En los últimos años ha ido en aumento -y cobrando mayor fuerza en los últimos meses- la impresión de que América Latina está volviendo a inclinarse hacia la izquierda. Los mediocres -y a veces deprimentes- resultados de la reforma económica parecen haber provocado una intensa reacción materializada en la elección de presidentes izquierdistas en todo el continente, comenzando por la victoria de Hugo Chávez en Venezuela al final del decenio de 1990 y continuando con las de Ricardo Lagos en Chile y Néstor Kirchner en la Argentina y, más recientemente, la de Luiz Inácio Lula da Silva en el Brasil y Tabaré Vázquez en el Uruguay. Parece que puede haber más victorias de izquierdas en México, el Perú y Bolivia.
Pero, si bien las premisas subyacentes a esa amplia tendencia están claras, los votantes de América Latina no están eligiendo a una izquierda, sino a dos.
Desde luego, aunque 2004 fue uno de los mejores años en cuanto a crecimiento económico, el resultado de dos decenios de supuesta reforma estructural siguen siendo decepcionantes. La desigualdad ha aumentado, la pobreza sólo se ha reducido ligeramente en el mejor de los casos, el empleo sigue manteniéndose tercamente bajo, la corrupción, la violencia, la delincuencia y la paralización política siguen incólumes y las inversiones extranjeras y los acuerdos de libre comercio con los Estados Unidos aún no han dado los resultados prometidos. En esas circunstancias, no es de extrañar que haya habido una fuerte reacción ideológica y política contra el "Consenso de Washington" en pro del mercado, con su insistencia en la liberalización, la desreglamentación y la privatización.
Al mismo tiempo, esa reacción es, sin embargo, mucho menos uniforme y clara de lo que muchos observadores creen. Para empezar, esos partidos, dirigentes y movimientos que tienen raíces verdaderamente socialistas y progresistas -como, por ejemplo, Lagos y su Partido Socialista en Chile, Lula y su Partido del Trabajo en el Brasil y Vázquez en el Uruguay- están siguiendo vías pragmáticas, sensatas y realistas.
Sus políticas son notablemente similares a las de sus predecesores; su respeto de la democracia es total y sincero. Su antiguo antiamericanismo ha quedado atenuado por años de exilio, realismo y resignación.
Y, a la inversa, los dirigentes izquierdistas que surgen de un pasado populista y puramente nacionalista, con pocos fundamentos ideológicos -Chávez con sus antecedentes militares, Kirchner con sus raíces peronistas y el alcalde de la Ciudad de México y candidato que encabeza la carrera hacia la presidencia López Obrador, con sus orígenes en el Partido Revolucionario Institucional- se han mostrado mucho menos receptivos a las influencias modernizadoras. Para ellos, la retórica es más importante que el fondo y el poder es más importante que la forma de ejercerlo. La desesperación de los electores de zonas pobres, provincianas y clientelistas es un instrumento más que un problema y el menosprecio de los Estados Unidos que entrañan la alianzas con Fidel Castro menoscaba la promoción de los intereses reales de sus países en el mundo.
En segundo lugar, la izquierda en general -ya sea de origen socialista o populista- ha "dado fuertes voces" y ha manejado un "bastón pequeño", por decirlo así. Las políticas reales, con la pasajera excepción de la negociación de la Argentina con sus acreedores internacionales -y el FMI, en particular- son notablemente similares a las de sus predecesores. Chávez sigue invitando a compañías petroleras extranjeras a que hagan perforaciones en la cuenca del Orinoco, Lula mantiene cuantiosos superávit presupuestarios, Kirchner acepta en última instancia las condiciones del FMI y Lagos mantiene relaciones inmejorables con el sector privado, profundamente conservador, de Chile. En conjunto, la ortodoxia macroeconómica parece estar echando raíces.
De hecho, sólo en los márgenes está América Latina esforzándose por ser diferente... y en parte lográndolo. Los sectores en que esas izquierdas, la nueva y la antigua, pueden distinguirse son, entre otros, los de mejora de los programas de lucha contra la pobreza, ampliación de los derechos de propiedad y de vivienda, una reforma agraria eficaz, desarrollo de la educación, la ciencia y la tecnología y -lo que tal vez sea lo más importante- el fortalecimiento de la democracia, de los derechos humanos y del Estado de derecho en una región en la que, lamentablemente, han brillado por su ausencia durante decenios.
Para aplicar con éxito ese audaz y necesario programa, la izquierda de América Latina debe purgar sus peligrosas y destructivas vetas nacionalistas y autoritarias. La nueva izquierda, si se mantiene en la vía de la modernización y la reforma, puede ser una bendición para la región.


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