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¿Aprenderá Europa a querer a Bush?

El presidente George Bush pronto viajará a Europa y el presidente Jacques Chirac visitará Washington. El "ministro de relaciones exteriores" de la Unión Europea, Javier Solana, ya estuvo ahí y regresó a Europa optimista sobre la cooperación trasatlántica. Al menos el ambiente de las relaciones, en efecto, mejoró desde las elecciones presidenciales estadounidense, y ambas partes han expresado buena voluntad. Con todo, hay pocas razones para un optimismo genuino.

La intención declarada de Bush de "explicar mejor los motivos de sus decisiones" a sus aliados, no es suficiente. Los europeos no quieren explicaciones, quieren que se les consulte -y así tener participación en la toma de decisiones estadounidense para ver reflejadas sus preocupaciones en la política exterior de ese país. Es poco probable que algo así suceda.

Por el contrario, Estados Unidos sigue frustrando gradualmente los esfuerzos de Europa para establecer un orden internacional normativo. No hay señales de que la administración Bush esté cediendo, por ejemplo, en lo que se refiere a Naciones Unidas, el Protocolo de Kyoto, la Corte Penal Internacional, la prohibición al uso de minas terrestres o el Tratado Antimisiles.

En Irak, los europeos concuerdan totalmente con los objetivos estadounidenses de preservar la unidad del país y lograr, al menos, un mínimo de democracia. Al mismo tiempo, piensan que es responsabilidad de Estados Unidos eliminar el caos que creó, por lo que están renuentes a contribuir en la tarea de modo sustancial. Las actitudes europeas podrían parecer miopes a los estadounidenses pero se requeriría de mucha labor de convencimiento para cambiarlas.