Ullstein Bild/Getty Images

Por qué la democracia exige expertos de confianza

PARÍS – El mes pasado, escribí un comentario preguntando por qué los votantes en el Reino Unido estaban a favor de abandonar la Unión Europea, desafiando el peso abrumador de la opinión de los expertos que advertían sobre los enormes costos económicos del Brexit. Observé que muchos votantes en el Reino Unido y en otras partes están furiosos con los expertos económicos. Dicen que los expertos no supieron prever la crisis financiera de 2008, antepusieron la eficiencia en su consejo sobre políticas y asumieron ciegamente que los perdedores por culpa de sus prescripciones políticas podían ser compensados de alguna manera no especificada. Expuse que los expertos deberían ser más humildes y prestar más atención a las cuestiones distributivas.

El artículo provocó muchos más comentarios de lectores que de mis colegas. Sus reacciones esencialmente confirman el enojo que yo ya había percibido. Consideran que los economistas y otros expertos están aislados de las preocupaciones de la gente común -preocupaciones que les resultan indiferentes-; que están movilizados por una agenda que no coincide con la de los ciudadanos; que muchas veces están francamente equivocados y, por ende, resultan incompetentes; que manifiestan un sesgo a favor de las grandes empresas y la industria financiera, o responden a ellas; y que son ingenuos -al no ver que los políticos eligen análisis que se adecuan a sus objetivos y no consideran el resto-. Los expertos, dijeron algunos, también son culpables de la fractura de la sociedad al segmentar el debate en infinidad de discusiones estrechas y especializadas.

Notablemente, también recibí comentarios de profesionales en el campo de las ciencias naturales que decían que la creciente desconfianza que sentían los ciudadanos por los expertos también era generalizada en sus disciplinas. Las opiniones científicas en campos como la energía, el clima, la genética y la medicina enfrentan un rechazo popular generalizado. En Estados Unidos, por ejemplo, una encuesta de Pew Research determinó que el 67% de los adultos piensa que los científicos no entienden con claridad los efectos en la salud de los organismos modificados genéticamente. La desconfianza de los OMG es mucho mayor en Europa. Mientras que el respaldo general por la ciencia sigue siendo fuerte, muchos ciudadanos creen que es manipulada por intereses especiales y que, en algunas cuestiones, la visión común se desvía de la evidencia establecida.

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