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Las penas de Europa son las alegrías de Estados Unidos

¿Es inminente la recuperación económica, como lo prometieron los líderes del G8, el grupo de los países más ricos del mundo que la semana pasada celebró su reunión anual en Evian, Francia? En el firmamento de la economía hay muchas estrellas alineadas para la recuperación, tanto en Estados Unidos como en Europa.

Los precios del petróleo están bajando de las alturas que alcanzaron durante la guerra de Irak y, según las previsiones más plausibles, deberían bajar aún más. Los inversionistas de todo el mundo se están recuperando del nerviosismo que les provocaran las situaciones de Brasil, Enron e Irak. La prima por riesgo está bajando, haciendo subir los precios de las acciones y disminuyendo la rentabilidad de los bonos de largo plazo.

Más aún, el remanente del exceso de capital que se acumuló durante la locura del boom tecnológico de los 90 está casi completamente agotado. Las tasas de inversión han estado bajas por tres años consecutivos. Hoy sólo unos pocos sectores sufren de exceso de acumulación de capital. Las empresas están listas para invertir nuevamente.

Todas estas son buenas noticias. Pero lamentablemente hasta aquí llegan las similitudes entre Europa y Estados Unidos. Las políticas fiscal y monetaria están funcionando a todo motor en Estados Unidos, pero están empantanadas en Europa.

En EEUU, el Presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, hizo bien su trabajo en 2001 y 2002, cortando con energía las tasas de interés. Cuando la política monetaria no pudo ya hacer mucho más, la administración Bush se hizo cargo... y con deleite.

El presupuesto de EEUU ha pasado de un superávit del 1.4% del PGB en 2000 a un déficit previsto del 4.6% en 2003, un viraje del 6%, del cual cerca del 5% se debe a los cambios de políticas más que a una economía débil. Esto puede ser irresponsable desde el punto de vista fiscal (si se suma a las rebajas de impuestos que se aplicarán en el futuro, de seguro es irresponsable), pero en el corto plazo da un enorme impulso a la demanda.

Sin embargo, en Europa el Banco Central Europeo (BCE) ha sido mucho más cauteloso. Es verdad que, como la nueva institución que es, tenía que cuidar su credibilidad, pero el resultado es una disminución más pequeña y lenta en las tasas de interés.

La política fiscal en Europa está limitada por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento. El presupuesto para el área del Euro ha pasado desde un superávit del 0.1% en 2000 a un déficir previsto del 2.4% para 2003, casi todo el cual se debe a la debilidad de la economía y no a los cambios en la política fiscal. Los gobiernos chapucean en los márgenes, haciendo un poco de trampa de vez en cuando, y recibiendo las reprimendas de la Comisión Europea de Bruselas.

En el mejor de los escenarios, lo que probablemente ocurra es que no se alcance la significativa expansión fiscal de corto plazo que Europa necesita. Esto requeriría que los gobiernos europeos aumenten sus déficits en el corto plazo, mientras mejoran las perspectivas de largo plazo a través de una reforma seria a las pensiones. Algunos gobiernos, principalmente Francia y Alemania, están tratando de hacer lo segundo. Se deberían sentir más libres de hacer lo primero.

Estados Unidos y Europa no sólo están siguiendo políticas económicas divergentes sino que sus monedas también están alejándose, debido a que el mundo está pasando por una importante realineación de los tipos de cambio. El dólar se está depreciando, mientras el Euro está ganando valor a pasos agigantados.

Existe una profunda y triste ironía en la depreciación actual del dólar. La depreciación es el precio que Estados Unidos debe pagar por los pecados del pasado, es decir, un gran déficit de cuenta corriente que los inversionistas extranjeros ya no están dispuestos a financiar, al menos no en un tamaño del 4% o más del PGB de EEUU. La ironía es que este ajuste del dólar es, sin lugar a dudas, una excelente noticia para Estados Unidos y, claramente, malas noticias para Europa.

Para EEUU, la caída del dólar significa un fuerte impulso a las exportaciones y un mayor aumento de la demanda, es decir, otro estímulo para la recuperación económica. También significa un poco más de inflación, pero en el mundo actual esto es bueno, no malo.

Para Europa, el Euro en ascenso significa una menor competitividad y una mayor contracción económica. Los efectos no son para nada menores: las mejores estimaciones son que una valorización del Euro de un 10% generará una disminución de la demanda y el producto de un 0.6 del PGB en la Eurozona.

Hasta el momento, la valorización del Euro se acerca a un 30%, si se compara con el bajo valor que tenía hace dos años, y todas las señales apuntan a que en el futuro se fortalecerá aún más. El Euro es la única moneda frente a la cual el dólar se puede depreciar. (Lo último que necesita Japón es una valorización del yen). Será necesario mucho más que lo que hemos visto hasta ahora para hacer que el déficit de la cuenta corriente de EEUU vuelva a unas proporciones razonables.

Junto con la valorización del Euro y la contracción viene el espectro de la caída de los precios, con el que Europa ya está coqueteando. La valorización del Euro bien puede ser el factor que haga que la balanza se incline hacia la deflación. Como nos enseña la crisis de Japón, que ya lleva diez años, una vez que la deflación y la contracción se consolidan, las políticas estándar dejan de funcionar. Europa no quiere llegar a esta situación.

De modo que los líderes del G8 tienen la razón a medias. Entre la baja de los precios del petróleo, las enérgicas políticas fiscales y monetarias, y la depreciación del dólar, es difícil ver qué puede interponerse en el camino de una fuerte recuperación de EEUU. Pero esto no se traduce en una recuperación de Europa.

En Europa, la cautela monetaria, las limitaciones fiscales autoimpuestas y la valorización del Euro conducen hacia claros peligros: deflación y una prolongada crisis económica. Esto no necesariamente es inevitable; muchos elementos fundamentales de la economía europea están bien y un simple cambio de ánimo puede gatillar la recuperación. Pero es el momento de tener a mano potentes planes de contingencia. Es triste decirlo, pero no veo que los estén preparando.

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