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El renacer de la OMC

NUEVA DELHI – La Organización Mundial del Comercio lleva demasiado tiempo languideciendo, si se nos permite una cita de T. S. Eliot, “junto a las aguas del Lemán” (el lago de Ginebra). Otrora el más importante de los foros multilaterales de comercio, los últimos años sufrió una creciente marginalización, y las recientes muestras de rechazo a la globalización, como el Brexit del Reino Unido y la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, apuntan a una aceleración de esta tendencia. Pero también podría darse el efecto contrario, como consecuencia de tres sucesos clave que pueden ser el inicio de un renacimiento de la OMC y del multilateralismo que encarna.

El primero es el declive de los esquemas comerciales alternativos. La OMC tuvo su apogeo a principios de los 2000, pocos años después de la finalización de la Ronda de Uruguay de acuerdos mundiales de comercio, cuando numerosos países pedían ingresar al organismo (siendo el caso más notorio China).

Pero más tarde, los grandes actores del comercio internacional como Estados Unidos y la Unión Europea pasaron de los acuerdos de comercio multilaterales a centrarse más en tratados bilaterales, regionales y suprarregionales. Estos últimos (el Acuerdo Transpacífico – ATP – y la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión – ATCI) plantearon una amenaza especialmente seria a la OMC. Pero son precisamente los acuerdos que la administración Trump rechaza o al menos busca demorar.

Otro hecho que afectó de manera similar a la OMC fue la integración europea, al proveer una plataforma alternativa para la gestión del comercio intracontinental. Pero el proyecto europeo pasa por un mal momento, de lo que da cabal ejemplo el inminente abandono de la UE por parte del RU. Tras el Brexit, es probable que la OMC se convierta en un importante foro para el manejo de las relaciones comerciales de Gran Bretaña con el mundo, y si la desintegración de la UE avanza, esa tendencia se acentuará.

Es verdad que todavía pueden florecer acuerdos comerciales regionales en Asia y otras partes, pero alguien debería liderarlos, y hoy ningún país de importancia sistémica cumple los rigurosos requisitos para ese liderazgo: estabilidad política interna, dinamismo económico, relativa contención del riesgo y compromiso firme con los mercados abiertos.

Aunque suene paradójico, un segundo hecho que presagia un renacimiento de la OMC es el creciente rechazo de los votantes a la hiperglobalización. Esta es en esencia una integración “profunda”, que no se limita a la creación de mercados abiertos para bienes y servicios, sino que también incluye un aumento de la inmigración (en Estados Unidos y Europa), la armonización normativa (ambición del ATP y la ATCI) y la judicialización intrusiva de las políticas internas (mediante los procedimientos de resolución de disputas con inversores previstos en el NAFTA y el ATP). En el caso de la UE, hasta incluye una moneda común. Para esa clase de integración, el regionalismo es mucho más eficaz que la OMC.

Pero ahora que la integración “profunda” está descartada, la OMC podría volver a convertirse en un foro atractivo para el comercio internacional. No hay que equivocarse: todavía habrá mucha globalización para que la OMC facilite y gestione, sobre todo por la marcha inexorable de la tecnología. La estructura reticular de las conexiones comerciales y financieras entre países, encarnada en las cadenas de suministro globales (lo que Aaditya Mattoo, del Banco Mundial, y yo hemos denominado “globalización entrecruzada”) impedirá retrocesos significativos.

El tercer hecho que puede revitalizar a la OMC es el giro proteccionista de la administración Trump. Si Estados Unidos aumenta los aranceles o implementa impuestos fronterizos para favorecer las exportaciones y castigar las importaciones, es probable que sus socios comerciales recurran a la OMC, en vista de su comprobada capacidad para la resolución de disputas.

De modo que la OMC puede convertirse en un foro para la evaluación y contención de las políticas comerciales de Estados Unidos. La pertenencia universal a la OMC (antes vista como un obstáculo para los países interesados en promover otros tipos de reglas y acuerdos) puede convertirse en su principal fortaleza, ya que implica un alto grado de legitimidad, lo cual es esencial para minimizar las tensiones comerciales y el riesgo de conflicto.

En mi libro Eclipse, sostengo que el multilateralismo era el mejor medio de garantizar que el ascenso de las nuevas potencias fuera pacífico. Parece que el mismo argumento puede aplicarse al manejo de las potencias en retroceso.

Pero el renacimiento de la OMC no se dará automáticamente: es necesario que las partes interesadas trabajen activamente para su concreción. Los candidatos más obvios para la tarea son las economías medianas, que han sido las principales beneficiarias de la globalización y que, a diferencia de Estados Unidos y algunos países europeos, hoy no enfrentan presiones de una opinión pública globalifóbica.

Los paladines del multilateralismo deberían incluir a Australia, Brasil, la India, Indonesia, México, Nueva Zelanda, el Reino Unido, Sudáfrica y tal vez China y Japón. Como ninguno de ellos (salvo China) es suficientemente grande, deben unir sus fuerzas en la defensa de los mercados abiertos.

Además, deben abrir sus propios mercados no sólo en las áreas tradicionales de la producción agrícola y fabril, sino también en otras nuevas, como servicios, inversiones y estándares. Eso les servirá también de respuesta a la estrategia cada vez más transaccional que, a fin de mantener la apertura, los actores del comercio internacional de mayor tamaño se ven obligados a adoptar.

El mundo necesita una respuesta decidida al declive de la hiperglobalización. El multilateralismo, defendido por economías medianas con un firme interés en preservar la apertura, puede ser dicha respuesta. Hacia las costas del Lemán deben dirigirse ahora.

Traducción: Esteban Flamini