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Furia por el fútbol

PARÍS – ¿Quién lo habría dicho? Allí estaban, los brasileños, protestando en la puerta de los estadios de fútbol en contra de que su país sea la sede de la Copa Mundial en 2014 -y eso, incluso, en el mismo momento en que su selección nacional estaba apaleando a España en la final de la Copa Confederaciones. Fue como si los católicos marcharan a protestar a las puertas del Vaticano contra la elección de un nuevo Papa.

El fútbol es a los brasileños lo que la cocina es a los franceses: motivo del mayor orgullo nacional. Más allá de sus diferencias económicas, raciales o políticas, todos los brasileños están orgullosos de tener el mejor equipo del mundo, que ganó la Copa del Mundo en varias oportunidades, inventando y reinventando "el juego bonito". Organizar el próximo Mundial en Brasil, así como los Juegos Olímpicos en 2016, a pesar de que sólo el campeonato de fútbol costará hasta 13.000 millones de dólares, parece una decisión lógica. Río de Janeiro es el lugar de pertenencia del fútbol.

¿Qué fue lo que se adueñó del brasileño de 19 años que les dijo a los periodistas "No necesitamos la Copa del Mundo. Necesitamos educación, mejores servicios de salud, más policía humana"? Muchos sienten lo mismo. ¿Acaso millones de brasileños de repente perdieron su pasión por el deporte?

Si fuera así, no es el fútbol de lo que reniegan, sino más bien del tipo de juego en el que se ha convertido el fútbol: un negocio de miles de millones de dólares, un objeto de prestigio para plutócratas de mala fama y una vidriera extravagante para gobiernos y organizaciones deportivas internacionales.