Berkeley – Si bien la administración Obama atrae las miradas mundiales, puede que el futuro de Estados Unidos sea escrito –como tantas veces antes- por y en su estado más grande. California, que una vez fuera el icono del optimismo y espíritu de emprendimiento estadounidense, ilustra hoy las dificultades a las que se enfrenta el país, y cuánto es posible equivocarse todavía en el nivel local.
California, el más poblado y rico de los 50 estados de la Unión, ha sido por largo tiempo un polo de atracción de personas talentosas y emprendedoras de todo el mundo. Uno de cada cuatro de sus residentes nació en el extranjero. Sus dos polos industriales más famosos, Silicon Valley y Hollywood, dependen del flujo constante de talentos del exterior. Su sólido sector agrícola es un enorme exportador de alimentos, beneficiándose del creciente apetito de los consumidores de los países en desarrollo.
No obstante, el poder tecnológico y empresarial de California (por si solo, sería la novena mayor economía del mundo) coexiste con un sistema político disfuncional que lo ha llevado al borde de la bancarrota fiscal. El 19 de mayo, los votantes del estado rechazaron en una elección especial un conjunto de aumentos de impuestos y recortes de gastos necesarios para equilibrar su presupuesto. Ahora California se enfrenta a un vergonzante rescate financiero federal o a un prolongado periodo de gobierno de los jueces, quienes según la ley californiana tienen el poder de anular acuerdos laborales, rescindir contratos y, en general, reestructurar los compromisos financieros del estado.
Para el Presidente Barack Obama, la crisis de California pone en riesgo sus propios planes de reforma. Puesto que otros estados de la Unión también pasan por dificultades fiscales, el precio político de rescatar a California puede ser rescatar a decena de otros estados también.
Un rescate financiero masivo del estado, al tiempo que añadiría una enorme presión al gobierno de Obama, expondría el eslabón débil del sistema estadounidense de gobierno. Las así llamadas naciones "unitarias", como Gran Bretaña, Francia, China o Kenia, en lo esencial tienen un sólo conjunto de obligaciones gubernamentales: una fuerza de policía nacional, un empleador para todos los profesores de escuelas públicas, un sistema general de pensiones, etc. En contraste, Estados Unidos tiene un sistema "asimétrico" que permite que muchas entidades de gobierno superpuestas -7000 tan sólo en California- se endeuden, contraten y despidan empleados e impongan impuestos.
Es difícil encontrar sentido a estas asimetrías. Cuando los mercados financieros se concentran en la salud fiscal del gobierno federal, pierden de vista el alcance de las obligaciones de gobierno como un todo.
La complejidad del sistema de gobierno estadounidense amenaza los beneficios de la decisión de Obama de estimular la economía a través del gasto deficitario. Mientras el gobierno nacional se expande, los gobiernos estatales, como el de California, se contraen.
Más aún, la crisis de California es más que económica. Se trata del estado más diverso de EE.UU.; más de la mitad de sus 37 millones de habitantes no es blanca. Para quienes creen en los beneficios de la diversidad, representa el mayor experimento social de la historia humana, al reunir a personas de procedencias diferentes de una manera inimaginable en, digamos, Alemania, China o Brasil.
El gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, fue un inmigrante (de Austria) antes de convertirse en estrella de cine. En sus seis años en el cargo, una y otra vez ha intentado sortear una legislatura estatal polarizada -hasta el presupuesto anual requiere una mayoría de dos tercios- apelando directamente a los votantes. Las iniciativas de propuestas de ley por votación directa se crearon hace 100 años para dar poder a los ciudadanos comunes y corrientes, pero en las últimas décadas el proceso ha sido secuestrado por elites que buscan beneficiar sus propios intereses.
A pesar de que las carreteras californianas se encuentran en condiciones lamentables y las instituciones públicas están en decadencia -lo cual es resultado de un gasto demasiado bajo y funcionarios públicos que son demasiado costosos- el estado sigue contando con el mejor grupo de universidades públicas de los Estados Unidos. Sin embargo, el secreto del éxito de la Universidad de California es su capacidad de obtener niveles cada vez mayores de financiamiento de los privados y el gobierno federal.
También en el caso de los motores económicos del estado se aprecia una desvinculación con respecto a las estructuras políticas de California. Intel, el mayor fabricante mundial de chips de ordenador y pilar principal de Silicon Valley, no ha construido una fábrica en el estado por más de 20 años. Hollywood filma una cantidad crecientes de películas en otros lugares. La agricultura depende en gran medida de los trabajadores ilegales de México, que viven de manera temporal cerca de los campos y se llevan lo que ganan de vuelta a casa.
Sigue siendo un desafío elusivo el hacer una sola comunidad de un estado tan diverso. Algunas personas influyentes, incluido Schwarzenegger, dicen que necesita una nueva constitución que restrinja las iniciativas de propuestas de ley por votación directa y facilite la aprobación del presupuesto. Los más radicales insisten en que California es ingobernable y se debería dividir en dos y hasta tres estados.
Por supuesto, para crear más Californias se necesitaría la aprobación del gobierno federal en Washington, donde los representantes electos de California -principalmente del Partido Demócrata de Obama- tienen hoy más poder que quizás nunca en la historia del país. Nancy Pelosi, líder de la mayoría de la Cámara de Representantes, es de San Francisco. Los dos comités más poderosos de la Cámara baja, Energía y Comercio y Educación y Trabajo, son encabezados por californianos. Dos de los senadores más influyentes proceden también de este estado.
Por qué estos políticos de Washington no hacen nada por evitar la deriva de su estado hacia la ruina dice mucho acerca de lo que anda mal en la política estadounidense. Schwarzenegger es republicano, por lo que en privado los demócratas desean que fracase. Hay un problema más profundo: los políticos de todo el espectro, en deuda con intereses creados, están acostumbrados a negar los problemas graves.
Obama se verá obligado a ayudar a diseñar un acuerdo para mantener a flote el estado en términos financieros. Sin embargo, como condición puede insistir en que los californianos, que ya están entre los estadounidenses que más contribuyen al erario, tengan que pagar más. Si se rehúsan, el Presidente podría enfrentarse a una revuelta cada vez más seria contra la idea de una mayor injerencia del gobierno como respuesta principal a los padecimientos internos del país.


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