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La necesidad de prepararnos para lo desconocido

LONDRES – Vivimos en tiempos peligrosos. En cuanto sentimos que hemos logrado equilibrarnos, ocurre algo que remece el suelo en el que nos apoyamos. Las acciones y los sucesos suelen estar interconectados, y lo que ocurre en un nivel (afectando a personas, estados, sectores económicos y compañías de todos los tamaños) puede tener repercusiones en otros.

Un buen ejemplo son los ataques terroristas acaecidos en París, que afectaron no sólo a los familiares y amigos de las víctimas, o incluso específicamente a los franceses. Sus consecuencias se están sintiendo en todo el mundo y las seguiremos viendo en las políticas públicas, las estrategias electorales, la libertad de prensa y otros temas, en Europa y más allá de sus fronteras.

Ocurrieron en un momento en que tradicionalmente el mundo intenta hacerse una idea del año que comienza: predecir los riesgos que le esperan, las oportunidades que surgirán y los retos que habrá que enfrentar. Pero, ¿y los riesgos de más largo plazo? Sucesos como los de París, ¿demuestran que es imposible predecirlos? ¿O más bien pusieron en clara evidencia el tipo de riesgo que las previsiones de largo plazo deberían identificar?

El Foro Económico Mundial acaba de publicar su informe “Riesgos Globales de 2015”, que intenta predecir y clasificar en términos generales los principales riesgos a los que se enfrentará el planeta en la próxima década. Por ejemplo, “la mayor amenaza a la estabilidad en los próximos diez años es el riesgo de que se produzcan conflictos internacionales”. Y tras las guerras se enumera una serie de tendencias y riesgos de índole social, ambiental, geopolítica, tecnológica y económica.