Thursday, August 21, 2014
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Un nuevo eje asiático

SEÚL – El mes pasado, los líderes de China, Japón y Corea del Sur acordaron iniciar en lo que queda del año negociaciones para la firma de un tratado de libre comercio trilateral. Si las tratativas concluyen con éxito, habrá que volver a trazar el mapa global del comercio. Un TLC que incluya a las economías que ocupan, respectivamente, el segundo, el tercer y el duodécimo lugar entre las más grandes del mundo (según cifras de paridad del poder adquisitivo a 2011) y que cuentan con una población de 1.500 millones de personas haría sombra a la Unión Europea y al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), que incluye a Estados Unidos, Canadá y México.

En los hechos, el noreste asiático se convertiría en el tercer mayor eje de integración regional económica, después de la UE y el NAFTA. Hasta ahora, la región no ha podido llevar la institucionalización de la cooperación económica tan lejos como Europa y América del Norte, pero si las propuestas discutidas en Beijing el mes pasado se llevaran a la práctica, el TLC resultante podría superar al NAFTA en cuanto a grado de integración e importancia para la economía mundial.

Además, es casi seguro que la formación de un TLC entre China, Japón y Corea del Sur iniciaría una reacción en cadena. El impulso de integración podría extenderse, por ejemplo, hacia el sur, donde propiciaría la adhesión de los países de la ASEAN (que tiene tratados de libre comercio bilaterales con cada uno de los tres países). Semejante giro de los acontecimientos equivaldría al establecimiento de un Área de Libre Comercio del Este de Asia, algo que el grupo ASEAN+3 ya viene concibiendo desde hace más o menos una década. Si esto llegara a ocurrir, podría haber otros países interesados en subirse al tren (por ejemplo, Australia, Nueva Zelanda y, sobre todo, la India).

Es evidente que ante la firma de un TLC trilateral en el noreste asiático, Estados Unidos estaría obligado a responder para mantener su lugar en el comercio internacional y en las cadenas de suministro que dominan las economías asiáticas. Probablemente la respuesta sería intentar ampliar y profundizar el naciente Acuerdo Transpacífico (ATP), el tratado comercial con el cual se comprometió el presidente Barack Obama en nombre de Estados Unidos el año pasado.

En particular, Estados Unidos insistiría a Japón para que se una al ATP; así las regiones de Asia y el Pacífico formarían una comunidad económica unida, algo que Estados Unidos prefiere a que estén divididas. Por razones estratégicas, Japón no querrá quedar desconectado de Estados Unidos, así que es muy probable que acepte la invitación estadounidense.

En este contexto, tanto Japón como Corea del Sur deberían encontrar la manera de oficiar de puente entre un Asia sinocéntrica y un Pacífico centrado en Estados Unidos. Si bien la economía de Corea del Sur es más pequeña, este país parece estar mejor preparado que Japón para asumir esta función crítica. Corea del Sur ya ha firmado un TLC con Estados Unidos, que se logró tras años de arduas negociaciones, y tiene planes de negociar un TLC bilateral con China este año.

De modo que la cuestión clave es si Japón también estará dispuesto a actuar como puente (y hasta qué punto). Una participación decidida por parte de los japoneses mitigaría la polarización entre Asia y el Pacífico y ayudaría a dar más impulso a la integración regional.

Pero Japón enfrenta en este momento desafíos internos de tal magnitud que parece difícil que sus líderes políticos puedan asumir un papel proactivo en la escena internacional. Durante casi una década, los gobiernos del país han sido frágiles y de corta duración, y en la actualidad está en discusión una suba del impuesto al valor agregado, que podría ser el detonante de otro cambio de gobierno. Además, el país tiene grupos de intereses agrícolas poderosos, especialmente la Unión Central de Cooperativas Agrícolas, que podrían intensificar su oposición tanto a un TLC trilateral con China y Corea del Sur como a la participación en el ATP con Estados Unidos.

Los líderes japoneses se encuentran ante un dilema. Si dejan que Corea del Sur siga firmando tratados de libre comercio y no hacen nada al respecto, Japón perderá mercados en Estados Unidos y China. Pero si actúan, es probable que se enfrenten a una oposición política interna tan intensa que terminará eyectándolos del poder. Sobre todo por este motivo es difícil que Japón acepte la propuesta de un TLC trilateral, a pesar del aval que le dio hace poco el primer ministro Yoshihiko Noda. De hecho, para que un TLC sea viable, parece necesario que sea más flexible y excluya los sectores económicos de cada país que resultarían más afectados.

En el caso de China, la búsqueda de un TLC del noreste asiático parece basarse sobre todo en consideraciones políticas. Sin embargo, para extender su influencia económica y política por medio de un TLC trilateral, China debería aumentar su transparencia, abrir su sector de servicios y eliminar las barreras no arancelarias. En resumidas cuentas, debería aceptar que sus relaciones con los países vecinos se rijan por un sistema basado en reglas, algo respecto de lo cual el gobierno chino se ha mostrado cauteloso. Pero China cuenta con una ventaja para la ejecución de una estrategia de TLC, y es que todavía es un estado autoritario; de modo que en comparación con los gobiernos de Japón o Corea del Sur, al de China le resultaría mucho más fácil hacer valer su decisión a pesar de la oposición interna.

Para terminar, Corea del Sur tiene tratados de libre comercio con casi todos los demás actores económicos importantes del mundo (Estados Unidos, la Unión Europea, la ASEAN, India, etc.) y tal vez esté en mejores condiciones que Japón para firmar un TLC trilateral. Pero también encontrará una intensa oposición en el frente interno de parte de grupos de intereses agrícolas y sectores fabriles, que tal vez se movilicen con más contundencia que cuando se opusieron al TLC con Estados Unidos.

Si se llega a la firma de un TLC trilateral del noreste asiático, los tres países podrían generar más demanda en el mercado interno en momentos en que la demanda de Occidente es insuficiente y aumentarían su influencia económica y política a escala internacional. Además, es casi seguro que un TLC trilateral ayudaría a estabilizar las problemáticas relaciones políticas entre los tres países, y podría crear un entorno mejor para la eventual reconstrucción económica de Corea del Norte.

Es evidente que un TLC del noreste asiático redundaría en incontables beneficios. La pregunta es si será una ambición desmedida.

Traducción: Esteban Flamini

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