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¿Quién perdió Rusia?

¿Quién perdió Rusia? Este asunto se sigue discutiendo intensamente en los círculos informativos y políticos de Occidente. La pregunta parece presuponer no sólo que Rusia se perdió, sino que si alguien en el gobierno de Estados Unidos, en el FMI o en las oficinas de la UE hubiera puesto más atención o hubiera dedicado más recursos a ayudar al gobierno ruso, los resultados habrían sido mejores. Sin embargo, casi nadie piensa hoy que Occidente debió haber dado más dinero a Rusia o que debió haber ayudado a Yeltsin, y ahora a Putin, en mayor medida de lo que lo ha hecho.

La crítica contraria, apoyada por algunos de los asesores de George W. Bush, sostiene que la administración de Clinton se esforzó demasiado en ayudar, y no que lo que hizo haya sido insuficiente. Resulta contradictorio usar la frase “¿Quién perdió Rusia?” para querer decir que los EU se esforzaron demasiado en ayudar. Las críticas más duras provienen de aquéllos (incluyendo a algunos asesores de Bush) que dicen que los Estados Unidos tiraron el dinero en un barril sin fondo, en lugar de seguir la práctica de quienes combaten algunos incendios forestales, es decir, retirarse y dejar que las llamas se consuman.

Dentro de todo, el enfoque paciente y calibrado de los últimos ocho años ha sido el correcto en general. Pocos estarán de acuerdo con lo anterior, probablemente ni siquiera los responsables de conducir la política rusa en los últimos años. Por ello, permítanme añadir que no estoy afirmando que las cosas estén bien en Rusia, ni que las políticas de los Estados Unidos y de Occidente hayan tenido un gran imacto positivo ahí, ni que no hay corrupción, pobreza y otros males en abundancia en toda Rusia.

Por supuesto, la situación actual es más satisfactoria para Occidente no sólo en comparación con la que existía hace 10 o 20 años, cuando la caida de la Unión Soviética ni siquiera parecía una posibilidad remota, sino también con lo que podría ser, dadas las dificultades económicas y la inestabilidad social de Rusia. El país escapó de la hiperinflación en 1995; no se ha inclinado hacia una dictadura derechista ni de regreso al comunismo; tampoco ha degenerado por completo en un caos anárquico.