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Ideas huérfanas

CHICAGO – Desde la decisión “Citizens United” de la Suprema Corte de los Estados Unidos, que prohíbe que el gobierno limite los gastos políticos independientes de las corporaciones y sindicatos, las inquietudes por la influencia de los intereses empresariales en las elecciones estadounidenses han estado creciendo. No obstante, las contribuciones políticas son solo una de las razones por las que los intereses corporativos tienen tanto poder. En lo que se refiere al cabildeo el dinero no lo es todo: las ideas tienen una gran influencia también. Por desgracia, en vez de equilibrar el campo de juego, la batalla de ideas puede sesgar la política estadounidense todavía más a favor de las grandes compañías.

La importancia de las ideas se puede ver en las cosas más simples. En general a las iniciativas legislativas destinadas a beneficiar a electorados poderosos se les asigna nombres atractivos y engañosos. Por ejemplo, un impuesto de vacaciones para repatriar ganancias en el extranjero fue denominado “Ley para la creación de empleo en los Estados Unidos”. Es fácil promover una ley que (supuestamente) beneficia a todas las personas de la sociedad, no solo a un pequeño grupo de sus miembros más privilegiados.

Más importante, el cabildeo de las instituciones de crédito inmobiliario cuasigubernamentales Fannie Mae y Freddie Mac no habría tenido tanto éxito sin la idea de “sociedad de propietarios.” ¿Quién llegaría a oponerse a que cada uno de los estadounidenses se convirtiera en propietario? Esas ideas son tan peligrosas políticamente justo porque son tan atractivas.

Si las ideas son las armas del cabildeo, antes de crearlas y difundirlas es importante considerar las posibles distorsiones en el mercado. Las nuevas ideas son como nuevos medicamentos. Mientras que algunos farmacólogos dedican su vida para buscar la cura para el cáncer independientemente de los incentivos económicos, a muchos los motiva la esperanza de obtener una patente lucrativa.

Aun en los casos en que a los investigadores les impulsan únicamente los objetivos más nobles, sus necesidades de financiamiento los obligan a tomar en cuenta la rentabilidad. Por eso existen los llamados “fármacos huérfanos”, de los que no se obtienen suficientes ganancias porque se utilizan para curar enfermedades raras (como en el caso de la malaria) que afectan a personas que no pueden pagarlos.

El proceso de creación de nuevas ideas económicas (o nuevas pruebas sobre ideas viejas) no es muy distinto. Los investigadores no obtienen patentes pero sus estudios si son citados y consiguen reconocimiento y ascensos. Mientras que algunos investigadores dedican sus vidas a encontrar la verdad sin importar las ganancias personales, muchos buscan la fama académica y el dinero que conlleva.

Aun en los casos en que a los investigadores les impulsan únicamente los objetivos más nobles, sus necesidades de financiamiento los obligan a tomar en cuenta la demanda de ideas. Además, si el financiamiento no es el principal problema, el mecanismo de amplificación de una idea (y por ende su difusión) depende no obstante de su atractivo para alguna actividad de cabildeo.

Consideremos a un gran investigador en mi campo, Michael Jensen. En 1990 fue coautor de un trabajo sobre la remuneración a los ejecutivos en el que se aducía que no estaba suficientemente vinculada al desempeño. Aunque los autores utilizaron un valor de referencia insostenible para determinar que la sensibilidad del pago al desempeño era demasiada baja, el artículo se publicó en una de las principales publicaciones económicas, se examinó ampliamente en el Harvard Business Review, y es uno de los trabajos sobre economía más citados. Quince años después Jensen escribió un documento sobre los costos de la excesiva sensibilidad de la remuneración al desempeño. El artículo se publicó en una revista de menor importancia y no se ha citado mucho. ¿Por qué?

El sector empresarial recibió muy favorablemente el primer trabajo porque desvió la discusión de cuánto ganaban los ejecutivos (un tema muy controvertido) a cómo debería pagárseles (una cuestión más técnica y menos contenciosa). Y puesto que las empresas no pueden hacer que los ejecutivos paguen de sus propios bolsillos cuando tienen un mal desempeño, el cambio de enfoque terminó justificando un aumento en los salarios. No hubo el mismo entusiasmo en el caso del segundo artículo, que sigue siendo casi desconocido a pesar de los importantes conceptos que ahí se vierten. Jensen, que es un investigador de integridad y fama reconocidos, está en libertad de abordar el tema desde puntos de vista opuestos. Sin embargo, los resultados asimétricos en materia de citas de los dos artículos es una advertencia para los académicos jóvenes: si desean avanzar profesionalmente, la posición que deben adoptar es clara.

En los ámbitos del capital de riesgo, las telecomunicaciones, la industria de la construcción, los sindicatos de maestros, etc., hay mucha demanda de pruebas que aplaudan los beneficios que dan estas industrias y que justifiquen (implícita o explícitamente) los subsidios públicos que reciben. No hay la misma demanda organizada y activa de pruebas de que estos subsidios causan distorsiones, son un desperdicio de recursos y hacen que las empresas sean menos competitivas.

Tal vez la idea huérfana más grande sea la siguiente: estar a favor del mercado no necesariamente significa estar a favor de las empresas. Una agenda favorable a las empresas busca maximizar las ganancias de las compañías existentes; en contraste, una agenda favorable al mercado busca promover las mejores condiciones empresariales para todos. ¿A quién benefician las pruebas de que una industria está demasiado concentrada, que sus márgenes de ganancia son demasiado elevados y que estafa a los consumidores?

Como en el caso los medicamentos para la malaria, millones de personas se beneficiarían de esa idea, pero su capacidad de pago es limitada. Además, sin lugar a dudas en la mayoría de los trabajos que hacemos los economistas –y más importante aun, en lo que enseñamos en las escuelas de negocios- es difícil marcar una diferencia entre estar a favor del mercado y a favor de las empresas. La lucha contra el capitalismo favoritista empieza en los salones de clases y los profesores estamos inevitablemente involucrados. Si no somos parte de la solución, somos parte del problema.

Traducción de Kena Nequiz