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¿Qué botón de reiniciar?

MOSCÚ – La aparición de un dirigente del Kremlin, el Presidente Dmitri Medvedev, sin antecedentes de funcionario del KGB, junto con la crisis económica, ha hecho que se hable de que, cuando Barack Obama visite Moscú, el Presidente de los Estados Unidos verá un país al borde de un nuevo deshielo político, una perestroika rediviva, pero pulsar el “botón de reiniciar” en las relaciones EE.UU.-Rusia puede resultar más difícil de lo que Obama y su equipo se imaginan.

Los dirigentes rusos (o soviéticos) optan por la perestroika o un deshielo sólo cuando se ven obligados a hacerlo por unas condiciones acuciantes que amenazan la supervivencia del régimen. Una atmósfera de miedo mortal, sospecha mutua y odio entre la minoría dirigente soviética fue la catalizadora para el deshielo de Nikita Jrushchev en la época posterior a Stalin. Para Mijail Gorbachev en el decenio de 1980, la catalizadora para su perestroika fue la parálisis económica en aumento de la URSS.

Para esos dos hombres, el objetivo de aferrarse al poder era la prioridad máxima. Cambiar el sistema y suavizar su dominio del poder fue una iniciativa arriesgada que podía socavar su autoridad, pero los riesgos de inercia parecían aún mayores. Al final, tras haber optado por el cambio, los dos se vieron obligados a abandonar sus puestos prematuramente, contra su voluntad.

Al reactivar el control centralizado de la política y los asuntos públicos rusos por parte del Kremlin, Vladimir Putin ha procurado primordialmente reducir al mínimo las amenazas para el poder estatal, que concentró en sus manos. Para ello, privó el sistema político de la competencia, emasculó las instituciones estatales, marginó a la oposición y fundamentalmente eliminó la participación pública. Su proyecto de creación de poder se vio facilitado por los altos precios del petróleo, pero se produjo a costa de un constante deterioro de la calidad de la gestión de los asuntos públicos y del abandono de la meta de la modernización.