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La geopolítica occidental: un trastorno infantil

Declaraciones recientes de algunos dirigentes estadounidenses y de representantes de la OTAN dan la impresión de que no sólo los radicales islámicos y de otra índole, sino también figuras civilizadas están perdiendo la comprensión de la realidad y han empezado a actuar irracionalmente. El mundo se está volviendo un lugar cada vez más difícil de prever y administrar, en particular para quienes están acostumbrados a estar al mando de él.

Los errores del pasado decenio se cobrarán un precio muy elevado. Se ha permitido a tres países –el Pakistán, la India y Corea del Norte—desarrollar armas nucleares, lo que demuestra que ya no quedan argumentos políticos o morales contra la proliferación nuclear, sólo ataques aéreos o soborno.

En lugar de un diálogo de civilizaciones y apoyo a las fuerzas modernizadoras en el Oriente Medio, se ha dado preferencia a una orientación casi opuesta. La invasión del Iraq destruyó una tiranía muy desagradable, pero ha inspirado una oleada de odio a Occidente, incluso entre quienes despreciaban a Sadam, y ha dividido al propio Occidente.

De hecho, han aparecido coaliciones antiamericanas no sólo en el Oriente Medio, sino también en América Latina, mientras que algunos políticos occidentales parecen haber procurado agravar las relaciones con Rusia y China para restablecer la solidaridad atlántica y debilitar aún más a Europa. Por ejemplo, se habla de instalar un sistema de defensa anticohetes en Polonia, cerca de la frontera con Rusia, supuestamente para prevenir ataques terroristas con cohetes, que por definición no pueden alcanzar a Polonia.