ESTOCOLMO – La inminente recesión global ha puesto al frente de la política económica la intervención de los gobiernos para rescatar empresas a punto de la quiebra. En un discurso pronunciado justo antes de la reciente cumbre del G-20, el Primer Ministro británico, Gordon Brown, desaconsejó al Presidente electo Barack Obama el rescate de los Tres Grandes fabricantes estadounidenses de automóviles en apuros con el argumento de que la competencia mundial ha hecho que su debilitamiento sea irreversible. Por lo tanto, un rescate únicamente retrasaría lo inevitable a un costo enorme para los contribuyentes.
Siempre es difícil hacer que ese tipo de consejos sean convincentes –especialmente ante las peores perspectivas económicas en 70 años. Después de todo, la idea generalizada es que la competencia global hace que los empleos se desplacen a los países con mano de obra barata y presiona a la baja los salarios en todas partes. A medida que la globalización intensifica y acelera el cambio económico, afecta las vidas de los ciudadanos comunes y corrientes como nunca antes y alimenta el temor popular. Por lo tanto, no sorprende que el Presidente francés, Nicolás Sarkozy, haya cedido ante el encanto del proteccionismo durante la campaña electoral del año pasado, al igual que los dos candidatos presidenciales de los Estados Unidos.
Pero el proteccionismo no tiene por qué ser la única alternativa al temor de la competencia global. En los países escandinavos, al igual que en los Estados Unidos, la competencia externa se intensificó fuertemente durante la última década. China y la India adquirieron un poder económico considerable y los Estados ex comunistas vecinos cercanos de Europa que habían estado aislados se integraron rápidamente a la economía europea.
No obstante, encuestas realizadas por Pew Research muestran que en Suecia el 85% de la población está de acuerdo en que el comercio es bueno para su país, en comparación con sólo el 59% de los estadounidenses. Entre los obreros suecos, la cifra es de 75% a favor. ¿Cómo es posible?
Mediante el diseño de políticas de educación y de protección social, los políticos escandinavos han buscado promover el cambio y no obstaculizarlo. La opinión pública positiva en Suecia no es síntoma de un lavado de cerebro, sino una respuesta racional a las experiencias de la gente durante la última década.
A medida que la competencia se intensificó y la producción empezó a trasladarse a los Estados bálticos y a Europa del Este, la respuesta de política de Suecia fue mejorar las habilidades de su fuerza de trabajo. Como resultado, de 1997 a 2007 las exportaciones suecas crecieron casi al doble, la producción industrial aumentó en un 36% y las compañías manufactureras lograron récords de productividad.
En efecto, mientras en los Estados Unidos la producción anual por hora creció un 6.2% durante este período, en Suecia lo hizo un 8%. Suecia acumuló un superávit en balanza de cuenta corriente de 53% del PIB, comparado con el déficit de 48% del PIB de los Estados Unidos. El empleo creció un 11% y los salarios de los obreros aumentaron un 24%, lo que alimentó un incremento de más del 30% en el consumo privado.
En resumen, aun cuando la globalización avanzaba, los asalariados suecos disfrutaron de un aumento sustancial en sus niveles de vida. Si bien algunos empleos se desplazaron al extranjero, de cualquier forma el efecto neto fue positivo en gran medida.
El secreto del desarrollo exitoso de Suecia, del que se derivan las actitudes de la gente, es la forma en que se distribuyen los costos del cambio. La política oficial busca reducir los costos de la globalización para las personas pero jamás para las empresas. Los empresarios deben enfrentarse a la competencia para desarrollarse, mientras que las personas despedidas pueden tener dificultades para encontrar un empleo productivo.
Como Ministro de Comercio de Suecia durante la mayor parte de ese período, nunca obstaculicé ni aplacé la competencia de las importaciones. En la Unión Europea, Suecia votó contra casi todas las propuestas antidumping y proteccionistas. Mis electores nunca criticaron esto porque la política educativa y la red de seguridad social están diseñadas para disminuir la hostilidad de los trabajadores al cambio.
Mediante políticas educativas amplias se da educación básica a una proporción creciente de la población sueca, con lo que se mejoran sus posibilidades de empleo. La educación superior es gratuita y accesible en todo el país. Pero atender únicamente a una generación de estudiantes por año es demasiado poco para satisfacer las exigencias de una economía que cambia con rapidez. Por ello, además de lo anterior, se dedican recursos importantes a la modernización de las habilidades de quienes ya forman parte de la fuerza laboral.
La protección social también es de naturaleza amplia y general. En los países escandinavos, a diferencia de, pongamos por caso, Alemania o los Estados Unidos, el gobierno es el responsable de la mayoría de las prestaciones sociales, no las empresas. De esa forma, se evitan efectos económicos irracionales de inmovilización que hacen que a un trabajador le resulte imposible cambiar de empleo.
Además, las prestaciones son lo suficientemente generosas para asegurar que un período breve de desempleo no obligue a los trabajadores a vender sus casas o incluso sus autos. El sistema protege no sólo a los desempleados, que pueden seguir pagando hipotecas e intereses, sino también de forma indirecta a los bancos, porque los créditos inmobiliarios se pagan incluso en épocas de recesión. Y, en lugar de tener que resolver toda clase de problemas económicos privados, los trabajadores despedidos pueden concentrarse en buscar empleos nuevos y orientados al futuro.
No cabe duda que estas políticas son costosas. Pero se pagan solas mediante la producción de crecimiento e ingresos. Como lo demuestra la década pasada, han funcionado bien para los países escandinavos durante un período de internacionalización extrema. En lugar de ceder a las ideas populares, hemos explotado las posibilidades que ofrecen la globalización y el cambio tecnológico.
¿Puede el modelo escandinavo funcionar para otros?
Como mínimo, el ejemplo escandinavo muestra que los políticos tienen más de una opción de donde elegir al estudiar la forma de manejar la globalización . La competencia externa intensa y los rápidos cambios tecnológicos no tienen por qué ser una carrera hacia el fondo. Por el contrario, pueden ser compatibles con el crecimiento acelerado de los ingresos reales y con más y mejores empleos.


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