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El Irán en pie de guerra

BERLÍN – Mientras Europa sigue ensimismada en su crisis a cámara lenta y otras potencias mundiales siguen fascinadas por el extravagante espectáculo de los innumerables esfuerzos que hacen los funcionarios europeos para rescatar el euro (y, con él, el sistema financiero mundial), una vez más se van acumulando nubarrones de guerra sobre el Irán.

Durante años, el Irán ha estado ejecutando un programa nuclear y desarrollando misiles de largo alcance, de lo que sólo se puede sacar una conclusión: los dirigentes de ese país están empeñados en construir armas nucleares o al menos alcanzar el umbral tecnológico más allá del cual sólo una decisión política es necesaria para lograr ese fin.

Se puede sostener que esta última vía  mantendría al Irán dentro del ámbito de aplicación del Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares (TNP), del que es signatario, pero no puede haber duda razonable sobre las intenciones de los dirigentes iraníes. De lo contrario, los programas nuclear y de misiles del Irán serían un inútil despilfarro de dinero. Al fin y al cabo, el Irán no necesita una tecnología para enriquecer el uranio. El país sólo tiene un reactor nuclear civil, con barras de combustible proporcionadas por Rusia y no se puede utilizar en él la tecnología iraní que se está desarrollando ahora.

Pero el enriquecimiento de uranio tiene mucho sentido, si lo que se quiere conseguir es un arma nuclear; de hecho, para ese fin el enriquecimiento es indispensable. Además, el Irán está construyendo un reactor de agua pesada, supuestamente para fines de investigación, pero que también es necesario para construir una bomba de plutonio.

El Irán ha ocultado partes importantes de su programa, lo que constituye una violación del TNP. Además, este país ha gastado millones de dólares en compras ilegales de tecnología para el enriquecimiento y para diseños de armas nucleares, facilitados por el científico y contrabandista nuclear pakistaní A. Q. Jan, el “padre de la bomba pakistaní”. El Irán intentó ocultar esas transacciones durante años, hasta que su tapadera saltó por los aires cuando Libia empezó a cooperar con Occidente y reveló la red de Jan.

Un Irán armado con armas nucleares (o que sólo necesitara adoptar una decisión política para poseerlas) modificaría drásticamente el equilibro estratégico de Oriente Medio. En el mejor de los casos, una carrera de armamentos nucleares amenazaría con consumir esa región ya inestable, lo que pondría en peligro el TNP, con consecuencias mundiales de gran alcance.

En el peor de los casos, las armas nucleares servirían a la política exterior “revolucionaria” del Irán en esa región, que los dirigentes del país han aplicado desde el nacimiento de la República Islámica en 1979. La combinación de una política exterior contra el status quo y armas nucleares y misiles es una pesadilla no sólo para Israel, que al menos tiene capacidades para un contraataque, sino también para los vecinos árabes no nucleares del Irán y para Turquía.

De hecho, los Estados del Golfo, incluida Arabia Saudí, se sienten más amenazados existencialmente por el Irán que Israel. También la estructura de la seguridad de Europa cambiaría espectacularmente, si el Irán llegara a poseer cabezas nucleares y misiles de largo alcance.

Todos los intentos de negociaciones han acabado en punto muerto y el Irán ha continuado enriqueciendo uranio y mejorando su tecnología nuclear. Pese a ser útiles, las sanciones sólo dan resultado a muy largo plazo y un cambio en el equilibrio de poder dentro del país no es previsible a corto plazo. Así, pues, sólo es cuestión de tiempo –y no demasiado– hasta que los vecinos del Irán y la comunidad internacional afronten una disyuntiva decisiva: o aceptar al Irán como potencia nuclear o llegar a la conclusión de que la mera perspectiva, al volverse más realista, conduce a la guerra.

El Presidente Barack Obama ya ha dicho con claridad que los Estados Unidos no aceptarán al Irán como potencia nuclear en ninguna circunstancia. Lo mismo se puede decir de Israel y de los vecinos árabes del Irán en el Golfo.

El año próximo promete ser decisivo. El Gobierno israelí indicó recientemente que el Irán alcanzaría el umbral nuclear dentro de nueve meses y la cuestión del Irán podría llegar a ser una de las más importantes en el largo período anterior a las elecciones presidenciales de noviembre de 2012, por lo que resulta difícil imaginar que el actual Gobierno de Israel se quede cruzado de brazos mientras el Irán pasa a ser una potencia nuclear (o casi).

Por otra parte, hablar de una intervención militar, que en las circunstancias actuales equivaldría en gran medida a ataques aéreos, es como no decir nada. Hay grandes dudas sobre si podría eliminar el programa nuclear iraní desde el aire. De hecho, como lo más probable es que grandes partes del mundo condenen cualquir ataque, la intervención militar podría dejar expedita la vía para la bomba iraní.

Más vale no extenderse sobre el aspecto que cobraría Oriente Medio después de esa clase de confrontación. Es probable que las fuerzas iraníes de oposición fuesen la primera víctima de la acción militar occidental y, en el resto de la región, es probable que la “primavera árabe” quedara sumergida bajo una masiva ola antioccidental y de solidaridad con el Irán. La región se vería otra vez inmersa en la violencia y el terror, en lugar de continuar su transformación desde la base hasta la cumbre. Las consecuencias para la economía mundial no serían menos importantes, por no hablar de las consecuencias en materia humanitaria.

Una solución diplomática de última hora no parece probable, en vista de que la cuestión nuclear desempeña un papel decisivo en las luchas intestinas dentro del régimen iraní, en las que cualquiera que se mostrara partidario de una avenencia sería considerado el perdedor. Además, los dirigentes del Irán parecen dar por sentado que el país es demasiado grande y demasiado fuerte para ser subyugado mediante sanciones o ataques aéreos.

Históricamente, el camino que conduce al desastre ha solido estar pavimentado con buenas intenciones y graves errores de juicio, cosa que podría suceder de nuevo en 2012, cuando los cálculos erróneos de todos los bandos podrían dejar expedito el camino para la guerra o un Irán nuclear... o, dicho sea con todo realismo, ambas cosas. Un mayor aumento de la tensión en Oriente Medio culminaría más pronto que tarde en esas miserables disyuntivas, a no ser que se encuentre una solución diplomática (o a no ser que la diplomacia pueda al menos ganar tiempo).

Lamentablemente, no es probable que así sea en el próximo año. A falta de una ruta viable para un diálogo diplomático de los EE.UU. con el Irán, la carga de la organización, la convocación y la celebración de semejantes negociaciones, sumamente delicadas, recaerá sobre Europa y, como muy bien sabe el Irán, los dirigentes europeos tienen otras cosas en que pensar.

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