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¿Por qué arremete China?

NUEVA YORK – Ha de ser irritante para el Gobierno chino seguir viendo  premios Nobel que recaen sobre chinos que “no los merecen”.

El primero fue Gao Xingjian, dramaturgo, artista y novelista crítico que recibió el premio Nobel de Literatura en 2000, estando exiliado en París. El último es Liu Xiaobo, crítico literario y escritor político, que ha recibido el premio Nobel de la paz de este año, mientras cumplía una condena de cárcel por “subversión” del régimen comunista. Como el Dalai Lama no es un ciudadano chino, dejaré de lado su premio Nobel de la paz, aunque para los gobernantes de China tal vez fuera el más irritante de todos.

Sin embargo, la reacción del Gobierno de China ante el premio Nobel de Liu ha sido sorprendente. En lugar de mostrar un desdén altanero o un silencio oficial, ha montado un alboroto colosal, al protestar vehementemente por las conspiraciones que socavan a China y someter a detención domiciliaria a docenas de intelectuales chinos destacados, incluida Liu Xia, la esposa de Liu. A consecuencia de ello, el totalmente impotente y hasta ahora absolutamente desconocido Liu Xiaobo no sólo se ha vuelto mundialmente famoso, sino también mucho mejor conocido en la propia China.

Si a ello sumamos la intimidación del Japón por parte de China al bloquear la exportación de metales de tierras raras decisivos para la industria japonesa por la controversia sobre unas islas deshabitadas entre Taiwán y Okinawa y su negativa a dejar que el renminbi se aprecie, hemos de preguntarnos por qué está adoptando China una actitud tan brutal en sus relaciones exteriores. Esas tácticas inflexibles destacan aún más sobre el fondo de la destreza de la diplomacia china en los últimos decenios. El Japón, el antiguo enemigo de guerra, ha sido víctima repetidas veces de sus artimañas y las muestras de tacto para con los surcoreanos y los asiáticos sudorientales hicieron que éstos se sintieran relativamente cómodos con el aumento de la potencia de China.