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El grito de guerra de los no oprimidos

TEL AVIV – A nadie debe extrañar que el reciente referéndum de Escocia sobre la independencia dejara intacto al Reino Unido. En el pasado, las regiones o comunidades han logrado la condición de Estados casi exclusivamente después de una lucha contra el sometimiento y la opresión coloniales, galvanizadas por el recurso a una identidad religiosa, cultural o étnica distintiva. Las quejas sobre la dinámica económica, las políticas sociales o las ineficiencias en la gestión de los asuntos públicos –la base de la campaña por el “sí” en Escocia– no son los cris de coeur de un movimiento por la independencia logrado. Es una mala noticia para los secesionistas de cualquier parte de Occidente.

Naturalmente, el nacionalismo tecnocrático de Escocia tenía sentido. Como reconoció el dirigente de dicho movimiento, Alex Salmond, en un documento de consulta de 2012, “Escocia no está oprimida y no necesitamos ser liberados”. La lucha por la independencia –explicaba– iba encaminada a crear el tipo de estructuras económicas y administrativas que permitieran a Escocia realizar su potencial.

Los partidarios del “sí” esperaban conseguir apoyos con una concepción utópica de una Escocia independiente que incluía la adhesión a la Unión Europea y a la OTAN, una unión monetaria con Inglaterra, pero no una unión fiscal, unos mejores servicios públicos y prestaciones sociales y unos impuestos menores. Dicho de otro modo, Escocia tendría todo lo que tiene ahora, pero mejor, y con sus propias condiciones.

No cabe duda de que esa concepción atraía a muchos escoceses, pero demostró ser en gran medida menos convincente que las hipótesis económicas catastróficas planteadas por sus oponentes unionistas, incluidos el ex Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos Alan Greenspan, el ex Presidente del Banco Mundial Robert Zoellick y el ministro de Hacienda, George Osborne. Dicho de otro modo, los votos de muchas personas se debieron a la aversión al riesgo, al miedo y a la intimidación, en lugar de a la esperanza, la pasión o un apego emocional profundo a una identidad común.