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La riqueza y la cultura de las naciones

Los economistas modernos han convertido a Adam Smith en un profeta, de la misma forma en que los regímenes comunistas alguna vez divinizaron a Karl Marx. El principio fundamental que le atribuyen a Smith –que los buenos incentivos producen buenos resultados independientemente de la cultura—se ha convertido en el gran mandamiento de la economía. No obstante, esa visión es una interpretación equivocada de la historia (y tal vez una lectura equivocada de Smith).

El crecimiento moderno no provino de mejores incentivos, sino de la creación de una nueva cultura económica en sociedades como Inglaterra y Escocia. Para lograr que las sociedades pobres crezcan, debemos cambiar sus culturas, no sólo sus instituciones y los incentivos asociados a ellas, y eso requiere que más personas de esas sociedades conozcan la vida en las economías avanzadas.

A pesar de la creencia casi universal de los economistas en la supremacía de los incentivos, tres características de la historia mundial demuestran el predomino de la cultura.

  • En el pasado, los gobiernos excelentes –es decir, los que han incentivado plenamente a la ciudadanía—han ido de la mano del estancamiento económico.
  • Los incentivos para la actividad económica son mucho mejores en la mayoría de las economías pobres, incluyendo las economías preindustriales, que en países tan prósperos y satisfechos como Alemania o Suecia.
  • La Revolución Industrial misma fue producto de los cambios en las preferencias económicas básicas del pueblo inglés, no de cambios en las instituciones.

Por ejemplo, la industria textil del algodón que se desarrolló en Bombay entre 1857 y 1947 funcionaba sin restricciones al empleo, con una seguridad total del capital, un sistema jurídico estable y eficiente, ningún control de las importaciones o exportaciones, libertad de participación para empresarios de todo el mundo y libre acceso al mercado británico. Además, tenía acceso a capitales y mano de obra que se contaban entre los más baratos del mundo, en una industria en la que la mano de obra representaba más del 60% de los costos de manufactura. Las tasas de ganancias de apenas 6 a 8% a principios del siglo XX fueron suficientes para inducir la construcción de nuevas fábricas. Con todo, la industria textil de la India no pudo competir con la de Inglaterra, aun cuando los salarios británicos eran cinco veces superiores. Los incentivos no pudieron producir crecimiento por sí solos.