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¿Por qué no confiamos en nuestros líderes?

OXFORD – En las democracias desarrolladas hoy, el liderazgo político está cada vez más a disposición de quien lo quiera tomar. Los votantes, claramente cansados del status quo, quieren cambios en la cúpula. Esto hace que incluso a los establishments de los partidos más importantes les resulte difícil instalar líderes de su preferencia.

En el Reino Unido, los parlamentarios del Partido Laborista se vieron obstaculizados en sus esfuerzos por desbancar a Jeremy Corbyn como líder. En Japón, el candidato preferido del gobernante Partido Liberal Democrático para gobernador de Tokio, Hiroya Masuda, sufrió una derrota aplastante a manos de Yuriko Koike. En Estados Unidos, el Partido Republicano quería que prácticamente cualquiera menos Donald Trump ganara la nominación para la presidencia; y ahí está Trump. Y mientras que el Partido Demócrata está siendo representado por la opción del establishment, Hillary Clinton, su competidor, Bernie Sanders, ofreció una pelea mucho más fuerte de la que cualquiera podía imaginar.

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El mensaje para el establishment es claro: ya no confiamos en ustedes. Pero algunos de los líderes en los que los votantes confían podrían plantear un peligro muy real -para sus seguidores, sus países y el mundo.

Trump -con su admiración por los dictadores, su racismo y sexismo descarado, su ignorancia de los problemas y su temperamento volátil- está en los primeros puestos de esta lista. Quienes lideraron la campaña británica para abandonar la Unión Europea -conservadores como Boris Johnson (ahora secretario de Relaciones Exteriores del país) y Nigel Farage, el líder populista de extrema derecha del Partido de la Independencia británico- reciben prácticamente el mismo rechazo por haber puesto en peligro con su negligencia el futuro del Reino Unido y la UE por igual.

Si los líderes tradicionales quieren cambiar la mentalidad de los votantes, deberían analizar con detenimiento lo que realmente significa el liderazgo. Aquí, vale la pena recordar las ideas del general estadounidense George C. Marshall, que reflexionó sobre el tema mientras trabajaba para reconstruir el ejército de Estados Unidos en los años 1940.

Marshall sostenía que el liderazgo no es una cuestión de retórica, sino de carácter. En particular, los líderes deben desplegar tres cualidades esenciales para ganarse la confianza necesaria para liderar de manera efectiva: determinación, imparcialidad y competencia.

La determinación, en su opinión, implicaba poner el bien mayor por delante de los intereses propios. Este tipo de liderazgo todavía existe. Un ejemplo que sirve de guía es Jo Cox, la joven parlamentaria británica que fue asesinada durante la campaña del Brexit, cuyo liderazgo a la hora de luchar por los derechos de los refugiados era reconocido en las diferentes líneas partidarias.

Pero, en muchos casos, la política se ha convertido en una cuestión de autopromoción -y en una carrera por el rating-. En la cultura de celebridades de hoy, los políticos deben ser "personalidades". Hacen campaña como si fueran participantes de un reality show televisivo. Trump, con su aspecto payasesco y sus antecedentes en el mundo del espectáculo, probablemente sea el ejemplo supremo de este cambio.  (The Huffington Post inclusive decidió el verano pasado publicar la cobertura de la campaña de Trump en la sección de entretenimiento).

El problema no es, solamente, que esto pueda derivar en la elección de líderes totalmente descalificados. También es que, una vez electos, hasta los líderes calificados pueden tener problemas para eliminar los elementos personales en su toma de decisiones y servir al país, en cambio, de manera imparcial.

Este callejón sin salida está expuesto en un memo -revelado recientemente como parte de la Investigación Chilcot del Reino Unido- escrito por el ex primer ministro británico Tony Blair al ex presidente norteamericano George W. Bush en la época previa a la guerra de Irak. La nota empieza diciendo: "Estaré con usted, pase lo que pase". Estaba refiriéndose a llevar a su país a la guerra. Sin embargo, su lenguaje sugiere que su lazo personal con Bush de alguna manera se impuso a su obligación como primer ministro.

Liderar con determinación, más que con personalidad, es algo íntimamente relacionado con la imparcialidad que Marshall consideraba esencial. Una vez en funciones, los líderes deben actuar con justicia y franqueza. Deben resistir la tentación de utilizar el poder oficial para beneficio propio, de sus familias o de su grupo de identidad cultural, y rechazar los incentivos, por más poderosos que sean, para ofrecer un acceso o protección especial a amigos, proveedores de fondos y lobistas.  

Mantener un alto estándar de imparcialidad no es fácil, pero dista mucho de ser imposible. El presidente Pedro Pires de Cabo Verde recibió el Premio Ibrahim a la Excelencia en el Gobierno Africano, por transformar a su país en "un modelo de democracia, estabilidad y mayor prosperidad". Pires se retiró del cargo sin ni siquiera tener una casa a su nombre; trabajó para el pueblo, no para amasar una fortuna personal.

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El tercer criterio para un buen liderazgo -la competencia- no es sólo una cuestión de cuánto conocimiento ya posea un líder. Como observó Marshall, también consiste en la capacidad de los líderes para aprender de sus errores y prepararse, ellos y quienes los rodean, para decisiones importantes. El veredicto de Chilcot sobre la falta de preparación británica para la guerra de Irak y sus consecuencias es condenatorio en este sentido. Lo mismo es válido para la falta de algún tipo de plan por parte de los defensores del Brexit sobre cómo proceder después del referendo.

Es hora de revitalizar el buen liderazgo. Los votantes necesitan ver candidatos que den muestras de determinación, imparcialidad y competencia. Si no los encuentran, seguirán votando contra el establishment que, en su opinión, les ha fallado -aun si esto implica votar a favor de la agitación en Europa o de un narcisista temerario en Estados Unidos.