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¿De la democracia cristiana a la democracia musulmana?

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2008-10-13

BUDAPEST  -- Esta semana, el Partido Justicia y Desarrollo (PJD), que gobierna en Turquía, se libró por poco de ser prohibido por el Tribunal Constitucional del país. Los fiscales del Estado alegaron que el partido estaba intentando “islamizar” el país y en última instancia introducir una teocracia. No sólo los partidarios del PJD celebraron la decisión, sino que, además, quienes en Occidente lo consideran un prototipo de partido “democrático musulmán” suspiraron aliviados.

El modelo más claro de partido moderadamente religioso comprometido con las normas del juego democrático es el de los partidos democristianos de la Europa occidental y, en menor medida, de América Latina. Sin embargo, los oponentes de la idea de una “democracia musulmana” sostienen que los católicos europeos se orientaron hacia la democracia sólo por orden del Vaticano y que, como los musulmanes no tienen nada parecido a la jerarquía de la Iglesia, el de la democracia cristiana no es un ejemplo pertinente.

Pero la Historia muestra que los emprendedores políticos y los intelectuales católicos liberalizadores fueron decisivos para la creación de la democracia  cristiana, lo que indica que, dadas las circunstancias adecuadas, los reformadores musulmanes podrían crear igualmente una democracia musulmana.

Los partidos democristianos surgieron por primera vez en Bélgica y Alemania hacia el final del siglo XIX como grupos de intereses con estrechas miras. Al principio, el Vaticano los miró con recelo, pues veía en los partidos que participaban en elecciones y negociaciones parlamentarias señales de “modernismo”.

Un gran paso adelante se dio con la fundación del Partido Popular italiano en 1919. Su dirigente, Don Luigi Sturzo, quería que se atrajera  a tutti i liberi e forti : todos los hombres libres y fuertes. El Vaticano, que había prohibido a los católicos italianos participar en la vida política de la Italia recién unida durante casi sesenta años, levantó su prohibición, pero Mussolini se apresuró a ilegalizar a los Popolari ; en cualquier caso, el Vaticano había tenido una relación tensa con ese partido y parecía sentirse más cómodo apoyando regímenes autoritarios procatólicos en países como Austria y Portugal.

Pero, si bien la democracia cristiana no llegó a nada políticamente entre las dos guerras, se habían iniciado cambios transcendentales en el pensamiento católico. En particular, el pensador católico francés Jacques Maritain expuso argumentos a favor de que los cristianos abrazaran la democracia y los derechos humanos.

Durante el decenio de 1920, Maritain estuvo próximo a la Action Française , de extrema derecha, pero el Papa condenó ese movimiento en 1926 por ser esencialmente un grupo de católicos desleales, más interesados en el nacionalismo autoritario que en el cristianismo. Maritain aceptó el veredicto del Papa e inició un notable recorrido hacia la democracia.

Criticó los intentos de Francia de parecer un cruzado moderno, por lo que se granjeó la ira de los católicos de los Estados Unidos en particular. Cosa más importante: comenzó a reformular algunas de las enseñanzas de Aristóteles y las doctrinas medievales del derecho natural para llegar a una concepción de los derechos humanos. También tomó elementos de la filosofía del “personalismo”, que estuvo muy de moda en el decenio de 1930, porque buscaba una vía intermedia entre el liberalismo individualista y el socialismo comunitario e insistía en que las “personas” siempre tenían una dimensión espiritual que el liberalismo materialista dejaba supuestamente de reconocer.

Tras la caída de Francia, Maritain decidió permanecer en los Estados Unidos, donde se encontraba, después de una gira de conferencias (la Gestapo registró su casa de París en vano). Escribió panfletos sobre la reconciliación del cristianismo y la democracia, que los Aliados lanzaron desde aviones por Europa, y nunca se cansó de insistir en que los orígenes cristianos de la floreciente democracia de los Estados Unidos lo habían influido.

Maritain insistió también en que los cristianos, aunque debían tener en cuenta los preceptos religiosos, debían actuar primero como ciudadanos. Así, pues, la aceptación del pluralismo y la tolerancia eran fundamentales para su concepción y prohibían la plasmación punto por punto de la religión en la vida política. De hecho, se mostró muy escéptico respecto de partidos que fueran exclusivamente cristianos.

Maritain participó en la redacción de la Declaración de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y más adelante el Concilio Vaticano Segundo aprobó muchas de las ideas que él había estado exponiendo desde el decenio de 1930. También influyó en los partidos democristianos que gobernaron después de 1945 en Alemania, Italia, los países del Benelux y, en menor medida, Francia y que no sólo consolidaron la democracia, sino que, además, crearon potentes estados del bienestar en consonancia con la doctrina social de la Iglesia. Si bien seguían haciendo hincapié en los valores familiares y en la moralidad tradicional, perdieron el aroma a incienso que se había pegado a los partidos democristianos a comienzos del siglo… y en el decenio de 1970 empezaron a subrayar incluso que no había que ser creyente para adherirse a ellos.

El ejemplo de Maritain refuta la afirmación de que la analogía entre democracia cristiana y musulmana falla. No fue el Vaticano el que tomó la iniciativa para crear la democracia cristiana… sino filósofos innovadores como Maritain (quien nunca formó parte de la jerarquía de la Iglesia, aunque fue por poco tiempo embajador de Francia ante el Vaticano) y emprendedores políticos como Sturzo (un simple sacerdote siciliano).

Naturalmente, la creación de la democracia musulmana no se deberá sólo a intelectuales. Al fin y al cabo, el éxito de la democracia cristiana se explica también por su posición fuertemente anticomunista durante la Guerra Fría… y en Italia por los beneficios de la corrupción generalizada.

No obstante, algún corpus de pensamiento que vuelva atractiva la democracia para los creyentes –y tranquilice a los no creyentes sobre la aceptación del pluralismo por aquéllos– debía existir. Cierto es que algunas de las filosofías usadas en la transición católica europea a la democracia –como, por ejemplo, el personalismo- eran bastante nebulosas, aunque probablemente su vaguedad fuera lo que ayudase a captar el mayor número de creyentes posible, pero el caso es que las ideas importan. De modo que la creación de un islam liberalizado por intelectuales musulmanes conscientemente moderados y demócratas es decisiva.

Jean-Werner Mueller, profesor de Política en la Universidad de Princeton, es actualmente profesor del Instituto de la Sociedad Abierta en la Universidad Centroeuropea de Budapest. Es autor de Constitutional Patriotism (“Patriotismo constitucional”).

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AUTHOR INFO

Jan-Werner Mueller teaches in the Politics Department at Princeton University. His most recent book is Contesting Democracy: Political Ideas in Twentieth-Century Europe.