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Nuestra deuda con Egipto

CAMBRIDGE – La reflexión sobre el desarrollo económico todavía gira, en buena medida, en torno de esta pregunta: ¿qué podemos hacer nosotros para impulsar el crecimiento económico y reducir la pobreza en todo el mundo? El “nosotros” a veces es el Banco Mundial, a veces los Estados Unidos y otros países ricos, y a veces un grupo de profesores y estudiantes de desarrollo económico apiñados en un aula de seminario. Todo el sistema de ayudas al desarrollo se basa en esa pregunta.

Pero la transformación experimentada en los últimos dos años por Túnez, Egipto y Libia no se originó en esfuerzos procedentes del exterior para mejorar estas sociedades o sus economías, sino en movimientos sociales de base decididos a cambiar los sistemas políticos de esos países. Todo comenzó en Túnez, donde la revolución derrocó al régimen represivo del presidente Zine El Abidine Ben Ali, y después se extendió a Egipto y Libia para poner fin a los regímenes, aún más represivos y corruptos, de Hosni Mubarak y Muamar el Gadafi.

La gente que se volcó a las calles y arriesgó sus vidas estaba harta de la represión y la pobreza que estos regímenes causaron. Por ejemplo, el nivel de ingresos medio de los egipcios es apenas el 12% del promedio estadounidense, y tienen diez años menos de esperanza de vida. No menos del 20% de la población vive en la extrema pobreza.

Los manifestantes de la plaza Tahrir percibieron que la causa de la pobreza de Egipto estaba en su sistema político insensible y represivo, en su gobierno corrupto y en la falta generalizada de igualdad de oportunidades en todas las esferas de sus vidas. Vieron a sus líderes del momento como parte del problema y no de la solución. Pero la mayoría de los extranjeros que se preguntan “¿Qué podemos hacer nosotros?” prestan más atención a factores geográficos o culturales, o a alguna “trampa de pobreza” puramente económica cuyos efectos se deberían contrarrestar con ayudas y asesoramiento del extranjero.