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Hollande en Malí

PARÍS – Mientras centenares de miles de personas se manifestaban en París contra el derecho de las parejas homosexuales a casarse y adoptar hijos, las tropas francesas llegaban a Malí para impedir que una coalición de fuerzas islamistas y rebeldes se hicieran con su capital, Bamako, y crearan en el Sahel un refugio para terroristas.

Éstos son tiempos difíciles para el Presidente de Francia, François Hollande. Asediado económicamente en su país, donde su popularidad está en su nivel más bajo desde su elección en el año pasado, ¿podrá recuperar el crédito, si no el apoyo, como comandante supremo de las fuerzas armadas francesas?

En tiempos, “Intervengo, luego soy” podría haber sido también un lema francés, en particular en África, pero, si bien la identidad nacional francesa va íntimamente unida al prestigio internacional de Francia –a cómo se la considera en el mundo–, el entusiasmo por la intervención ha desaparecido. Los beneficios han pasado a ser menos evidentes, mientras que los costos y los riesgos han resultado cada vez más patentes.

Si Francia ha pasado a ser de nuevo un gendarme regional por defecto, se debe en gran medida a tres razones. El entusiasmo americano por la intervención en África ha disminuido mucho desde la operación en Somalia en el período de 1992-1993 y respecto del mundo en general tras las largas guerras en el Iraq y el Afganistán. El interés europeo por la intervención militar en África sigue siendo tan escaso como siempre. Y, en cuanto a los gobiernos de esa región, decir que aún no están preparados militarmente para tomar su destino en sus manos sería quedarse muy corto.