Wednesday, April 23, 2014
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El Ayatola contempla un arreglo

 WASHINGTON, DC – Las conversaciones sobre cuestiones nucleares que hace poco mantuvieron en Estambul los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, más Alemania e Irán, han dirigido la atención del mundo hacia los posibles términos de un acuerdo que se podría lograr cuando se vuelvan a reunir las partes, tal vez en Bagdad, el 23 de mayo. ¿Cómo se explica, pues, la aparente nueva voluntad de los dirigentes iraníes para llegar a un acuerdo?

Por supuesto, las sanciones económicas y el aislamiento político han dañado considerablemente al régimen, en especial a la Guardia Revolucionaria, cuyos líderes e industrias han sido el blanco directo de la comunidad internacional. Sin embargo, estos no son los únicos factores.

El aparato propagandístico del régimen ya está presentando las negociaciones de Estambul como un triunfo para la República Islámica y un revés para Occidente. De hecho, está  preparando al público iraní y a la comunidad global ante la posibilidad de llegar a un arreglo significativo.

Hay que recordar que Irán otorga gran importancia a su imagen y a sus logros nucleares. Una estrategia exitosa debe permitir que Irán salga satisfecho de las negociaciones aunque renuncie alas partes más sensibles de su programa nuclear.

El Ayatola Ali Khamenei, líder supremo de Irán, ha hecho de la política nuclear rígida un elemento fundamental de su autoridad a nivel nacional. Durante años saboteó los esfuerzos de los funcionarios iraníes que podrían haber llegado a un acuerdo con Occidente porque no estaba seguro de que le fueran leales. Y aquellos en quienes confiaba no tenían la habilidad suficiente para diseñar una política de concesiones que preservara la capacidad de Khamenei de presentarse como un líder firmemente antiestadounidense.

A medida que vayan avanzando las negociaciones, los Estados Unidos y sus aliados tienen que ceñirse a una política dual: intensificar la presión política y las sanciones económicas, y negociar con seriedad. Deben insistir en que Irán dé transparencia a su programa nuclear, y al mismo tiempo ofrecer una reducción gradual de las sanciones a cambio de garantías comprobables de que el régimen no busca fabricar armas nucleares.  Si las cosas no prosperan, la posibilidad de un ataque preventivo, ya sea por  Israel o los Estados Unidos, sigue siendo una opción.

Independientemente del resultado,  las nuevas negociaciones han puesto a  Khamenei en una posición delicada. Como encargado de la política nuclear de Irán, hacer concesiones es tan peligroso para él como no ceder nada. Esta podría ser la última oportunidad para que Irán cambie su política nuclear, evite una confrontación militar y rescate la economía. Sin embargo, para Khamenei, hacer concesiones en materia nuclear podría también debilitar su monopolio sobre la política interna.

Khamenei no es un yihadista suicida. En 23 años de liderazgo, ha evitado las políticas nacionales e internacionales riesgosas. No obstante, no es inmune a las equivocaciones. En 2005, Mahmoud Ahmadinejad recibió el apoyo político y financiero de Khamenei para ganar la presidencia. Sin embargo, actualmente el Ayatola lamenta profundamente habérselo dado. Ahmadinejad desobedece sus órdenes, intenta desacreditarlo ante el público desafiando su autoridad y socava a instituciones clave como el poder judicial y el parlamento. En los círculos políticos iraníes es un secreto a voces que Khamenei también se arrepiente de haber permitido que voluntarios de la milicia Basij atacaran la embajada británica en noviembre pasado.

La conclusión inquietante que se puede extraer de estos episodios es que aun cuando Khamenei no esté buscando una confrontación militar, bien puede equivocarse sobre el modo de evitarla.

Khamenei se enfrenta a un problema más profundo: él no es el Ayatola Ruhollah Khomeini, su predecesor y líder supremo fundador de la República Islámica, que dio forma a la identidad del sistema. Khomeini tenía tanta confianza en sí mismo y su autoridad estaba tan bien consolidada que no temía a hacer concesiones si creía que eran necesarias para el bienestar del régimen. La posición política de Khamenei está estrechamente ligada con la política nuclear actual y él no tiene el carisma ni la autoridad necesaria para que la élite política y religiosa considere hacer concesiones.

Para Khamenei, la capacidad nuclear no es un fin, sino más bien un medio para obligar a Occidente y sus aliados regionales a reconocer los intereses estratégicos del régimen. Además, está convencido de que Occidente está intentando debilitar a la República Islámica mediante un ataque cultural y político "blando" y que hacer concesiones en el programa nuclear conduciría inevitablemente a otorgarlas también en materia de derechos humanos y democracia y, a la larga, al cambio de régimen.

En vista de lo anterior, una garantía de que Occidente, especialmente los Estados Unidos, no buscan derrocar a los líderes iraníes tendría que ser un componente fundamental de un arreglo nuclear. De hecho, Khamenei bien podría exigir que esa garantía abarcara las transmisiones en farsi, el apoyo financiero y político a los grupos opositores y la censura de Internet.

La crisis nuclear debería solucionarse antes de que, como dijo el presidente estadounidense  Barack Obama, se escape la oportunidad. El problema para Khamenei – y por lo tanto para quienes negocian con Irán – es que para él el éxito no traerá muchos beneficios. El mayor obstáculo para lograr un resultado positivo es la contradicción de su situación: para hacer concesiones debe poder conservar su prestigio; pero para conservar su prestigio no debe hacer concesiones.

Traducción de Kena Nequiz

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