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Nosotros no torturamos

Nueva York – Cuando en septiembre de 2006 se le preguntó si había algo malo en la forma en que los interrogadores estadounidenses trataban a los prisioneros “valiosos” en Guantánamo y otros lugares, George W. Bush dio la célebre respuesta: “Nosotros no torturamos.”

La definición de la tortura es notablemente escurridiza, pero desde hace tiempo sabemos que el ex presidente había sido, por decirlo de alguna forma, mezquino con la verdad. Como mínimo, los interrogadores estadounidenses estaban violando las Convenciones de Ginebra contra el trato “cruel, inhumano o degradante” ratificadas por Estados Unidos.

Atar a una persona a una tabla y sumergirla hasta casi ahogarla una y otra vez, u obligar a un preso –desnudo y cubierto de sus propios excrementos—a estar de pie con las manos encadenadas al techo durante días hasta que sus piernas se hincharan al doble de su tamaño normal puede no haber sido tortura en los documentos preparados por los abogados del gobierno, pero esas prácticas ciertamente son crueles, inhumanas y degradantes.

El primer acto de Barack Obama como presidente de Estados Unidos fue prohibir la tortura inmediatamente. Ahora la pregunta es qué hacer con respecto a lo sucedido, y específicamente en cuanto al hecho de que los funcionarios más altos de Estados Unidos no sólo toleraron sino que ordenaron estas acciones.