Thursday, April 24, 2014
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El irónico potencial de Putin

MOSCÚ – La recuperación de la presidencia rusa por parte de Vladimir Putin ha sido recibida con un escarnio generalizado, tanto en el país como en el exterior. Pero el retorno del autócrata al Kremlin podría ser la mejor esperanza que tiene Rusia de escapar al estancamiento.

Con su desdén manifiesto por la sociedad rusa -ejemplificado en su respuesta socarrona a las manifestaciones generalizadas-, además de su ignorancia, su buena disposición para sofocar el disenso y el miedo a la competencia, Putin, sin ayuda de nadie, derribó el viejo mito que él mismo propagó: el poder personalizado puede modernizar al país manteniendo al mismo tiempo la estabilidad.

Sin duda, el Kremlin de Putin -y sus cohortes corruptos- todavía es el que manda. Y, si bien su decisión de retornar a la presidencia ha irritado a los elementos más dinámicos de la población urbana de Rusia, los ciudadanos del resto del país siguen estando descontentos pero inactivos. De la misma manera, los intelectuales desmoralizados y la clase política de Rusia, en quienes la población confía para propiciar el cambio, no se preocupan por actuar. El alza global de los precios del petróleo, el miedo endémico al cambio, la falta de una alternativa viable y la dependencia de las dádivas del Estado mantienen a Rusia en un estado de inercia.

Es más, el Kremlin de Putin utilizó a Occidente -ansioso por un compromiso y por reiniciar las políticas con Rusia- para legitimar su régimen autoritario y para ofrecer oportunidades para que sus compinches corruptos se integrasen a la sociedad occidental. De hecho, al utilizar a Occidente para lavar su dinero sucio, Putin y sus cohortes de alguna manera vengaron el colapso de la Unión Soviética minando los principios de Occidente y desacreditando a la democracia liberal a los ojos de la población rusa.

Sin embargo, se están produciendo grietas en la sociedad rusa, que amenazan con un status quo. Y no es la oposición ni una rebelión popular lo que empieza a desestabilizar al régimen de Putin, sino las propias fuerzas que  ayudaron a mantenerlo a flote.

Después de esperar 12 años a que el cambio se produjera de arriba hacia abajo, los rusos finalmente se dieron cuenta de que su sistema político se puede transformar sólo desde la base para arriba -a través de la revolución popular-. A falta de canales institucionales para expresar sus quejas por las concesiones corruptas que preservaron el poder de la elite gobernante, tienen que tomar las calles.

Pero sigue en pie el interrogante: ¿Rusia escapará esta vez a su tradicional acto final, en el que el nuevo régimen resulta ser más rapaz que el anterior? ¿O los rusos encontrarán la manera de llevar adelante una revolución pacífica?

Hoy, el Kremlin está contribuyendo a su propio deceso violento, al desmoralizar intencionalmente a la sociedad rusa. Desacredita al liberalismo empleando una retórica liberal y nombrando líderes liberales para administrar su régimen autoritario, dejando la oposición política en manos de los partidos de izquierda y los nacionalistas.

Y el retorno de Putin a la práctica estalinista de enviar a la policía para revisar las casas de los opositores, sumado a sus intentos por generar hostilidad entre grupos sociales -por ejemplo, entre la Rusia provincial y la clase media urbana-, está profundizando el antagonismo y la desconfianza entre los ciudadanos. De esta manera, el régimen de Putin intensifica el deseo de venganza de los disidentes políticos -dificultando así el cambio pacífico.

Las tensiones de larga data ya han empezado a desbordarse; decenas de miles de personas salieron a las calles desde el anuncio de Putin en 2011 de que volvería a la presidencia. Su retorno al Kremlin incitó algunas de las protestas más importantes de las que Moscú fue testigo desde los años 1990. Y, si bien las manifestaciones populares han disminuido -en gran medida como resultado de las nuevas leyes draconianas contra las protestas-, cuanto más conflicto se acumule debajo de la superficie, más devastadora será la potencial explosión.

Al censurar a los medios, desacreditar a la oposición moderada y provocar el descontento popular, Putin está jugando con fuego. Es imposible predecir cuándo detonará Rusia, pero las fisuras del sistema son innegables -y cada vez más.

El Kremlin, lejos de poder controlar la situación, no comprende del todo lo que está pasando. Rusia está avanzando hacia el precipicio. La fuga masiva de capitales y los esfuerzos de los partidarios del Kremlin por pergeñar su propio aterrizaje seguro en Occidente demuestran que, incluso a los ojos de los cohortes de Putin, el fin de su época se está acercando.

Sin embargo, el Kremlin de Putin sigue funcionando inagotablemente para impedir que se forme una oposición sólida -aumentando el riesgo de que el régimen colapse sin una alternativa viable-. Cuanto más permanezca Putin en el poder, más devastador será el último acto de su régimen.

Tanto Rusia como Occidente deben empezar a planear de cara al futuro. Lamentablemente, el despertar de Rusia se corresponde con el inicio de la aparente decadencia de Occidente. Aún así, en lugar de seguir siendo cómplice del régimen corrupto de Putin, Occidente debe ayudar al pueblo ruso a encontrar su nuevo destino.

Los ciudadanos de Rusia no deben abandonar las esperanzas. El retorno de Putin al Kremlin, aunque doloroso, podría terminar poniendo fin a su agonía al propiciar la destrucción del régimen. Cuando la opción es entre la implosión de un sistema anticuado y su lenta degradación, un cambio rápido y limpio normalmente ofrece mejores perspectivas para un nuevo inicio.

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  1. CommentedYoshimichi Moriyama

    As I am a little bit ashamed to repeat a comment I posted to Nina Khrushchevana's The Eternal Putin, the seventy years' Bolshevik rule was a Great Leap Backward for the possibility of democratic Russia. It destroyed whatever little political and cultural legacy for democracy there was in Czarist Russia. It strengthened traditional autocratic elements of Russian Society.

    As many say, there is a road from capitalism to communism but it is a one way road.

  2. CommentedFrank O'Callaghan

    Lootocracy is not particular to Russia. The expropriation of the wealth of the Soviet State by and for a tiny group of linked 'oligarchs' is an exact diametric opposite of the theory of communism. The appalling price paid by the people of the 20th century Soviet state to modernise and enrich their country and compete with the West has been liquidated into the hands of a criminal minority.

    This very phenomenon is at the heart of the 'crisis' in Europe. The liquidation of amassed social wealth into the hands of a small lootocracy. Putin is a symbol for this. As are Cameron, Bush and many others.

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