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El laberinto de Jinnah

NUEVA DELHI – Hay tres eventos recientes que ilustran vivamente los dilemas del Pakistán actual, que en muchos aspectos son los mismos desafíos a que se enfrentó el fundador del país, Mohammed Ali Jinnah, hace seis décadas.

Los ministros de relaciones exteriores de India y Pakistán se reunieron recientemente en Nueva Delhi, después de un distanciamiento de más quince meses debido a que los ataques terroristas del 11 de noviembre de 2008 enfriaron las relaciones bilaterales entre los dos países por sospechas y recriminaciones mutuas. La reunión en Nueva Delhi marcó un restablecimiento temporal. No obstante, el ministro de relaciones exteriores de Pakistán apenas iba de regreso a Islamabad, cuando supuestamente unos terroristas talibanes habían atacado una misión médica india ubicada en el corazón de Kabul, Afganistán, matando a 11 personas.

Además, en la provincia pakistaní de Waziristan, tres sikhs, minoría en Pakistán, fueron secuestrados. Uno de ellos fue decapitado cuando no se pudo cobrar el rescate.

India y el mundo ven con horror esos eventos, incapaces de decidir cómo responder. Mientras las personas se preguntan si el aumento de la presencia de los Estados Unidos y la OTAN en Afganistán, que empezó el mes pasado, tendrá éxito, todo el sur de Asia está haciendo preguntas aún más preocupantes. ¿Quién gobierna Pakistán? ¿Quién está realmente a cargo de su arsenal nuclear?

Para entender dónde empezaron los enormes problemas de Pakistán, necesitamos remontarnos a la fundación del país. En una reunión de prensa del 14 de noviembre de 1946, nueve meses antes de que la India británica fuera dividida en dos países, India y Pakistán, se le preguntó a Jinnah sobre el futuro de la situación comunal de lo que se convertiría en Pakistán. Pronosticó un “gobierno realmente estable y seguro en Pakistán”, cuya mayoría musulmana trataría a las minorías entre nosotros “de la manera más generosa.” En un intento por disipar el escepticismo, declaró que “Pakistán y el Hindustán, en virtud de su contigüidad e intereses mutuos, serían amigos en este subcontinente.”

Ese fue el sueño de Jinnah, pero la realidad es que desde su creación, Pakistán ha vivido con grandes tensiones, que a menudo se complican por oscuros fantasmas históricos e imaginarios. Ha sido una víctima de sus propios sueños de grandeza sobre su papel en el mundo y su lugar entre las naciones islámicas, y frecuentemente de una intensa emotividad y una ausencia de lógica calmada y serena. Casi inevitablemente, o así parece, la idea de Pakistán ha sido usurpada, razón por la cual sus amigos a menudo se han convertido en sus amos y por la que Pakistán sigue siendo frágil, inseguro y tenso.

Sin embargo, hay otros factores no psicológicos en los problemas de Pakistán. Fundado en la noción de separación, Pakistán ha tenido constantemente que afirmar su identidad islámica, así como su oposición a la India. Por lo tanto, adoptó la identidad de una República Islámica –una evolución aparentemente directa y lógica de los “musulmanes como nación distinta” antes de la partición posterior de Pakistán como un Estado islámico. En realidad, esta transición ha impedido la evolución de Pakistán en un Estado moderno y funcional respaldado por una identidad nacional coherente.

En efecto, al convertirse en un Estado islámico, Pakistán se convirtió con el tiempo –y tal vez inevitablemente- en un Estado “jihadí”. No es de sorprender que, tras haber optado por ese camino, también se haya convertido en el refugio que eligieron Osama bin Laden y los líderes talibanes que huyeron de Afganistán después de la invasión encabezada por los Estados Unidos.

¿Puede Pakistán alterar su identidad? La paz en la región y al interior de Pakistán depende de la respuesta a esta pregunta, que sólo la sociedad civil pakistaní –no los Estados Unidos, la OTAN ni ninguna presencia aumentada- puede dar. Pero actualmente la sociedad pakistaní es huérfana y depende casi por completo del ejército y de los omnipresentes Servicios de Inteligencia (ISI por sus siglas en inglés) que se han convertido en un Estado dentro del Estado y que no rinden cuentas a nadie.

Por supuesto, existen concepciones de Pakistán distintas a las de un "Estado islámico". En efecto, en algún momento Pakistán quiso convertirse en algo parecido a la extensión de la dinastía mogol que gobernó a la India durante mucho tiempo. Pero con esta aspiración malinterpretaron seriamente tanto el presente como la realidad histórica heredada, porque Pakistán también deseaba ser legatario de la India británica –un deseo confuso que hizo que Pakistán fuera más vulnerable a convertirse en un "Estado alquilado" que cuando fue parte de los imperios británico o mogol.

Igualmente, los sueños de los vínculos culturales con Asia Central no convierten a Pakistán en una frontera entre la zona y las grandes masas de la India. De hecho, el único papel que desempeña Pakistán en este respecto es el de puesto de avanzada para los terroristas del Asia Central.

El hecho de que en el país que Jinnah creó en nombre del Islam, esa noble fe constituya ahora el principal desafío a la supervivencia misma del Estado es una cruel ironía. No es menos irónico que Pakistán, al que alguna vez se consideró como el protector de los intereses occidentales en el sur de Asia, se haya convertido en el reto más importante para esos intereses – o lo que un dignatario occidental llamó de manera muy poco diplomática, "una migraña internacional".

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