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Los seguros delincuentes sexuales de Yale

NUEVA YORK – En octubre de 2010, los actuales miembros de la antigua asociación de alumnos de George W. Bush, Delta Kapa Épsilon de Yale, recorrieron el patio del dormitorio de primer curso coreando estas consignas: “¡’No’ quiere decir ‘sí’! ¡’Sí’ quiere decir ‘anal’!” Exhibían carteles de este tenor: “Nos encantan las putas de Yale”.

Dieciséis estudiantes y licenciados de uno u otro sexo consideraron que la administración de la universidad no hizo lo que debía para acabar con semejante violación de los derechos de las estudiantes a disfrutar de un ámbito de estudio equitativo y no amenazante. En marzo, presentaron una demanda federal contra Yale, en la que alegaban que “su negligencia a la hora de abordar incidentes de acoso y agresión sexual ha creado un ‘ambiente hostil’ “.

La denuncia no se limitaba al incidente con la DKE. Según dicha reclamación, las estudiantes de primer curso fueron clasificadas conforme a su atractivo sexual y –lo más grave– la universidad de Yale no reaccionó adecuadamente ante las denuncias de agresiones o intentos de agresiones o acechos sexuales. Según Alexandra Brodsky, alumna de tercer curso de Yale y uno de los dieciséis denunciantes, los estudiantes están “en verdad frustrados y decepcionados por que la universidad de Yale deje una y otra vez de reaccionar ante actos públicos y privados de acoso y agresiones sexuales, lo que (...) perpetúa un ambiente en el que se toleran esos (...) actos”.

La denuncia de los estudiantes coincide con una investigación federal por parte de la Oficina de Derechos Civiles del Departamento de Educación, que, según anunció, revisaría las actitudes con las que la universidad de Yale aborda el acoso y las agresiones sexuales. No se trata de un asunto baladí: la de Yale y otras universidades americanas reciben anualmente millones de dólares federales, dinero que la universidad podría perder, si se llegara a la conclusión de que tolera un ambiente educativo desigual.