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Las mujeres y el desarrollo

COPENHAGUE – Una niña nacida en el Asia meridional o en el África subsahariana afronta una doble carga cruel. Crecerá en una región asediada por la pobreza, las enfermedades, la guerra o el hambre. Además, afrontará esas amenazas con la desventaja suplementaria de ser mujer.

Aunque se está prestando más atención a las cuestiones relativas a las diferencias entre los sexos, la desigualdad persiste en todos los países, las culturas y los continentes. Un nuevo estudio para el proyecto Consenso de Copenhague muestra que la eliminación de esa disparidad es una inversión con grandes rendimientos.

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Pese al interés mundial por la educación para todos, muchas niñas de países pobres siguen privadas de la educación básica; desde el comienzo se encuentran en una situación de desventaja. Tres de cada cinco niños analfabetos del mundo son niñas. En particular en el Asia meridional y en el África subsahariana, las normas culturales y las dificultades económicas hacen que los padres se abstengan de enviar a sus hijas a la escuela o de mantenerlas en ella durante tanto tiempo como a sus hijos varones. Esa desigual inversión no es equitativa ni eficiente.

Una solución evidente es la de construir más escuelas en los lugares en los que los niños y las niñas deben asistir a escuelas separadas. En países musulmanes pobres, como el Pakistán, el Yemen y Marruecos, la norma es la división de las escuelas por sexos, pero en muchas zonas rurales sólo se dispone de fondos para una escuela pública, que se suele destinar a los niños. En teoría, en dichas zonas se podría eliminar la mitad, aproximadamente, del desfase educativo construyendo escuelas para niñas.

En otros sitios las limitaciones de medios no son el problema. En cambio, las autoridades deben encontrar formas de fortalecer los incentivos para que los padres envíen a sus hijas a la escuela. En los países en que el costo para las familias de la escolarización de las niñas es menor gracias a la gratuidad de la matrícula o a la existencia de un estipendio para las niñas que se matriculan en la escuela, su tasa de matriculación de las niñas aumenta.

Las experiencias de esos países nos mueven a proponer un sistema mediante el cual las madres reciban un pago, si sus hijas en edad escolar asisten con asiduidad a la escuela desde el tercer curso hasta el noveno. Así aumentaría la matriculación de las niñas y, además, las mujeres dispondrían de dinero, lo que es importante, porque, según los estudios hechos al respecto, el dinero dado a las mujeres suele aportar más beneficios nutricionales y de salud para sus hijos que el dado a los hombres. Además, brinda a las mujeres una mayor capacidad de negociación en sus familias.

El costo anual por alumno sería 32 dólares. Si todas las niñas de esas edades del África subsahariana y del Asia meridional se beneficiarán de esa operación, el costo anual ascendería a 6.000 millones de dólares. Los beneficios resultantes de los salarios futuros y de un menor recurso a la atención de salud representarían entre tres y 26 veces más.

El embarazo es uno de los momentos más vulnerables para las mujeres pobres; el 99 por ciento de las 529.000 mujeres que mueren anualmente a causa de complicaciones relacionadas con el embarazo viven en países en desarrollo. La malnutrición grave y la falta de atención prenatal durante el embarazo representan un grave riesgo tanto para la madre como para el hijo. Con 3.900 millones de dólares para sufragar iniciativas en materia de planificación familiar y salud materna, como, por ejemplo, la facilitación de medios anticonceptivos de emergencia en el ��frica subsahariana y en el Asia meridional, podrían evitar la muerte de 1.400.000 defunciones de niños y 142.000 de mujeres embarazadas.

La prestación de servicios reproductivos gratuitos a las mujeres que no pueden pagarlos puede contribuir a prevenir dichas defunciones, pero esos servicios no deben abstenerse de fomentar y facilitar los métodos anticonceptivos modernos para evitar embarazos no deseados. Casi el 20 por ciento de las mujeres de los países en desarrollo dicen que les gustaría dejar de tener más hijos, pero no utilizan ninguna forma de anticoncepción o planificación familiar, tal vez por la inexistencia de servicios reproductivos.

Para las muchachas adolescentes, el matrimonio temprano o un embarazo no deseado son formas habituales de limitar la escolarización. Si retrasan el matrimonio y los embarazos, pueden recibir más instrucción y tal vez más oportunidades de obtener ingresos, además de mejoras en su salud y su educación y éxito en el mercado laboral para sus futuros hijos, beneficios que representan diez veces el costo de la prestación de servicios reproductivos.

Otros instrumentos, aparte de la escolarización, pueden ayudar a las mujeres a mejorar su capacidad para obtener ingresos. Las entidades dedicadas a la microfinanciación, como, por ejemplo, el Banco Grameen de Bangladesh, desempeñan un papel decisivo con vistas a permitir a mujeres que trabajan por cuenta propia crear empresas rentables. Los pequeños préstamos habilitan a las mujeres al brindarles un mayor control de los activos y recursos familiares, una mayor autonomía y capacidad para la adopción de decisiones y un mayor acceso a la participación en la vida pública. Las mujeres suelen cumplir mejor que los hombres con la obligación del pago de las cuotas periódicas y dedicar los beneficios a la salud y la educación de sus hijos.

Los encargados de la adopción de decisiones deben seguir facilitando el desarrollo de los programas de microfinanciación. Los estudios hechos al respecto muestran que cada dólar prestado por una entidad de microfinanciación aumenta el gasto familiar casi en un 10 por ciento en el primer año y que los beneficios se mantendrán durante otros 30 años. Se calcula que los beneficios acaban siendo seis veces mayores que los costos.

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Aunque las mujeres tienen derecho al voto en casi todos los países, las desigualdades sexuales en la representación política siguen siendo grandes. Los gobiernos deberían examinar la posibilidad de aplicar cuotas para cada sexo en el nivel político local. Una mayor representación femenina no necesariamente propiciará una mayor insistencia en las prioridades en materia de políticas “femeninas”, pero en la India los consejos de aldea con cuotas para cada sexo con vistas al nombramiento de los jefes de aldea tienen mejores niveles de agua potable, mejor cobertura en materia de inmunización, mejores carreteras y menos sobornos. Puede haber algunas pérdidas con la elección de mujeres porque suelen tener menos experiencia política que los hombres, pero los datos de la India indican que, si se tardara veinte años en conseguir una participación del 30 por ciento de las mujeres en los cargos locales de otros países, los beneficios serían al menos el doble de los costos para lograrlo.

Ser mujer no tiene por qué –ni debe– ser una de las mayores dificultades de la vida.