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Una solución  ya para Chipre

NUEVA YORK --. Durante cuatro decenios, la calle de Ledra, en el centro de Nicosia, había sido un símbolo del Chipre dividido y después, este mes de abril hará dos años, se abrió el muro que separaba la capital en una zona septentrional y otra meridional. Poco a poco, personas que no se habían mezclado durante 44 años empezaron a reanudar sus relaciones y redescubrirse mutuamente. Fue una ventana abierta a lo que el futuro podía ofrecer.

La semana pasada, visité el cruce de la calle de Ledra. Oficialmente, estuve allí para inaugurar un plan de reconstrucción de edificios que habían acabado deteriorados en la antigua zona de separación. Con carácter más personal, quise ver por mí mismo la divisoria que durante demasiado tiempo había mantenido separados a los grecochipriotas y los turcochipriotas. Mientras caminaba por la calle, personas de las dos comunidades formaron grupos alrededor y empezaron a corear: “¡Solución ya! ¡Solución ya!”

Como coreano, conozco demasiado bien el dolor causado por la división de un país. También sé lo difícil que puede ser la reconciliación. Por eso fui a Chipre: para mostrar mi apoyo personal a las gestiones encaminadas a reunificar la isla e impulsar la consecución de más avances.

Chipre está en una encrucijada decisiva. El dirigente grecochipriota, Demetris Christofias, y su homólogo turcochipriota, Mehmet Ali Talat, están esforzándose denodadamente por lograr un acuerdo, pero, sin un mayor impulso concertado, no lo lograrán.

Las Naciones Unidas están en Chipre para ayudar como puedan. Su personal de mantenimiento de la paz lleva más de 45 años en sus puestos. Mi enviado, Alexander Downer, está facilitando las negociaciones.

Celebré largas conversaciones con los dos dirigentes –juntos y por separado– y les dije que el destino de Chipre está enteramente en sus manos. Creo que una solución está al alcance de la mano.

En primer lugar, hay un fuerte compromiso compartido entre Christofias y Talat. Se han reunido casi setenta veces en los dieciséis últimos meses, incluidas dos semanas de conversaciones intensas justo antes de mi visita.

En segundo lugar, los negociadores están encontrando un terreno común. Mientras estuve allí, los dirigentes subrayaron en común los avances que ya habían logrado sobre cuestiones fundamentales, como, por ejemplo, la forma de gobierno y la distribución del poder.

En tercer lugar, las dos partes siguen en torno a la mesa. Como han dicho los dirigentes: “El tiempo apremia para la consecución de un acuerdo”. Ésa es la razón por la que se han comprometido a continuar las conversaciones en lugar de interrumpirlas hasta después de las próximas elecciones, que se celebrarán en abril en la zona septentrional.

Por último, Grecia y Turquía, los dos protagonistas regionales, apoyan las conversaciones actuales y están dispuestas a   contribuir al logro de una solución.

Continuar ese impulso resulta decisivo. Nadie abriga la ilusión de que todo ello sea fácil: las negociaciones de paz nunca lo son. Las cuestiones examinadas son sumamente complejas y forman parte de una historia turbulenta. A cada paso surgirán escépticos y críticos y habrá quienes intenten desviar o desbaratar el proceso en pro de sus propios intereses y fines.

Los dirigentes necesitarán valor y convicción para hacer lo que saben que deben hacer. Cualquier acuerdo habrá de afrontar un referéndum popular en las dos comunidades: la grecochipriota y la turcochipriota. Sin embargo, está claro que una solución del problema de Chipre redundará abrumadoramente en provecho de los habitantes de la isla: los del Norte y los del Sur.

Un acuerdo constituiría también un mensaje al mundo, en el sentido de que se pueden resolver pacíficamente controversias tan antiguas y complejas como la de Chipre. Ésa es la razón por la que, pese a todos los obstáculos, los negociadores deben perseverar por la vía de la paz. El llamamiento de los ciudadanos en la calle de Ledra debe ser escuchado. Para Chipre, es hora de una “solución ya”.

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