Desde 2003 que las economías de América Latina han experimentado un periodo de prosperidad, con un PIB -incluidas las estimaciones para 2006- que llega a un 17%: un índice promedio de crecimiento anual de 4,3% y un aumento del 12% del PBI per cápita. Si bien estas cifras no dejan de impresionar, esta es sólo la segunda vez en 25 años que América Latina ha tenido cuatro años consecutivos de crecimiento económico positivo. ¿Continuarán los buenos tiempos?
El crecimiento reciente ha estado impulsado por una fuerte alza de los precios de los productos básicos, o commodities, entre los que se incluyen no sólo los recursos energéticos como el petróleo, el gas y el carbón, sino también metales, minerales y productos agrícolas. La creciente demanda de materias primas, debido al abrupto crecimiento industrial ocurrido en Asia, en particular en China e India, ha beneficiado los términos del intercambio comercial de varios países latinoamericanos, y no parece que este panorama vaya a cambiar en el futuro próximo.
Históricamente, en tiempos como estos tiende a predominar el despilfarro fiscal, en que los abundantes ingresos se malgastan en extravagantes proyectos públicos. Sin embargo, esta vez no es así... al menos no hasta el momento. En las siete principales economías de América Latina (Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Venezuela), que en su conjunto dan cuenta de casi el 90% del PIB regional, el crecimiento económico anual alcanzó un promedio de 6% en el tercer trimestre de 2006, mientras que la producción industrial aumentó llegó a un 8%. Sin embargo, sus gobiernos parecen estar aprovechando la bonanza para pagar su deuda externa pendiente y aumentar sus reservas externas.
Un aspecto notable es que las políticas macroeconómicas responsables han ocurrido tras una oleada de victorias electorales populistas o socialistas en los últimos años. Brasil, Chile, Ecuador, Nicaragua y Venezuela eligieron candidatos socialistas o populistas/reformistas en 2006, mientras que Bolivia eligió un presidente indígena populista en 2005, Uruguay un presidente socialista el mismo año, y Argentina un mandatario de centroizquierda en 2003.
Entre las consecuencias de la bonanza de las materias primas hay un nivel creciente de independencia financiera internacional. Países como Brasil y Argentina pagaron por adelantado los préstamos que habían recibido del FMI, mientras que otros están comprando su propia deuda en los mercados secundarios. La mayor liquidez en los mercados de capitales internacionales también redujo la necesidad de obtener financiamiento multilateral y, con ello, de aceptar condiciones como la privatización de recursos naturales y la desregulación de los servicios públicos.
Sin embargo, hasta ahora en la mayoría de los casos las políticas fiscales y monetarias no han seguido las promesas retóricas de los gobernantes de llevar a cabo profundas reformas estructurales y una redistribución a favor de los indígenas y los pobres. Aún así, en varios países persiste el fantasma de la inflación y los déficits fiscales. En consecuencia, la nueva generación de líderes no puede implementar reformas estructurales -muy necesarias en varios países- de un modo que ponga en peligro la estabilidad macroeconómica, sin la cual no es posible cumplir ninguna de sus promesas.
De hecho, si bien a menudo se percibe el crecimiento económico en América Latina como altamente desigual –lo que explica el giro hacia la izquierda-, estudios recientes de las Naciones Unidas ponen a la región en primer lugar entre todas las áreas con países en desarrollo. No sólo el desempeño económico de la región es sólido; también lo es su lugar en el Índice de Desarrollo Humano (IDH), que incluye indicadores sociales como educación y salud. De hecho, si bien el PIB de América Latina es menor que el promedio mundial, supera a todas las demás regiones en desarrollo, así como el promedio mundial, en cuanto a los principales indicadores sociales.
Sólo un país latinoamericano (Haití) aparece en el grupo de países con bajo IDH, mientras que el resto se ubica en los grupos de IDH medio y alto. De los 30 países latinoamericanos incluidos en el informe de este año, apenas un tercio tiene clasificaciones de IDH menores que las del PIB, y sólo unos cuantos (los que tienen mayor necesidad de realizar mejoras significativas en infraestructura, especialmente de servicios de salud y educación) muestran grandes discrepancias.
Sin embargo, sobre la recuperación económica de América Latina se ciernen dos grandes riesgos. En primer lugar, en momentos que la alta demanda de materias primas hace subir los precios de los bienes exportados, la región es cada vez más vulnerable a la llamada "enfermedad holandesa", en que el aumento de los salarios y los precios se generaliza en la economía y debilita la competitividad, especialmente en los mercados industriales. Puesto que los exportadores de manufacturas asiáticos están penetrando los mercados de todo el mundo, una situación así afectaría muy negativamente las perspectivas de crecimiento de América Latina.
En segundo lugar, en una época en que la globalización económica hace que las fronteras nacionales pierdan definición, puede ocurrir que los líderes políticos se entusiasmen en demasía en su retórica de la independencia. Tarde o temprano, los tiempos de vacas gordas llegan a su fin. Si no se toman medidas a tiempo para consolidar la competitividad global, las consecuencias económicas, sociales y políticas podrían ser muy serias.


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