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A no sobreestimar la recuperación de la COVID-19

WASHINGTON DC – La economía mundial se ha levantado desde las profundidades del desplome inicial por la COVID-19, pero su recuperación ha sido tibia, desigual y frágil... y probablemente continúe así en el futuro previsible.

Comencemos por las buenas noticias: el comercio mundial de mercancías experimentó un fuerte rebote, coherente con las señales de recuperación en la demanda de bienes por los hogares en muchas economías, incluso mientras las restricciones de salud pública y las preocupaciones de los consumidores continúan afectando la demanda de servicios.

Además, los mercados financieros resistieron sorprendentemente bien y las bolsas de valores en muchos países recuperaron o incluso superaron los niveles prepandemia. A pesar de las tasa de interés casi nulas, los sistemas bancarios y financieros parecen bastante estables; y la demanda de consumo e industrial fortaleció los precios de los productos básicos. Hasta los precios del petróleo se recuperaron en alguna medida.

Pero, como muestra la última actualización de los Índices de Seguimiento de la Recuperación Económica Mundial (Tracking Indexes for the Global Economic Recovery, TIGER) creados por Brookings y el Financial Times, muchas economías están prácticamente estancadas, o incluso se contraen. Con la confianza en el sector privado agotada y la lucha para mantener al virus que dista de haber terminado, crecen los riesgos de consecuencias graves y duraderas para la economía.

[Gráfico 1]

Esto ocurre incluso en las economías que comenzaron nuevamente a crecer, como la estadounidense. En algunas cuestiones, EE. UU. parece haber salido adelante: la actividad industrial y el mercado de trabajo recuperaron cierto terreno, la tasa de desempleo está cayendo y el empleo aumenta.

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Pero el desempleo se mantiene significativamente más elevado y el empleo significativamente más bajo que antes de la pandemia. El aumento en el desempleo de largo plazo junto con las perturbaciones en el sector de servicios presagian un camino difícil para alcanzar una recuperación más robusta y sostenida.

Tampoco ayuda que la mayoría de las medidas de estímulo fiscal hayan concluido y las negociaciones para lanzar un nuevo paquete de asistencia se hayan malogrado reiteradamente. Con la caída en el ingreso disponible en los hogares, el crecimiento del consumo privado se debilitó. De manera similar, la inversión de las empresas continúa retrayéndose, una tendencia que no augura nada bueno para el crecimiento sostenido.

Incluso los mercados de valores, que experimentaron un brusco rebote a principios del año, parecen estar tomándose un respiro. Esto puede reflejar algunas preocupaciones sobre la estrategia del gobierno del presidente estadounidense Donald Trump para contener el virus (o la falta de ellas). En todo caso, mientras se acerca la elección presidencial del mes que viene, la mayor incertidumbre política y en cuanto a las medidas que se adoptarán probablemente limiten la confianza de los consumidores y las empresas.

La zona del euro está aún peor, no solo diezmó la pandemia el crecimiento en el corto plazo, además se está instalando la deflación y aumenta el riesgo de una contracción profunda y prolongada. Aunque las manufacturas en Alemania y otros países han experimentado un rebote, los efectos positivos se vieron más que contrarrestados por la prolongada caída en los servicios, reforzada por las restricciones sanitarias en curso.

El sector de servicios en el Reino Unido, por el contrario, experimentó una recuperación. Sin embargo, la combinación de erráticas políticas de confinamiento y las incertidumbres de largo alcance por la brexit están alimentando una continua contracción económica. Mientras tanto, del otro lado del mundo, Japón también se encuentra en grave peligro económico, aunque hasta el momento evitó una recaída en la deflación.

La mayoría de las economías de los mercados emergentes tampoco anduvo bien. La India experimenta una brusca desaceleración de la actividad económica, que podría verse exacerbada por un devastador aumento en la cantidad de casos de COVID-19, impulsado por la flexibilización de las medidas de confinamiento. El gobierno ha logrado implementar algunas reformas agrícolas y en los mercados de trabajo, pero un sistema bancario limitado por malos créditos continúa restringiendo fuertemente al crecimiento.

A Brasil y Rusia no les fue mucho mejor, ambos experimentaron contracciones económicas sustanciales y tienen pocos instrumentos de política disponibles para restablecer el crecimiento.

El único país que está experimentando una fuerte recuperación es China, donde gracias a su aparente éxito para controlar el virus se han recuperado tanto la producción industrial como los servicios. Las ventas minoristas y la inversión en el sector manufacturero también experimentaron un rebote. De acuerdo con muchos indicadores, el desempeño económico de ese país es ahora incluso más sólido que antes de la pandemia.

[Gráfico 2]

Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió después de la crisis financiera mundial de 2008, es poco probable que el sólido desempeño chino apuntale al resto de la economía mundial, especialmente teniendo en cuenta la creciente presión a favor de la desglobalización. La «estrategia de doble circulación» que reveló recientemente China —mediante la cual el país aumentará su dependencia del ciclo interno de producción, distribución y consumo para su desarrollo a largo plazo— reforzará esta tendencia.

Para empeorar aún más las cosas, los bancos centrales ahora tienen menos capacidad de acción que después de la crisis de 2008. Es cierto, los principales bancos centrales anularon todas las restricciones normativas desde que comenzó la crisis de la COVID-19 y avanzaron con una expansión monetaria sin precedentes para apoyar la actividad económica y, en algunos casos, evitar la deflación. Algunos —entre los que destaca la Reserva Federal de EE. UU.— incluso ajustaron sus marcos estratégicos para dar señales de una mayor tolerancia a la inflación. Los bancos centrales de algunas economías avanzadas más pequeñas, como Australia y Nueva Zelanda, y de economías emergentes, como la India, también recurrieron a medidas heterodoxas.

Pero los límites de la política monetaria para impulsar el crecimiento son cada vez más evidentes. Mientras tanto, las compras de bonos corporativos y gubernamentales a gran escala, junto con el financiamiento directo de las empresas, generan graves riesgos, principalmente para la independencia de los bancos centrales.

Con este telón de fondo, los gobiernos solo tienen una buena opción: un mayor estímulo fiscal agresivo, que idealmente asuma la forma de gastos gubernamentales correctamente dirigidos para impulsar la inversión privada. Sean cuales fueren los riesgos que pueda generar el aumento de la deuda pública, no se comparan —especialmente en el entorno actual de bajas tasas de interés— con las dificultades económicas a largo plazo que enfrentarían los países sin ese estímulo.

Para ser eficaces, sin embargo, las medidas fiscales deben estar complementadas por estrategia coherente de contención del virus, que permitan una reapertura económica segura y creíble. Sin esas estrategias, continuarán las limitaciones en la demanda y la confianza, y el crecimiento seguirá flaqueando durante mucho tiempo.

Darren Chang y Ethan Wu, estudiantes de posgrado en Cornell, ayudaron en la escritura de este comentario.

Traducción al español por www.Ant-Translation.com

https://prosyn.org/oEeR6kFes