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Las armas solas no pueden ser la solución

MADRID – Putin quiere cambiar el curso de la historia. Su plan, concebido para enmendar parcialmente las consecuencias de la disolución de la Unión Soviética, ‘la mayor catástrofe geopolítica del siglo veinte’ en palabras del mismo Putin, está abocado al fracaso. Incluso si el ejército ruso consigue reconducir una campaña militar fallida, no será más que una victoria pírrica que poco hará por cumplir las pretensiones de grandeza que alberga Putin para su país.

En Mariupol, las tropas rusas se imponen, pero ganar una batalla no significa ganar la guerra. Putin, como buen conocedor de la historia de su país, debería ser consciente de que las victorias militares no siempre desembocan en triunfos geopolíticos. Las invasiones de la Unión Soviética de Hungría en 1956 y de Checoslovaquia en 1968, o la imposición de la ley marcial en Polonia en 1981, no fueron más que victorias relativamente pequeñas de una potencia que estaba perdiendola Guerra Fría contra un modelo social y económico que demostró ser más resiliente.

Putin no está ganando las batallas que esperaba en Ucrania, y está lejos de poder librar la guerra de ocupación que sería necesaria para negar a Ucrania su existencia como Estado independiente. El reciente hundimiento del buque de guerra ruso Moskva es la prueba más visible y humillante de una campaña militar que ya ha entrado en la historia por ser un fracaso.

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