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Diez años después de que rugiera el ratón

CAMBRIDGE – El ataque de Al Qaeda a los Estados Unidos hace diez años fue una gran conmoción para los estadounidenses y la opinión pública internacional. Después de una década, ¿qué lecciones podemos aprender?

Cualquiera que tome un avión a Washington o trate de visitar algún edificio de oficinas de la ciudad vuelve a recordar cómo cambió la seguridad estadounidense por lo del 11 de septiembre. Sin embargo, si bien creció la preocupación por el terrorismo y las restricciones migratorias son más severas, la histeria de los días inmediatos al 11 de septiembre ha disminuido. Nuevas agencias como el Departamento de Seguridad Nacional, el director de Inteligencia Nacional y el perfeccionado Centro de lucha contra el Terrorismo no han transformado al gobierno estadounidense, y la mayoría de los estadounidenses no han visto afectadas gran cosa sus libertades personales. No ha habido ataques grandes al interior de los Estados Unidos y la vida cotidiana se ha restablecido bien.

Sin embargo, este aparente retorno a la normalidad no debe desviar nuestra atención de la importancia de largo plazo del 11 de septiembre. Como señalo en mi libro, The Future of Power, uno de los grandes giros de poder en esta era de la información global es el fortalecimiento de los actores no estatales. Al Qaeda asesinó más estadounidenses el 11 de septiembre que el ataque del gobierno japonés a Pearl Harbor en 1941. Esto podría llamarse la “privatización de la guerra.”

 En términos tecnológicos, durante la Guerra Fría, los Estados Unidos fueron aún más vulnerables a un ataque nuclear de Rusia, pero “la destrucción mutua asegurada” evitó lo peor al mantener el riesgo más o menos simétrico. Rusia tenía una enorme fuerza pero no podía controlar con su arsenal a los Estados Unidos.

No obstante, dos asimetrías favorecieron a Al Qaeda en septiembre de 2001. Primero, había una asimetría en la información. Los terroristas sabían muchas cosas de sus objetivos, mientras que los Estados Unidos antes del 11 de septiembre sabían poco de la identidad y ubicación de las redes terroristas. Algunos informes del gobierno habían anticipado la magnitud del daño que podían provocar los actores no estatales a países grandes, pero sus conclusiones no fueron incluidas en los planes oficiales.

Segundo, hubo una asimetría en la atención. Los numerosos intereses y objetivos de un actor más grande a menudo pueden diluir su atención hacia un actor más pequeño, que en contraste, puede enfocar su interés y voluntad más fácilmente. El sistema de inteligencia estadounidense tenía bastante información sobre Al Qaeda, pero los Estados Unidos no pudieron procesar coherentemente la que habían reunido varias de sus agencias.

Sin embargo, las asimetrías en la información y la atención no dan una ventaja permanente a los  ejecutores de la violencia informal. Con seguridad, no hay tal cosa como la seguridad perfecta, además, históricamente, las olas de terrorismo a menudo han tardado una generación en disiparse. Aún así, la eliminación de los principales líderes de Al Qaeda, el fortalecimiento de la inteligencia estadounidense, los controles fronterizos más estrictos y una mayor cooperación entre el FBI y la CIA, en conjunto, claramente han hecho a los Estados Unidos (y sus aliados) más seguros.

 No obstante, hay lecciones más grandes que el 11 de septiembre nos enseña sobre el papel de la narrativa y el poder suave en la era de la información. Tradicionalmente, los analistas asumen que la victoria se la llevó el mejor ejército o la fuerza más grande; en la era de la información, el resultado también está influenciado por quién tiene la mejor historia. Las narrativas rivales son importantes, y el terrorismo se trata de narrativa y drama político.

El actor más pequeño no puede competir con el más grande en términos de poder militar, pero puede usar la violencia para establecer la agenda global y crear narrativas que afectan el poder suave de sus objetivos. Osama bin Laden era muy hábil para la narrativa. No pudo dañar a los Estados Unidos como hubiera querido, pero logró dominar la agenda mundial durante una década, y la ineptitud de la reacción inicial estadounidense significó que Bin Laden pudo imponer a los Estados Unidos costos más grandes que los que eran necesarios.

El presidente George W. Bush cometió un error táctico al declarar “la guerra contra el terrorismo.” Hubiera sido mejor que diseñara la respuesta dirigida a Al Qaeda, quien había declarado la guerra a los Estados Unidos. La guerra global contra el terrorismo se tergiversó para justificar una amplia gama de acciones, incluida la cara y equivocada guerra con Irak, que dañó la imagen estadounidense. Además, muchos musulmanes malinterpretaron el término como un ataque al Islam, que no era la intención de los Estados Unidos, pero cuadró con los esfuerzos de Bin Laden para empañar la opinión sobre los Estados Unidos en países musulmanes estratégicos.

Al grado que el billón de dólares o más en costos de una guerra sin fondos contribuyeron al déficit presupuestal que actualmente asola a los Estados Unidos. Bin Laden logró dañar el poder duro estadounidense. Y el verdadero precio del 11 de septiembre pueden ser los costos de oportunidad: durante gran parte de la primera década de este siglo, mientras la economía mundial cambiaba gradualmente su centro de gravedad hacia Asia, los Estados Unidos estaban preocupados con su decisión equivocada de hacer la guerra en Medio Oriente.

Una lección clave del 11 de septiembre es que el poder militar duro es esencial para luchar contra el terrorismo de individuos como Bin Laden, pero que el poder suave de las ideas y la legitimidad es fundamental para ganar los corazones y mentes de las principales poblaciones musulmanas que Al Qaeda le gustaría reclutar. Una estrategia de “poder inteligente” no ignora las herramientas del poder suave.

Sin embargo, al menos para los Estados Unidos, la lección más importante del 11 de septiembre es que su política exterior debería seguir el consejo del presidente Dwight Eisenhower, de hace medio siglo: no te involucres en guerras de ocupación terrestre y enfócate en mantener la fortaleza de la economía nacional.

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