Karl Marx predijo que los estados irían desapareciendo ante el surgimiento de una idílica sociedad comunista capaz de regular los desequilibrios económicos y dar poder a las masas. Le habría sorprendido muchísimo ver su profecía realizada no por el comunismo, sino por la globalización del liberalismo angloamericano. Abrir los mercados al libre flujo del capital, y no la dictadura del proletariado, es lo que ha hecho obsoleto el poder del estado.
Los mercados de capitales de hoy en día reúnen dinero para los gobiernos, clientes corporativos y clientes particulares, gestionan las inversiones de los fondos de pensiones y apuestan al nivel de los tipos de interés o el mercado de valores. Las transacciones basadas en derivados por parte de bancos de inversión, fondos de cobertura y otros participantes del mercado genera inmensas utilidades para los especuladores, al tiempo que priva a la economía real de inversiones productivas y creación de empleos.
Ningún grupo humano del planeta queda a salvo de las duras consecuencias de un sistema así. Cerca del 40% de los 6,5 mil millones de personas del mundo vive en la pobreza, y un sexto vive en condiciones de extrema pobreza. Sin embargo, los grupos de raza negra son las principales víctimas. En los Estados Unidos, la octava parte de los hombres de raza negra entre 25 y 34 años está en la cárcel, y tres de cada cinco hogares afroamericanos con niños tiene como jefe a una madre soltera.
En cuanto a los países africanos, la política y la economía de la globalización los ha despojado de sus bienes y recursos naturales, dejándolos con una insostenible carga de deuda. Como resultado, el porcentaje de la población de África que vive en la extrema pobreza aumentó del 41,6% en 1981 a un 46,6% en 2001.
Por otra parte, en la era de la globalización las regiones en las que el intercambio comercial interno supera al externo tienen mejores perspectivas económicas y una mayor cohesión social. Es el caso de Europa, Asia y, cada vez más, América Latina, particularmente entre los estados miembros del Mercosur (Argentina, Brasil, Chile, Uruguay y Paraguay). Podemos ver que ocurre lo opuesto en el caso de las asociaciones regionales de África y el Oriente Próximo, donde el comercio con el mundo exterior es más importante que el comercio intraregional.
Como resultado, cualquier país que formule estrategias para contrarrestar las fuerzas destructivas de la globalización debería dar prioridad a una estrategia de desarrollo económico interno, preferiblemente dentro de un marco regional. Este es un requisito para defenderse frente al fundamentalismo del mercado y evitar las injustas condiciones del mercado internacional.
En este respecto, las Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Brunei Darussalam, Camboya, Laos, Malasia, Myanmar, Filipinas, Singapur, Tailandia y Vietnam) constituye un ejemplo edificante. Las economías de la ASEAN adoptaron un frente unido acerca de los problemas económicos internacionales y acordaron dar prioridad a la integración económica interna y ampliar los vínculos con los principales socios comerciales.
Las exportaciones se han mantenido como el principal impulsor del desempeño económico de los países de la ASEAN, contribuyendo a un 5,8% de crecimiento del PGB regional en 2006. Los flujos de inversión extranjera directa (IED) de la ASEAN alcanzaron los US$ 38 mil millones en 2005, aumentando en un 48% con respecto al año previo. Las perspectivas de 2006 también fueron al alza: la información preliminar para el primer trimestre indicó que los flujos de IED ya habían llegado a los US$ 14 mil millones, desde los US$ 7,4 mil millones de la primera parte del año anterior. La voluntad de la ASEAN de establecer una comunidad económica completamente desarrollada se ha visto subrayada por la implementación de su de sus Pautas de Prioritarias de Sectores de Integración.
En contraste, la histórica tradición de límites coloniales inmanejables y artificiales en el África Subsahariana, con sus antagonismos étnicos, falta de respeto a si mismos de algunos de sus ciudadanos y un notable historial de fracasos de gobernabilidad han obstaculizado su búsqueda de una integración económica. Sin embargo, un enfoque sector por sector podría mitigar estas limitaciones y, considerando la urgente necesidad de dar respuesta a la demanda de energía y al cambio climático, podría ser estratégicamente aconsejable comenzar por el sector energético.
África es un continente rico en energía y posee dos terceras partes de las reservas mundiales de energía hidroeléctrica: billones de kilovatios-hora que constituyen cerca de la mitad de los recursos mundiales. Sólo el Río Congo tiene más de 600 mil millones de kilovatios-hora de reservas anuales. El Sanaga (Camerún) y el Ogooué (Gabón) poseen un nivel similar. Los avances tecnológicos han hecho posible transportar electricidad a través de corriente directa de alto voltaje (HVDC) a través de largas distancias sin incurrir en grandes pérdidas (sólo cerca del 3% por cada 1000 kilómetros).
La energía hidroeléctrica, que no genera emisiones de carbono, es la opción adecuada como principal fuente de energía del África Subsahariana. Con sólo aprovechar la energía hidroeléctrica de la Cuenca del Congo se daría respuesta a todas las necesidades energéticas de África, o se alumbraría toda Sudamérica. Más aún, crear una matriz energética africana permitiría enviar energía desde la república Democrática del Congo a países del sur de Europa como España, Portugal e Italia.
Sin embargo, si bien el 90% de las reservas mundiales de energía hídrica se concentran en regiones subdesarrolladas como el África Subsahariana, la tecnología de la HVDC sigue siendo dominio de los países desarrollados. En consecuencia, existe un imperativo no sólo de una integración regional en África, sino también de visión y colaboración estratégicas conjuntas para ayudar a crear seguridad global en los ámbitos energético y ambiental.


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