No se puede subestimar la escala de la devastación humana provocada por los espantosos tsunamis. Se han perdido miembros de familias, han quedado destruidos hogares y se han arruinado medios de subsistencia. Como ocurre con frecuencia en los desastres naturales, los pobres son los que más están sufriendo.
Y, sin embargo, pese a los daños en infraestructuras, como, por ejemplo, carreteras y enlaces ferroviarios, se espera que las repercusiones económicas globales del tsunami sean de menor importancia. En las zonas más afectadas de la India, Indonesia, Sri Lanka y Tailandia, las zonas interiores inmediatas no resultaron afectadas, mientras que los sectores turístico y pesquero –los medios de subsistencia de las zonas costeras destrozadas- representan sólo una proporción muy pequeña del PIB de esos países, pues las reformas liberalizadoras han propiciado la diversificación y el crecimiento rápido.
No siempre fue así. Históricamente, ha sido difícil convencer a los asiáticos de que el comercio internacional no es un juego de suma cero, en el que los asiáticos serían invariablemente los perdedores. Ésa es una razón por la que, después de que los comunistas de Mao Zedong triunfaran en China en 1949 y otras naciones asiáticas consiguieran la independencia, la mayoría de los países asiáticos adoptaron políticas económicas proteccionistas, cerradas al exterior y encaminadas a forjar una fuerza interior, excluir a los “imperialistas” y lograr la autosuficiencia.
La experiencia histórica ha propiciado ese recelo. En 1820, la proporción de Asia en el PIB mundial ascendía al 60 por ciento y a China le correspondía un poco más de la mitad. Así era dos decenios antes de la primera guerra del opio. Con la aparición de un comercio verdaderamente mundial a lo largo del siglo y medio siguiente, el predominio económico de Asia decayó. En 1950, la proporción correspondiente a China en el PIB mundial había quedado reducida a menos del 5 por ciento, mientras que el total de Asia representaba tan sólo el 18 por ciento y la parte mayor de ella correspondía al Japón, pese a su derrota en la segunda guerra mundial.
Los vientos del cambio mundial empezaron a recorrer Asia hace dos decenios, aproximadamente, primero en el Asia oriental, después envolviendo a China y a lo largo del decenio de 1990 soplando en el Asia meridional y, muy en particular, en la India. Así, pues, lo que estamos presenciando no es el “surgimiento” de Asia, sino el “resurgimiento” de un continente que comprende el 60 por ciento de la Humanidad. Sus dos gigantes, la India y China, están particularmente decididos, como ha dicho recientemente el autor indio Ashutosh Sheshabalaya, “a recuperar su situación del siglo XIX, cuando representaban más de la mitad de la producción económica mundial”.
Un resultado de ello es el de que China y la India están intentando tener una mayor influencia en la política económica mundial. Los dos países fueron signatarios del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, el precursor de la actual Organización Mundial del Comercio) en 1948, pero después la China de Mao lo abandonó. Aunque la India siguió sendo miembro, con frecuencia adoptaba actitudes recalcitrantes.
La proporción actual del PIB mundial correspondiente a Asia (el 38 por ciento, aproximadamente) sigue siendo muy inferior a la que era en 1820, pero esos dos países consideran que pueden -y deben- participar en las decisiones mundiales. El Gobierno de China tardó nada menos que dieciséis años en negociar su reingreso en el GATT/OMC, pero no tardó en demostrar su importancia al asumir la dirección conjunta (junto con el Brasil, la India y Sudáfrica) del G-20, un grupo de países en desarrollo fundamentalmente dinámico que arrojó el guante a las potencias industrializadas en la conferencia ministerial de la OMC celebrada en Cancún en septiembre de 2003.
Así, pues, llegan los asiáticos: como mercados, como Estados, como consumidores, como financieros (los bancos centrales asiáticos, por ejemplo, son los que financian los enormes déficit presupuestarios de los Estados Unidos), como científicos e ingenieros y como empresas. ¿Está preparado Occidente? En un artículo en el Financial Times de julio de 2004, Mervyn Davies, director general de Standard Chartered, escribió lo siguiente: “los occidentales están advirtiendo cuán grandes son las ambiciones empresariales de Asia”. Sin embargo, hay una gran diferencia entre reconocer que puede estar produciéndose un cambio y hacer los ajustes necesarios.
A diferencia del surgimiento de Occidente en el siglo XIX, que resultó tamaño desastre económico para la mayor parte de Asia, el resurgimiento de ese continente puede tener un efecto inmensamente positivo en la economía mundial del siglo XXI, incluido -ni que decir tiene- Occidente. Pero requiere preparación, ajuste y gestión cuidadosos. Se trata de algo que reviste importancia decisiva, en particular porque la explosión demográfica de Asia continúa: la India, el Pakistán y Bangladesh experimentarán un aumento en los quince próximos años y pasarán de 1.400 millones a 1.730 millones de habitantes, mientras que la población de China aumentará de 1.300 millones a 1.420 millones. Por eso, no es de extrañar que esos países acepten el imperativo de un ambiente mundial dinámico, abierto, orientado al crecimiento y creador de empleo.
Sin embargo, pese a esos vientos de cambio, prevalece el atavismo institucional. La formulación de políticas económicas mundiales sigue siendo en gran medida obra de Occidente. Resulta increíble que China y la India no sean miembros del G-7. Las organizaciones de Bretton Woods –el FMI, el Banco Mundial y la OMC- siguen siendo marcadamente occidentales en estructura, dirección y mentalidad. Así es en particular en el caso de la OMC, donde Washington y Bruselas parecen más preocupados por ajustar antiguas cuentas y proteger sus respectivos campos que por medirse con los nuevos participantes. China será pronto la mayor potencia comercial del mundo y, sin embargo, la introversión euroatlántica sigue siendo omnipresente en la OMC.
Esa mentalidad es la que predomina también en los gobiernos, las industrias, las escuelas de administración de empresas y los medios de comunicación occidentales. Ninguna de esas instituciones de Occidente está preparada para el resurgimiento de Asia.
La Historia no resulta particularmente alentadora por lo que a los ajustes a los cambios profundos –nuevos agentes y equilibrios de poder en transformación- se refiere, como el siglo XX demostró trágica y repetidamente. El tsunami que ha devastado en semejantes proporciones gran parte de Asia ha brindado una oportunidad para que todos los agentes decisivos –en los gobiernos, la industria, el mundo académico, los medios de comunicación y la sociedad civil- miren a Asia con nuevos ojos: tanto las amenazas como las oportunidades resultantes del resurgimiento de Asia. Se debe aprovechar dicha oportunidad con la misma prontitud con la que el mundo ha reaccionado ante el dolor de Asia.


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