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Salvar las apariencias y la paz en el Golfo

PRINCETON.– Occidente e Irán juegan un juego peligroso. Durante los últimos diez días, Irán amenazó con cerrar el Estrecho de Ormuz y advirtió a Estados Unidos que no enviara nuevamente un portaaviones al Golfo Pérsico. Como era de esperarse, EE. UU. respondió que sus portaaviones pueden patrullar donde sea necesario para promover la libertad de navegación, y que lo harán. Irán anunció entonces que realizaría ejercicios navales en el Estrecho.

En el juego de «la gallina», dos conductores de automóviles aceleran a toda velocidad en direcciones opuestas; o uno de ellos se asusta y da un volantazo, o ambos chocan y se convierten en una bola de fuego. Los gobiernos del mundo no pueden mantenerse como espectadores del desarrollo de este juego en el punto neurálgico de la energía mundial. Es momento para que las terceras partes participen y faciliten soluciones que permitan a Irán salvar las apariencias al tiempo que significativa y creíblemente reduce su provisión de uranio enriquecido.

Tal vez Irán tiene en sus planes producir un arma nuclear, tal vez no. Sin importar el caso, es una clara violación de sus obligaciones según el Tratado de No Proliferación Nuclear, como lo determina la Agencia Internacional de Energía Atómica, a cargo del control de ese acuerdo. Su continuo incumplimiento está desestabilizando a todo el Medio Oriente, con serias repercusiones para la seguridad mundial.

Si bien es muy probable que pueda disuadirse al gobierno iraní de usar un arma nuclear, el precio de la capacidad nuclear de Irán bien puede ser una carrera armamentista regional: capacidad nuclear en Arabia Saudita, posiblemente seguida por Turquía y Egipto. La presencia de armas, componentes y materiales nucleares en una región que ya es volátil y violenta, y que determina los precios mundiales del petróleo, es un terrible escenario. El mercado ya ha reaccionado ante las tensiones de la semana pasada, elevando el precio de algunos contratos petrolíferos a sus mayores niveles en los últimos ocho meses.

Intentar obligar a Irán a retirarse con sanciones cada vez más intensas no ha dado resultados. A pesar de las crecientes restricciones económicas –EE. UU. impuso sanciones a todas las empresas que hacen negocios con el Banco Central iraní, y la Unión Europea planea imponer sanciones a las exportaciones de petróleo iraní a fines de enero– muchos expertos nucleares estiman que Irán está muy cerca de enriquecer suficiente uranio como para construir una bomba.

¿Pero cómo pueden los EE. UU., la UE, y las Naciones Unidas dejar en claro que la «comunidad internacional» está comprometida con lo que dice? Ablandarse ahora es perder totalmente la credibilidad, no solo ante Irán sino también ante cualquier otro país que piense construir armas nucleares.

La lógica es convincente, excepto que el curso actual solo deja al gobierno iraní las alternativas de retirarse públicamente –algo que no hará– o aumentar sus provocaciones. Después de todo, ¿a qué gobierno le gusta verse como cobarde? Y, en este caso, los tomadores de decisiones en ambas partes enfrentan a oponentes locales listos para atacar ante el más mínimo gesto de debilidad.

En los EE. UU., el candidato presidencial del partido republicano para las elecciones de este año, Mitt Romney, declaró en un debate reciente «Si me eligen como presidente, Irán no tendrá un arma nuclear». Su principal contendiente, Rick Santorum, comentó ante NBC News que «ordenaría ataques aéreos» si «resulta claro que [Irán] está por lograr armas nucleares». Este no es momento para que el presidente Barack Obama se muestre débil.

La política iraní es mucho más difícil de interpretar. En la lucha actual por el poder entre el presidente Mahmud Ahmadineyad y el ayatola Alí Jamenei, ambos parecen dispuestos a mostrarse más duros que el otro antes que proponer concesiones a occidente. Además, muchos analistas iraníes destacan que Jamenei y su círculo íntimo están convencidos de que EE. UU. está en última instancia a favor de un cambio de régimen, y dispuesto a usar la fuerza para lograrlo. Por eso las pruebas iraníes de misiles, sus amenazas de cerrar el Estrecho de Ormuz y sus anuncios de avances nucleares deben leerse más como esfuerzos disuasivos que como provocaciones.

Cuanto más públicamente occidente amenace a Irán, más fácilmente podrán los líderes iraníes presentar a Estados Unidos como el Gran Demonio a partes de la población iraní recientemente más proclives a una visión amistosa de Estados Unidos. El efecto neto es el de mantener a Irán acelerando hacia una colisión.

Es momento para que prevalezcan mentes más serenas con una estrategia que ayude a Irán a retroceder. Los participantes clave aquí son Brasil y Turquía, cuyo gobiernos negociaron un inoportuno acuerdo con Irán en mayo de 2011, por el cual Irán transferiría 1200 kilogramos de uranio de bajo enriquecimiento a Turquía, a cambio de 1200 kilogramos de uranio de enriquecimiento medio para investigaciones médicas en un reactor de Teherán.

Ese acuerdo se deshizo rápidamente, pero tal vez es hora de volver a intentarlo. El escenario está preparado en Turquía, que acordó el 6 enero organizar una nueva ronda de conversaciones nucleares entre Irán y el grupo de los 5+1 (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU + Alemania).

Un nuevo acuerdo probablemente tenga que superar el intercambio propuesto en mayo de 2011, pero existen otras posibilidades. Por ejemplo, agregar a Egipto y Catar a la ecuación, e incorporar a la ONU para proporcionar un paraguas a la propuesta de un banco regional de combustible nuclear, al que Irán podría hacer su primera contribución. Incluir a Corea del Sur (un importante comprador del petróleo iraní) y a Rusia, y comenzar a explorar alternativas para un banco mundial de combustible. Y garantizar que todos los países en la región reafirmen las reglas básicas de la libertad de navegación en forma tal que les permita reivindicar sus derechos.

Cuando existe voluntad política para permitir a la otra parte un margen suficiente para lograr un acuerdo se pueden encontrar soluciones creativas. Sin embargo, los diplomáticos saben que la guerra puede ser preferible a la humillación, por lo que salvar las apariencias es tan importante como amenazar con el uso de la fuerza, y el motivo por el cual otros países deben participar y brindar el espacio necesario que ambas partes necesitan para evitar un choque frontal.

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