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La trampa de la nostalgia

MADRID – El orden mundial –y en particular su aparente ausencia– es hoy tema candente. El cuestionamiento obsesivo del futuro de las estructuras políticas y los sistemas globales nos asaetea en noticias, conferencias, desde la red y los programas televisivos de mayor audiencia.

Cunde la ansiedad. Se percibe una mutación: nuevos actores emergen en el escenario global, las otrora sacrosantas normas de conducta internacional son abiertamente violadas o cuestionadas, y una nueva ola de progreso tecnológico afecta a industrias y sectores enteros de la economía. Esta búsqueda de ordenación y certeza es un impulso natural en tiempos de cambios acelerados. Vagamos desazonados buscando pistas sobre hacia dónde evoluciona el mundo y qué papel vamos a desempeñar en él.

Identificar el camino mejor o más práctico resulta vital en estas circunstancias. Y el análisis del coste-beneficio y el pensamiento estratégico han de basarse en elementos fiables. El problema surge, así, cuando nuestro anhelo por la certidumbre sobrepasa lo racional conduciendo ideas y actos por sendas improductivas, o incluso peligrosas.

La tendencia actual a teñir de rosa el pasado es innegable. Ante la inseguridad política, económica, geoestratégica y social, numerosos dirigentes sucumben a los encantos de la nostalgia prometiendo una vuelta a un pasado idealizado en sus reglas y sus realidades.