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Tres nuevas lecciones de la crisis del euro

WASHINGTON – Mientras algunos observadores sostienen que la lección fundamental del bautismo de fuego de la eurozona es que se necesita una mayor integración fiscal y bancaria para sustentar la unión monetaria, muchos economistas ya lo señalaban incluso antes de la creación del euro en 1999. Las verdaderas lecciones de la crisis del euro residen en otra parte -y son genuinamente nuevas y sorprendentes.

La creencia popular sobre las uniones monetarias era que se podía evaluar su efectividad en dos terrenos. Primero, ¿las regiones que se iban a unir eran similares o disímiles en términos de la vulnerabilidad de sus economías a las sacudidas externas? Cuanto más similares las regiones, más eficiente la zona monetaria resultante, porque las respuestas políticas se podían aplicar de manera uniforme en todo el territorio.

Si las estructuras económicas eran disímiles, entonces el segundo criterio se volvía crítico: ¿había acuerdos vigentes que permitieran un ajuste frente a las sacudidas asimétricas? Los dos acuerdos clave que la mayoría de los economistas resaltaban eran las transferencias fiscales, que podían amortiguar las sacudidas en regiones muy afectadas, y la movilidad laboral, que les permitiría a los trabajadores de esas regiones desplazarse a otras menos afectadas.

La ironía de todo esto es que el ímpetu hacia una unión monetaria fue en parte la consecuencia de haber reconocido las asimetrías. Como resultado, luego de las devaluaciones de la libra y la lira a principios de los años 1990, con las consiguientes sacudidas adversas para el comercio en el caso de Francia y Alemania, la lección que se extrajo fue que se necesitaba una moneda única para impedir que se repitieran esas sacudidas dispares.