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La gran reacción contraria

NUEVA YORK – En el momento inmediatamente posterior a la crisis financiera mundial de 2008, el éxito de las autoridades en impedir que la “gran recesión” se convirtiera en la “gran depresión II” mantuvo a raya las peticiones de proteccionismo y las medidas aislacionistas, pero ahora ha llegado la reacción contra la mundialización y la mayor libertad de circulación de bienes, servicios, capital, mano de obra y tecnologías que la acompañó.

Ese nuevo nacionalismo adopta formas económicas diferentes: obstáculos al comercio, protección de activos, reacción contra la inversión extranjera directa, políticas que favorecen a los trabajadores y las empresas nacionales, medidas antiinmigración, capitalismo de Estado y nacionalismo en materia de recursos. En la esfera política, están subiendo los partidos populistas, antimundialización, antiinmigración y, en algunos casos, claramente racistas y antisemitas.

Esas fuerzas aborrecen la sopa de letras de instituciones de la gobernación supranacional –la UE, las NN.UU., la OMC y el FMI, entre otras–que requiere la mundialización. Incluso la red Internet, epitome de la mundialización durante los dos últimos decenios, corre el riesgo de resultar balcanizada a medida que países más autoritarios –incluidos China, el Irán, Turquía y Rusia– intentan limitar el acceso a los medios de comunicación social y reprimen la expresión libre.

Las causas principales de esas tendencias están claras. Una recuperación económica anémica ha brindado una oportunidad a los partidos populistas, que promueven políticas proteccionistas, para achacar al libre comercio y a los trabajadores extranjeros el prolongado malestar. Si a ello sumamos el aumento de la desigualdad en materia de ingresos y riqueza en la mayoría de los países, no es de extrañar que se haya generalizado la impresión de que se trata de una economía en la que el ganador se lleva toda la banca, los beneficiados son sólo las minorías privilegiadas y se distorsiona el sistema político. En la actualidad, tanto las economías avanzadas (como los Estados Unidos, donde una financiación ilimitada de las autoridades democráticamente elegidas por parte de intereses empresariales financieramente poderosos es una simple corrupción legalizada) como en los mercados en ascenso (donde los oligarcas dominan con frecuencia la economía y el sistema político) parecen estar al servicio de minorías.

En cambio, para las mayorías sólo ha habido un estancamiento prolongado, con una reducción del empleo y unos salarios estancados. Donde la inseguridad económica resultante para las clases trabajadoras y medias es más acuciante es en Europa y en la zona del euro, en muchos de cuyos países los partidos políticos –principalmente de derechas– superaron en votos a las fuerzas centrales en las elecciones al Parlamento Europeo del pasado fin de semana. Como en el decenio de 1930, cuando la “gran depresión” propició la aparición de gobiernos autoritarios en Italia, Alemania y España, una tendencia similar podría estar en marcha.

Si no se recupera pronto el aumento de los ingresos y de los puestos de trabajo, los partidos populistas podrían acercarse más al poder en el nivel nacional de Europa y los sentimientos anti-UE podrían paralizar la integración económica y política europea. Peor aún: la zona del euro podría volver a estar en riesgo; algunos países (el Reino Unido) podrían salir de la UE; otros (el Reino Unido, España y Bélgica) podrían acabar desmembrándose.

Incluso en los EE.UU. se ve que la inseguridad económica de una gran clase marginal blanca que se siente amenazada por la inmigración y el comercio mundial está influyendo cada vez más en las facciones de extrema derecha y del Tea Party dentro del Partido Republicano. Esos grupos se caracterizan por el nativismo económico, las inclinaciones antiinmigración y proteccionistas, el fanatismo religioso y el aislacionismo geopolítico.

Se ve una variante de esa dinámica en Rusia y en muchas partes de la Europa oriental y del Asia occidental, donde la caída del Muro de Berlín no dio pasó a la democracia, la liberalización económica y un rápido aumento de la producción, sino que regímenes nacionalistas y autoritarios llevan en el poder la mayor parte del último cuarto de siglo aplicando modelos de crecimiento propios del capitalismo de Estado, que sólo garantizan unos resultados económicos mediocres. En ese marco, no se puede separar la desestabilización de Ucrania por parte del Presidente de Rusia, Vladimir Putin, de su sueño de encabezar una “Unión Eurasiática”, intento mal disimulado de recrear la antigua Unión Soviética.

También en Asia resurge el nacionalismo. Los nuevos dirigentes del Japón, China, Corea del Sur y ahora de la India son nacionalistas políticos en regiones en las que las disputas territoriales siguen siendo graves y se están enconando agravios históricos muy antiguos. Dichos dirigentes –además de los de Tailandia, Malasia e Indonesia, que avanzan en una dirección nacionalista similar– deben abordar imperativos importantes en materia de reformas estructurales para poder reavivar el crecimiento económico en disminución y, en el caso de los mercados en ascenso, evitar la trampa de los ingresos medios. El fracaso económico podría contribuir a intensificar aún más las tendencias nacionalistas y xenófobas... e incluso desencadenar conflictos militares.

Entretanto, Oriente Medio sigue siendo una región empantanada en el atraso. La “primavera árabe”, desencadenada por un crecimiento lento, un elevado desempleo juvenil y una desesperación económica generalizada, ha dado paso a un largo invierno en Egipto y en Libia, donde las opciones substitutivas son un regreso de los caudillos autoritarios y el caos político. En Siria y el Yemen hay una guerra civil; el Líbano y el Iraq podrían afrontar una suerte similar; el Irán es a un tiempo inestable y peligroso para otros países y el Afganistán y el Pakistán parecen cada vez más Estados fallidos.

En todos esos casos, el fracaso económico y la falta de oportunidades y esperanzas para los pobres y los jóvenes están fomentando el extremismo religioso y político, el resentimiento contra Occidente y en algunos casos un terrorismo declarado.

En el decenio de 1930, la incapacidad para prevenir la “gran depresión” facilitó la llegada al poder de regímenes autoritarios en Europa y Asia, lo que acabó propiciando el estallido de la segunda guerra mundial. Esta vez el daño causado por la gran recesión está sometiendo a las economías avanzadas a un estancamiento prolongado y creando grandes dificultades para el crecimiento estructural en los mercados en ascenso.

Es un terreno ideal para que el nacionalismo político y económico arraigue y prospere. Se debe ver la reacción actual contra el comercio y la mundialización en el marco de lo que, como sabemos por experiencia, podría venir a continuación.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.