaba la política de Ben Ali, al respaldar los resultados sin observar ni discutir los medios con los que se lograban.

Pero dichos medios acabaron conduciendo a la supresión casi total de toda libertad de expresión en Túnez: prensa censurada, encarcelamiento de periodistas, procesamientos políticos y detenciones arbitrarias en todos los círculos de la sociedad y no sólo en los que tenían vínculos con el movimiento islámico. El objetivo era el de suprimir todas las formas de oposición democrática.

Al final, el régimen de Ben Ali se convirtió en una simple dictadura. Su familia y él crearon imperios en la economía local, acaparando casi todos los sectores y creando una fortuna para sí mismos.

Pero se mantuvo la política de industrialización. Surgió una clase media auténtica, comparable con la de Egipto y a diferencia de cualquier otro país árabe, con la posible excepción de Marruecos.

Y después, como ocurrió en todos los demás países, la crisis económica mundial que comenzó en 2008 limitó el crecimiento y alimentó las tensiones sociales. Como la prensa y el Parlamento estaban amordazados, la única forma de aliviar dichas tensiones era la de salir a la calle.

La policía disparó a la multitud en varias ocasiones, pero resultó ser demasiado débil para intimidar a los manifestantes. El momento decisivo se produjo cuando el ejército se abstuvo de reprimir las protestas. Una vez que quedó clara la negativa del ejército a apoyar a su régimen, Ben Ali huyó a Arabia Saudí, después de que Francia se negara a acogerlo en el exilio.

Durante un corto período, hubo la esperanza de un gobierno de unidad nacional, en el que los restos del gabinete de Ben Ali y la oposición se unirían para preparar unas elecciones presidenciales, pero un público furioso no quiso saber nada con eso. La única opción que quedaba era una coalición compuesta de las antiguas oposiciones, que, dada la ausencia de un marco institucional respetado, hará que el regreso a la estabilidad sea lento, difícil y peligroso.

Así, pues, Túnez está en peligro. El islamismo podría acabar alzándose con la victoria, pero también es posible que Túnez esté experimentando la primera revolución “burguesa” del mundo árabe. De ser así, el levantamiento de Túnez podría ser un acontecimiento que provocara un cambio en toda la región.

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