The Asian Century
Una nueva mirada a la responsabilidad de Japón en la guerra
Orville Schell
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“Como el periódico más influyente de Japón, es nuestra obligación dar a conocer a nuestros lectores quién fue responsable del inicio de la Guerra Sino-Japonesa y la Guerra del Pacífico". Estas son las palabras de Tsuneo Watanabe, Editor en Jefe del periódico japonés de mayor circulación de Japón (y del mundo), el Yomiuri Shimbun , en la introducción al libro From Marco Polo Bridge to Pearl Harbor: Who Was Responsible (Del Puente de Marco Polo a Pearl Harbor: Quién fue responsable).
A Watanabe, que ya tiene más de ochenta años y perteneció al Ejército Imperial Japonés durante la Segunda Guerra Mundial, le molestaba la manera como el tema inconcluso de la participación japonesa en la guerra seguía generando obstáculos al progreso de su país. A modo de solución, creó en su periódico un Comité de Reevaluación de las Responsabilidades de la Guerra para emprender una investigación de 14 meses acerca de las causas de la Guerra en el Pacífico y la participación de Japón.
Watanabe nos dice que el Comité llegó a la conclusión de que "no solamente las altas autoridades de gobierno, los generales y los almirantes deben cargar con la culpa". Según el Comité, "los oficiales de campo a menudo eran incluso más influyentes que el Emperador, los ministros de guerra y los jefes de Estado Mayor en la toma de decisiones que aumentaron la intensidad de la guerra, y fueron responsables de muchas atrocidades".
Nunca ha sido fácil para una nación enfrentar de manera franca el amargo hecho de haber cometido crímenes de guerra, genocidios, agresiones injustificadas contra otros países o haber maltratado y asesinado a sus propios ciudadanos. Japón no es una excepción. Aunque ha habido numerosas iniciativas para investigar su culpabilidad en la guerra, en especial su ocupación de China, aún no se ha llevado a cabo un esfuerzo comparable a lo que hicieron los alemanes para asumir una responsabilidad colectiva por sus crímenes de guerra.
Si bien la notable iniciativa pública del Yomiuri no es un paso dado por el gobierno, es probablemente la acción más parecida a una investigación "oficial" aceptable que Japón llegue a emprender jamás, conducente a un ofrecimiento de disculpas adecuado. Su estilo es casi científico –factual, bien delineado y carente de emociones- y avanza bastante en dirección a cumplir la exigencia de China de una investigación convincente y un acto de contrición que permita superar un pasado amargo que todavía envenena las relaciones mutuas.
Watanabe lamenta el hecho de que después de que los criminales de guerra japoneses fueran juzgados por el Tribunal de Tokio de 1951, “No se hubieran hecho esfuerzos en nombre de Japón o del pueblo japonés para examinar sobre quién recaía la responsabilidad de haber iniciado la guerra". Como resultado, "no puede haber un diálogo genuinamente honesto y amigable con aquellos países que sufrieron importantes daños y un alto número de víctimas en las guerras con el Japón". De hecho, el informe del Yomiuri bien puede haber convencido al nuevo primer ministro japonés, Shinzo Abe, de visitar China inmediatamente después de haber sido electo, con el fin de mejorar las relaciones bilaterales.
Los gobernantes chinos parecen haber tomado nota de este momento de arrepentimiento japonés. Esto implica un rayo de esperanza para una relación bilateral -la más importante de Asia- que en las últimas dos décadas se ha visto afectada por la reluctancia de Japón a enfrentar su pasado, lo que ha azuzado el sentimiento ultranacionalista en ambos bandos.
Sin embargo, ¿profundiza lo suficiente el estudio del Yomiuri ? Si bien asigna responsabilidad a Japón por la Segunda Guerra Mundial, y hasta nombra abiertamente los líderes políticos y militares que cargan con ella, todavía es posible detectar una señal de reluctancia en el hecho de que no describe completamente algunas de las acciones bélicas japonesas. Por ejemplo, apenas se mencionan los horrores de la Masacre de Nankín en 1937, cuando los soldados japoneses asesinaron a entre 45.000 y 250.000 chinos, muchos de ellos civiles.
No obstante, sería una lástima que los gobernantes de China no vieran este reconocimiento de la culpa japonesa como una manifestación de la voluntad de esa nación de hacer público su arrepentimiento. La dañada relación bilateral no ha hecho más que hacer más incierto el deseo de China de lograr un "ascenso pacífico" como potencia. Al mismo tiempo, ha impedido completar la tan esperada superación por parte de Japón de su sentimiento de culpa por la guerra y su condición de cuasi-paria. Watanabe y el Yomiuri Shimbun han proporcionado una oportunidad única que debe aprovecharse para mayor bienestar de China, Japón y el mundo.
Por supuesto, siempre es más fácil exportar la culpa que asumirla. Y es cierto que hasta ahora ningún primer ministro japonés se ha arrodillado en Nankín del modo como el Canciller Willy Brandt lo hiciera en el Ghetto de Varsovia, cuando pidió perdón por los crímenes de guerra de Alemania diciendo "Ningún pueblo puede escapar de su historia".
Sin embargo, eso ocurrió en 1970, cuando el recuerdo de las atrocidades de la guerra todavía estaba fresco. Hoy ha pasado ya casi medio siglo. “Si dejamos las cosas como están", señala Watanabe, "transmitiremos a las generaciones futuras una percepción sesgada de la historia, una que no reconoce los horrores de la guerra". Sería tremendamente estimulante que los gobernantes de China demostraran su creciente madurez y aprovecharan este momento para mirar más allá de su amargo pasado, hacia un nuevo futuro de convivencia con Japón.
Orville Schell, renombrado experto en asuntos chinos, es el decano de la Escuela de Periodismo de la Universidad de California en Berkeley.
Copyright: Project Syndicate, 2006.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
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