Monday, April 21, 2014
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Bombas, afuera

LONDRES – Una de las características más desalentadoras de los debates internacionales de hoy es que la amenaza para la humanidad planteada por las 23.000 armas nucleares del mundo -y por aquellos que construirían más armas o estarían más que dispuestos a usarlas- ha quedado relegada a los márgenes de la política.

El presidente estadounidense, Barack Obama, logró captar la atención global con su discurso de Praga en 2009, que presentó un argumento convincente en defensa de un mundo sin armas nucleares. Obama efectivamente cumplió con un nuevo tratado relevante de reducción de armas con Rusia y albergó una cumbre destinada a reducir la vulnerabilidad de las armas y materiales nucleares a robos y desvíos.

Pero las cuestiones nucleares siguen reclamando una resonancia pública y una tracción política. Sólo un jugador arriesgado apostaría a la ratificación del Tratado de Prohibición Completa de Ensayos Nucleares por parte del Senado de Estados Unidos en el futuro inmediato.

La película Una verdad incómoda (An Inconvenient Truth) ganó un galardón de la Academia, le valió un premio Nobel a Al Gore y logró que una enorme atención internacional se centrara en el desastroso impacto del cambio climático. Pero Cuenta atrás (Countdown to Zero), un documental igualmente convincente, realizado por el mismo equipo de producción y que deja en claro de manera apabullante lo cerca y las muchas veces que el mundo estuvo a punto de una catástrofe nuclear, pasó casi sin dejar rastro.

La complacencia se impone a la ansiedad casi en todas partes. El desastre de Fukushima en Japón generó un debate generalizado sobre la seguridad de la energía nuclear, pero no sobre las armas nucleares. El temor a un holocausto nuclear parece haber terminado con la Guerra Fría.

De hecho, Hiroshima y Nagasaki parecen haber sucedido hace una eternidad; nuevos estados con armas nucleares han surgido sin que se produjera el fin del mundo; ningún dispositivo nuclear terrorista amenazó a una ciudad importante; y la posesión de armas nucleares, para los estados que las tienen, parece ser una fuente de confort y orgullo y no de preocupación o vergüenza. Salvo un puñado de excepciones, la generación actual de líderes políticos muestra poco interés por el desarme y no mucho más por la no proliferación. Y sus poblaciones no los están presionando para actuar de otra manera.

Son pocos los que se esforzaron más por sacudir al mundo y sacarlo de su estado de complacencia que cuatro de los realistas más duros que alguna vez hayan ejercido cargos públicos en Estados Unidos: los ex secretarios de Estado Henry Kissinger y George Shultz, el ex secretario de Defensa William Perry y el ex senador Sam Nunn. En una serie de artículos de opinión en los últimos cinco años, estos hombres han hecho sonar repetidamente la alarma de que los riesgos de las armas nucleares superan cualquier posible utilidad que tengan en el contexto de seguridad de hoy. Es más, instaron a que se repensara por completo la estrategia de disuasión, a fin de minimizar y, en definitiva, eliminar la dependencia de las armas más indiscriminadamente destructivas que alguna vez se hayan inventado.  

La semana pasada en Londres, la "banda de cuatro" convocó a un encuentro privado con prominentes investigadores de grupos de reflexión y un elenco mundial compuesto por unos 30 ex ministros de Relaciones Exteriores y Defensa, generales y embajadores que comparten su preocupación y compromiso. Pero nuestra edad promedio superaba los 65 años, y los límites de nuestra efectividad fueron descriptos claramente por el ex ministro de Defensa británico Des Browne: "La gente que era algo realmente quiere abordar esta cuestión. El problema es que aquellos que hoy son algo no buscan lo mismo".

Ninguna reparación rápida revertirá esta situación. Lograr que el tipo de mensajes que surgieron de la reunión de Londres se fijen en la conciencia pública y política va a ser como una perforación lenta a través de paneles de fibra dura. Pero los mensajes exigen atención y es necesario que sigamos taladrando.

El primer mensaje es que la amenaza de la catástrofe de las armas nucleares sigue siendo real a niveles alarmantes. Los acopios globales existentes tienen una capacidad destructiva equivalente a 150.000 bombas de Hiroshima y, en su manejo, existe un potencial omnipresente de un error humano, un error del sistema o una apreciación equivocada bajo tensión.

Pakistán versus India es un conflicto en espera devastador, y Corea del Norte e Irán siguen siendo fuentes volátiles de preocupación. Sabemos que los grupos terroristas tienen la capacidad para diseñar dispositivos nucleares y que los harían estallar en cualquier parte donde pudieran hacerlo; simplemente no podemos confiar en que siempre podremos negarles acceso al material fisible que necesitan para hacerlas explotar.

El segundo mensaje es que la doctrina de la disuasión nuclear de la Guerra Fría es irrelevante para el mundo de hoy. Mientras siga habiendo armas nucleares, los estados pueden justificar la necesidad de mantener una capacidad mínima de disuasión nuclear. Pero eso se puede hacer sin armas en estado de gran alerta y si Estados Unidos y Rusia reducen drásticamente sus arsenales y, en el peor de los casos, en los niveles actuales para los otros estados con armas nucleares.

El tercer mensaje es que si las potencias nucleares existentes sinceramente quieren impedir que otras se integren a su club, no pueden seguir justificando la posesión de armas nucleares como un medio de protección para sí mismos o sus aliados contra otras armas de destrucción masiva, especialmente armas biológicas, o armas convencionales. De hecho, la única cuestión más difícil que inhibe un movimiento serio hacia el desarme -por cierto en el caso de Pakistán versus India, y de Rusia y China versus Estados Unidos- son los desequilibrios en las armas convencionales, y la manera de resolverlos debe llegar a lo más alto de la agenda política.  

El mensaje final es que ni el cambio poco sistemático ni el abuso de eslóganes servirán de nada. El desarme nuclear, la no proliferación, el contraterrorismo y la reducción del riesgo de la energía nuclear civil están intrínsecamente conectados, y requieren un compromiso sostenido alrededor de una agenda integral, y de un argumento detallado. Los fragmentos de entrevistas y los "tweets" son una ruta improbable hacia la salvación nuclear.

Kissinger no es ningún ícono idealista. Pero siempre vale la pena escucharlo y nunca tanto como con respecto a la pregunta que ha venido formulando durante años: cuando se produzca la próxima catástrofe de armas nucleares, como seguramente sucederá, el mundo tendrá que responder drásticamente. ¿Por qué no podemos empezar ahora?

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