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El decenio perdido de Oriente Medio

BERLÍN – Los Estados Unidos han reñido tres guerras desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001: contra Al Qaeda, en el Afganistán y en el Irak. Las dos primeras fueron impuestas a los EE.UU., pero la tercera fue el resultado de una decisión premeditada y deliberada del ex Presidente George W. Bush, adoptada por razones ideológicas y –muy probablemente– también por razones personales.

Si Bush, el ex Vicepresidente Dick Cheney, el ex Secretario de Defensa Donald Rumsfeld y sus aliados neocons hubieran declarado sinceramente sus intenciones –derrotar a Sadam Husein mediante una guerra y con ello crear un nuevo Oriente Medio prooccidental–, nunca habrían recibido el apoyo del Congreso ni del público americano. Su idea era a un tiempo ingenua e imprudente.

Así, pues, había que crear una amenaza: las armas iraquíes de destrucción en gran escala. Como ahora sabemos, la amenaza se basaba en mentiras (tubos de aluminio para un programa de armas nucleares, por ejemplo, reuniones entre el dirigente de la conspiración del 11 de septiembre, Mohamed Atta, y funcionarios iraquíes en Praga e incluso falsificaciones flagrantes, como los supuestos encargos de concentrado de óxido amarillo de uranio de Níger).

Ésas fueron las justificaciones para una guerra que iba a cobrarse la vida de casi 5.000 soldados de los EE.UU. y de más de 100.000 iraquíes. Añádase a eso los millones más que fueron heridos y desplazados de sus hogares, además de la destrucción de una de las comunidades cristianas más antiguas del mundo. Para ello, tan sólo los EE.UU. gastaron hasta tres billones de dólares.